Opinión

Y ahora ¿qué dicen y cómo explican los sucesos?

En las últimas tres semanas no se ha escrito ni hablado de otra cosa en México que no sean los lamentables acontecimientos de Tlatlaya y Ayotzinapa. La brutalidad de los hechos, pero más que esto la imposibilidad de ocultarlos, no obstante los denodados esfuerzos que para ello se hicieron, han desnudado al régimen. Y de qué manera. De no ser por las dimensiones de ambas tragedias, los fallidos esfuerzos por minimizarlos y aun esconderlos moverían a risa, por el grado de ridiculez en que ha caído la gente que de mil maneras ha intentado que tengan otro manejo.

Por otro lado, debe ser verdaderamente frustrante que luego de lograr cambios trascendentes en el ámbito jurídico, sobre materias que desde hace tiempo reclamaban reformas de gran aliento y permanecieron estancadas al menos por tres lustros por la mezquindad de los ahora activos y entusiastas convencidos de esos cambios, el priismo en general, que en unos cuantos días pierdan el capital político que con tales reformas habían logrado. Y que por supuesto tanto presumían dentro del país y particularmente más allá de las fronteras.

Se venían proclamando en el extranjero, con gran pompa, como los autores -prácticamente únicos- de tan prodigiosos cambios. Obviamente sin reconocer, como siempre por mera mezquindad, mérito alguno a las otras fuerzas políticas que los hicieron posibles. Se estaban presentando, los priistas, como los campeones del diálogo, el trato democrático, el consenso eficaz y decenas más de linduras que tiene la modernidad política, cuando ¡zas! todo se vino abajo.

Primero a tratar de esconder la verdad sobre los hechos. A menos de cuatro meses de lo ocurrido en Tlataya, donde 22 presuntos delincuentes fueron ejecutados sin siquiera un juicio sumarísimo, si hoy leemos las declaraciones que poco después hizo el gobernador del estado de México, a la luz de lo que hoy sabemos, su contenido nos produce estupor e indignación. Y ahora ese autócrata no es capaz porque sencillamente le vale, de dar la cara y ofrecer alguna explicación sobre su dicho inicial. Poco le importan los ciudadanos de su estado y menos aún la opinión pública nacional.

Y qué decir de quien dirige la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Su caso es verdaderamente patético. Claro, de no ser trágico. En ambos casos se apresura, corre, a declarar con más ánimo de justificar los atropellos, explicarlos en beneficio de quienes han vulnerado los derechos de otros, encontrar el enfoque favorable a los victimarios y en perjuicio de las víctimas. Como si entendiera que su papel fuera justo el contrario al que claramente le señalan la Constitución y la ley. Por increíble que parezca, infortunadamente así es.

Pero por una especie de justicia mágica llegada quién sabe de dónde, he aquí que la terminación de su periodo (del titular de la CNDH), coincide en el tiempo con estos terribles acontecimientos de Tlatlaya y Ayotzinapa y pueden, de hecho deben, frustrar sus aspiraciones a ser reelecto. Lo cual no fue obstáculo para dar una versión inicial sin más elementos pero apegada en todo a la que ha sido su tónica tradicional. Ah, pero cuando vio que su reelección corría riesgo, con caradura de campeonato se atrevió a ser audaz y para sorpresa de no pocos asume una posición jamás antes vista en él, al menos en el caso de Tlatlaya.

Entre quienes se han ocupado una y otra vez de estos infortunados hechos, no han hecho notar, al menos no lo suficiente, la evidencia en que han quedado las gentes del nuevo –en realidad viejo- régimen. Se presentaban como los grandes conocedores del arte de gobernar, los que sabían cómo hacerle, los experimentados que vendrían a terminar rápido con la violencia y la inseguridad que reinaban en el país por el desconocimiento e inexperiencia de los anteriores. ¿Y ahora qué pueden decir?