Opinión

Vulgaridades e intrascendencias

Pueblo chico, pistola grande o la vulgaridad como ley. Ante la desaparición de la vieja comedia de situaciones (románticas, con efecto, agridulces, exageradas), la nueva comedia hollywoodense apunta sólo a la vulgaridad como ley. Pueblo chico, pistola grande (2014, Seth MacFarlane) lo ejemplifica ampliamente. Vulgaridad de un cúmulo de chistes que tienen como principal resorte recurrir al semen y el excremento. Vulgaridad de tomar de aquí y de allá un registro de aparente variedad que sólo versa sobre una situación muy manoseada de chico-conoce-chica in extremis. Vulgaridad de un anti-western que se supone gracioso, sin atinarle a ningún chiste, en su eterno metraje.

Vulgaridad, en efecto, de pensar en chistes, en algo que se dice tratando de ser gracioso, renunciando al gag, al chiste eminentemente cinematográfico que requiere equilibrio entre lo visto y lo dicho. Pero no. Mac Farlane, en su segundo film después del ultra guarro aunque eficaz Ted (2012), no le atina a nada en ningún momento. Ni en el tono romántico de su historia de amor entre la bandolera Anna (Charlize Theron) y el ovejero Albert (MacFarlane mismo). Ni en el tono satírico en contra del western hiperviolento con su pistolero Clinch (Liam Neeson) que mata a diestra y siniestra. Ni en su venganza pasional en contra de la ex novia Louise (Amanda Seyfried) y su nuevo galán Foy (Neil Patrick Harris) con la apoteósica secuencia de los sombreros llenos de caca. Ni en su romance alterno entre la prostituta del pueblo (Sarah Silverman) y el zapatero (Giovanni Ribisi). Ni en sus desvaríos, así sean el entrenamiento de pistolero, el romance a fuego lento francamente post mortem, las exageraciones machistas, los chistes racistas, todo lo referente a Cochise (Wes Studi) y lo indígena visto desde la óptica de delirio drogadicto. Ni mucho menos acierta en el incómodo por ridículo número musical. Un desastre que desde el minuto uno da pena ajena.

Trascender o la teología tecnofóbica. Trascender (2014, Wally Pfister) se propone ser un intenso thriller sobre la forma en que una computadora tipo HAL 9000 (la de 2001, odisea del espacio de Kubrick) asume una conciencia humana y empieza a actuar de diversas formas que se supone son por definición malas. La conciencia que se vuelve máquina -aunque es mejor decir que se hace bytes-, es la del Dr. Will Caster (Johnny Depp), quien tras recibir un balazo con cubierta de plutonio, inevitablemente muere y su esposa Evelyn (Rebecca Hall) decide mantenerlo convertido en la conciencia de una computadora que de súbito abarca a la internet completa. Asediados por una imprecisable organización terrorista encabezada por la histérica furiosa Bree (Kate Mara), tanto los esposos Caster como el fiel amigo Max (Paul Bettany), acaban de alguna manera destruyendo la world wide web. No se sabe al final si con razón o no (“era tu sueño, no el mío”), puesto que la maldad del buen Will consiste en que utiliza todos los avances de vanguardia, empezando por la nanotecnología, para transformar al mundo con agua más limpia, sin contaminantes, y con avances sustanciales en la medicina, que incluyen la reconstrucción de los ojos de un ciego de nacimiento.

¿Pero Caster se vuelve loco o no ante el infinito poder que le da ser un programa que funciona con tal eficacia y con tantos beneficios? A saber, porque el debutante Pfister -apenas ayer fotógrafo del cineasta de culto Christopher Nolan-, deja demasiados huecos dramáticos en su vistoso film. El principal es esa fe en la teología tecnocrática que se vuelve tecnofóbica sin razón aparente. Si el dios de la tecnología domina al mundo actual, las causas del miedo son inverosímiles; son una especie de neurosis sin solución posible, una repetición del apocalipsis que jamás sucedió pero que se anunció para el año 2000. El film mismo afirma que lo logrado hasta ahora no es nada. Sólo es el claro ejemplo de su falta de sustancia antes que de la seriedad de su advertencia sobre el omnipresente ensimismamiento en todo lo tecnológico, endiosado y maldecido de un minuto a otro, hasta el final tan abierto que la cinta misma no sabe si encontró la poesía de lo natural u otra artificial imagen sobre la intrascendencia definitiva.