Opinión

¿Y dónde está el líder?

Cualquier cosa que sea lo que está haciendo el gobierno federal para enfrentar la crisis por la desaparición de 43 estudiantes, y la muerte de 6 más, no está funcionando.

En pocas semanas, la palabra incendio ha pasado de ser una metáfora para convertirse en una realidad que arrasa edificios públicos en Guerrero. En menos de un mes, la idea de que existía un hartazgo nacional no es más una noción, ahora es un grito en miles de bocas, voces que ayer inundaron calles y avenidas de todo el país, reclamo que tuvo honda réplica en no pocas ciudades del mundo.

Cualquier cosa que sea lo que esté intentando la administración Peña Nieto, ya se tardaron demasiado en corregirla.

En este delicado momento, el presidente y sus operadores han incurrido en varios errores. Desde el inicio era predecible que el coctel de estos hechos resultaría altamente tóxico para la gobernabilidad.

Porque la ya de por sí insoportable noticia de un levantón masivo de 43 normalistas ocurrió cuando faltaban unos días para el 2 de octubre, y en coincidencia con el movimiento estudiantil del Instituto Politécnico Nacional. La pólvora estaba seca. Por si fuera poco, todo esto ocurre en el sexenio del político que sufrió su peor descalabro de campaña no sólo ante estudiantes de la Ibero aquel 11 de mayo, sino porque estos le reclamaron su actuación en Atenco, sinónimo de impune violación de derechos humanos.

Con lo anterior en la mesa, no resulta comprensible que el gobierno haya delegado en Jesús Murillo Karam el liderazgo mediático de la crisis. El procurador no puede satisfacer el apetito de una sociedad consternada por Iguala y por Tlatlaya. Y no por falta de capacidad, al contrario. El hidalguense ha ido con pies de plomo porque en su calidad de fiscal cada cosa que diga o manifieste deberá ser sustentada en una causa judicial, de lo contrario haría más grande los problemas. Él ha hecho su parte, sus compañeros del gabinete no, tocaba a otros llenar el espacio mediático.

El gobierno que inventó la figura de un vocero para crisis ha carecido de uno, el que sea, en la más grave y larga coyuntura que le ha tocado en suerte. El gobierno está mudo. No entendieron que esto iba mucho más allá de un asunto judicial o, como les gusta decir, focalizado.

La crisis, que fue siempre eminentemente política, creció también debido a que Peña Nieto y algunos de sus colaboradores creyeron que a pesar de Iguala se podía hacer Business as usual. La única manera en que la agenda nacional podría haberse seguido desahogando de manera más o menos normal pasaba por, precisamente, crear un equipo de emergencia que, a ojos de todos, se ocupara diligentemente de la urgencia más grave hoy para la nación. Que viéramos al gobierno atender efectivamente a las víctimas, mojarse en la tormenta.

En cambio, el gobierno federal se parapetó, el secretario de Gobernación prácticamente desapareció, el de Hacienda trató de convencernos de que las inversiones no sufrirían el efecto Iguala, e incluso Peña Nieto se dio el lujo de ir a algunas giras donde apareció risueño y campechano. Están viendo y no ven, como se dice coloquialmente.

No ven que para mucha gente, en universidades y barriadas, en medios convencionales y en portales de Internet, en el café y en las plazas, en ciudades y en pueblos, en Guerrero y mucho más allá de suelo guerrerense, hoy existe un tremendo hoyo, un enorme y doloroso hueco creado por la ausencia de 43 estudiantes pobres, con nombre y apellidos, cuyas biografías son un sonoro mentís a la idea de que estábamos listos para ir a la ONU a presumir cómo resolvemos nuestros problemas. Ese, señor presidente, el México de los pobres asesinados o desaparecidos, ése es el que hay que mover hacia la justicia y el progreso, no el de las élites.

Parapetado en Los Pinos y en Polanco (por la oficina alterna que tiene ahí Miguel Ángel Osorio Chong), este gobierno ha quedado aislado. No es que sean sordos, es que ya no se permiten oír. Oír y escuchar que desde el 26 de septiembre estamos en emergencia y ellos no se han dignado a dar la muestra mínima a que está obligado en casos como este un gobierno: a mostrar que les importa el dolor y la consternación de los directamente afectados, y de los miles y miles que todavía sienten en cabeza ajena.

Acaso esto último sea lo único positivo de esta crisis. El mundo ha podido ver no sólo que hay un México de gobernantes indolentes e incapaces, sino también uno que de manera pacífica ha salido varias veces a manifestarse, a gritar Los queremos vivos.

La clase política, toda, ha sido rebasada por las crisis de la Tierra Caliente. Hay más fosas en esa región y en otras. Si las autoridades no las buscan es porque no saben qué hacer con ellas. Pero tarde o temprano tendrán que ser abiertas, y más miseria surgirá de esas tumbas. Si ha de ser un trago amargo, más nos valdría comenzar a pasarlo. Sin justicia no hay futuro. Esa es la agenda que debe imponerse. El gobierno debe cambiar de prioridades.

Urge una señal de que el líder de la nación comprende la dimensión del reto. Una señal que ha tardado demasiado en manifestarse. El anuncio de que Raúl Plascencia va a intentar repetir en la CNDH demuestra que nadie está operando para despresurizar una situación que ya está al límite. No hay signos de operación política por ningún lado.

Los mayores costos de esta crisis, no hace falta decirlo, los pagan las víctimas de la violencia. Pero la factura política no se detendrá en ese impresentable que es Ángel Aguirre o en ese partido percudido de corrupción que es el PRD. Las marchas y manifestaciones de ayer buscan un interlocutor para la agenda de la justicia. Ese debería ser Peña Nieto. Nadie más. ¿Lo entenderá el presidente?