Opinión

Vuelven las banderas verdes de Kadafi

    
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[Bloomberg]Al Senussi y el hijo de Gadafi están acusados de crímenes cometidos desde febrero de 2011.

Seis años después del inicio de la revolución que acabó con la dictadura y la vida de Muamar Kadafi, sus allegados salen poco a poco de sus escondites o regresan del exilio para apuntarse a la lucha por el poder en un país donde compiten tres gobiernos y un sinfín de grupos armados, incluyendo al EI (Estado Islámico). En este clima de anarquía generalizada, la liberación el 9 de junio de Saif al-Islam, el hijo predilecto del exdictador que fue condenado a muerte, ha sido por el momento la señal más fuerte de una vuelta progresiva al pasado.

Últimamente, no pasa un día sin que los partidarios del antiguo régimen organicen pequeños mítines con las banderas verdes de la Jamahiriya, proscritas desde 2011, y pidan a Saif al-Islam que tome las riendas del país para evitar una guerra civil. El 23 de junio, decenas de manifestantes recorrieron las calles de la ciudad de Sakna, en medio del desierto de Jufra (Fezán); el día siguiente, en el ambiente festivo del fin del Ramadán, un orador rodeado de banderas verdes se dirigió a los habitantes en la plaza principal de Bani Walid, una de las pocas poblaciones que apoyaron a Kadafi hasta el final e, incluso, después de su asesinato.

Circulan vídeos de esas reuniones y el ejemplo va cundiendo, pero nadie ha visto hasta ahora al delfín de Kadafi, cuyo paradero sigue siendo un misterio. Los rumores lo sitúan en la capital del Fezán, Sabha, en Bani Walid o en uno de los países vecinos, Argelia o Egipto. Se sospecha que, en realidad, Saif al-Islam no ha salido de Zintan, la ciudad al sur de Trípoli donde estuvo encarcelado durante siete años.

Las imágenes indican que se trata de pequeños grupos por el momento pero se nota también que la gente no tiene miedo de expresarse a cara descubierta, menos en Trípoli y, sobre todo, Misrata, que siguen siendo los dos principales bastiones de la revolución del 17 de febrero de 2011.

Estos acontecimientos coinciden con la consolidación del poder militar del mariscal de campo Khalifa Heftar, que, en nombre de la lucha contra el terrorismo islamista, ha emprendido la reconquista del país petrolero en los últimos tres años.

Al fracasar en su intento de tomar Trípoli en mayo de 2014, este aliado y luego adversario de Kadafi decidió concentrar sus esfuerzos en la Cirenaica, en el otro extremo del país. Es su región de origen y cuenta con el apoyo de las principales tribus –un factor clave en Libia–, que le han dado milicias y ayuda material para construir unas Fuerzas Armadas llamadas de manera abusiva Ejército Nacional Libio (ENL). Si bien el ENL no tiene legitimidad nacional, es también cierto que fue creado a partir de los despojos del ejército del antiguo régimen y ha heredado de una dotación importante de aviones de combate, tanques y artillería (a diferencia de lo que ocurrió en la Tripolitania, la OTAN no destruyó las instalaciones militares de Kadafi en la Cirenaica porque el ejército desplegado en esa región se apuntó a la revolución desde el primer día).

A pesar de su enorme superioridad militar, las tropas de Heftar no han logrado derrotar del todo a la coalición de brigadas revolucionarias e islamistas que sigue controlando un barrio entero de Bengasi. Después de tres años de bombardeos incesantes, el centro de la principal ciudad de la Cirenaica es hoy un enorme campo de ruinas.

Mientras estaba estancado en Bengasi, el ejército de Heftar ha tenido éxitos en otros puntos estratégicos del país: se ha apoderado de los mayores puertos petroleros, situados en el golfo de Sirte, y de varias bases militares en el inmenso territorio desértico del Fezán. Heftar no lo ha logrado solo ya que ha recibido el apoyo aéreo de sus dos principales aliados, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que se han involucrado de lleno en los asuntos internos de Libia.

Ahora, queda lo más difícil, es decir la conquista de Trípoli, que es la llave para la toma del poder. Los numerosos adversarios de Heftar, que lo ven como un nuevo Kadafi, confían en que no lo logre y, para impedírselo, cuentan con las poderosas brigadas que la ciudad de Misrata ha desplegado recientemente alrededor de la capital.