Opinión

¿Y a quién linchamos el día de hoy?

 
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Teotihuacán. (Cuartoscuro)

Hay una encuesta que pareciera tener la credibilidad de la que carecen muchas otras; ésta es la del Inegi sobre la Calidad e Impacto Gubernamental que se realiza en todo el territorio nacional. Pues bien, este ejercicio nos acaba de revelar que, la inseguridad, hermanada con la corrupción, son los picos que más hieren la preocupación de los mexicanos. Si a ello agregamos que la economía no crece, la retórica hueca de los partidos políticos y la cada vez mayor impunidad ante todo tipo de delitos, tenemos preparada la antorcha para, con cualquier pretexto, incendiar la pradera. Esto ha sido lo ocurrido en Santiago Atlatongo, población semiperdida en el municipio de Teotihuacán cuando, por meras apreciaciones, se lincharon a dos personas, igual como sucede en Deli Ez Zor, en el corazón del Estado Islámico, donde la gente pierde la vida a pedradas por no dejarse crecer la barba o las mujeres mostrar un poco más que los ojos.

De acuerdo con datos de diferentes testigos, Ezequiel desapareció el martes y horas después su hermano vio la camioneta de Ezequiel con personas desconocidas; inmediatamente aseguró a la comunidad que se trataba de secuestradores. Los pobladores los acorralaron y sin mediar palabras, comenzaron a golpearlos. La escalada continuó y la población transformada en turba terminó con las vidas de los sospechosos; parece ser, se dice, se rumora, que un tercero, con heridas de todo tipo, logró escapar a la ira de los pobladores.

Los linchamientos no son un fenómeno nuevo. Se dieron en tiempos de la Revolución cuando un bando tomaba a algún miembro del lado contrario. En el México actual se dan por otros motivos que radican en condiciones de pobreza, de injusticia y con total descrédito de las autoridades. Es la descarga emotiva que conlleva a un grupo a martirizar personas a las que se le adjudican, sin probarlo, las acusaciones que se quieran: violación de menores, secuestros, extorsiones, asesinatos, etcétera. 

A los justicieros, la autoridad los justifica bajo el argumento de que son asuntos de usos y costumbres de la población, o bien indica, como es el caso más reciente en Atlatongo, que a las 18 personas detenidas no se les encontró responsabilidad alguna en el doble homicidio. Nadie es culpable. De antemano sabemos que quienes realizaron la golpiza, vistos por todos, quedarán impunes y con ello se cerrará el círculo que tiene diagnosticado el Instituto de Investigaciones Jurídicas: “la crisis de autoridad es la causa más profunda de la violencia social y la indignación moral, es el detonante que expresa que los límites sociales se han roto y es necesario poner coto a la corrupción e ineptitud de las autoridades, así como el abuso que cometen contra la sociedad… es el hartazgo frente a la autoridad que no actúa o que lo hace de manera incorrecta”.

La encuesta del Inegi apunta al hecho sustantivo de que 90 por ciento de la población está harta de la corrupción como práctica frecuente que se da en las policías, en los trámites, entre los diferentes poderes e incluso en las iglesias. De ahí la inevitable necesidad de resolver los problemas a 'como dé lugar', donde la violencia no es descartable.

Las políticas públicas, lo sabemos todos, han agotado sus atractivos y al no ser cumplidas o hacerlo en forma parcial, han alcanzado sus límites.

La incredulidad, la sospecha y el desencanto están hoy por doquier al punto que las revelaciones del Inegi sólo confirman que la percepción colectiva no se basa en los datos duros, sólidos, sobre el desarrollo positivo que se ha alcanzado en la producción de manufacturas, en los resultados en el campo y en el incremento sobresaliente en el turismo; la población no sabe que la inversión extranjera directa es notable. Nada de eso cuenta. Por eso, lo que sobresale son las percepciones negativas ya muy arraigadas y que sólo una mutación de sociedad alcanzaría a remontarlas. ¿Qué necesita hoy nuestra sociedad? Necesita flexibilidad para no estallar bajo el peso de las rigideces; necesita emparejar las oportunidades para no sucumbir ante nuestras casi infinitas desigualdades.

Twitter: @RaulCremoux

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