Opinión

Wes Craven, el horror que se ve a sí mismo


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A Nightmare on Elm Street

The last house on the left, la primera película de Wes Craven, comienza en casa de Mari, una adolescente que vive a las afueras de Nueva York, mientras se prepara para ir a un concierto en la ciudad. Su padre, hombre conservador, se queja de que su hija no trae brasier; la respuesta de la chica denota algo de moral distraída. Nuestras sospechas se confirman con el arribo de Phyllis, su mejor amiga, quien llegando a Nueva York va en busca de drogas para consumir antes del concierto. Ambas, claro, acabarán hechas pinole a manos de un cuarteto de psicópatas. Veinticuatro años después, en la primera entrega de Scream, Randy, el geek del grupo, enumera las reglas que se deben acatar para sobrevivir una película de horror, incluyendo los dos errores capitales cometidos por Mari y Phyllis: la promiscuidad y el uso de drogas se castigan con la muerte. A través de Wes Craven, el horror se ve a sí mismo.

La obra de Craven es introspectiva, no solo en el uso de alucinaciones y pesadillas, encarnadas en Freddy Krueger, su más famosa creación, sino en el afán por comprender, innovar y parodiar a la corriente fílmica que sus películas revitalizaron en tantas ocasiones. Scream no es tanto una inmolación de las convenciones que el propio Craven ayudó a establecer en A Nightmare on Elm Street sino una reflexión del cine sobre el cine: un espejo. No es casualidad que la secuencia final ocurra en tándem con la reproducción, en un televisor en la sala, de Halloween de John Carpenter. Scream engloba un género completo. Parodias y reconstrucciones autorreferenciales como 22 Jump Street, The Cabin in the Woods y Shaun of the Dead serían impensables sin ella y sus secuelas.

Craven fue mucho más que un director de sustos y gore. A lo largo de cuarenta años, su cine exploró la frontera entre lo ficticio y lo real, de forma explícita con un monstruo que asesina en sueños, y de maneras más sutiles en sus experimentos de metaficción, desde la franquicia Scream hasta New Nightmare, una cinta que merece volver a apreciarse. En ella, Freddy abandona la pantalla y comienza a acechar a Heather Langenkamp, la actriz que interpretó a Nancy en la primera entrega de A Nightmare on Elm Street, desdibujando el margen entre cine y realidad, un paso natural para una serie cuya efectividad gravita en torno al engaño: la audiencia no siempre sabe cuándo un personaje está despierto (y a salvo) o dormido (y en peligro).

The Serpent and the Rainbow, quizás la película visualmente más llamativa de Craven, vuelve a utilizar ese recurso. Dennis Alan (Bill Pullman) viaja a Haití en busca de un polvo mágico que propicia una muerte temporal. Durante su estancia, Dennis se ve involucrado en cultos y rituales de vudú que desembocan en una serie de experiencias alucinatorias: el mero mole de Craven. Inspirado, como él aceptó, en los sets surrealistas de Jean Cocteau, The Serpent and the Rainbow amplía su interés no tanto en representar la textura de las pesadillas sino en dislocar al espectador, que nunca sabe si lo que ve es imaginado o real. El resultado es una película llena de momentos inquietantes.

Una imagen indeleble siempre valdrá el boleto, y el cine de Craven las tuvo a manos llenas: Tina, la primera víctima de Freddy, volando por la recámara, sacudida y destazada por el asesino invisible; la misma Tina, ensangrentada dentro de una bolsa de plástico, de pie en el pasillo del colegio; el cuerpo y las tripas de Casey colgando de un árbol al principio de Scream. Además de depurar con inteligencia su método autorreferencial, Craven, el observador del género de horror, nunca olvidó la importancia de colmar nuestras pesadillas. Tanto el cine que vemos como el que recordamos al cerrar los ojos, siempre será mucho más rico gracias a él.

Twitter: @dkrauze156

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