Opinión

Volar o no volar: la seguridad en el aire

Usted, ¿va a volar en los próximos días? Esperemos que llegue con bien a su destino. Como bien sabe, desde los atentados terroristas de septiembre de 2001 viajar en avión se ha vuelto un asunto complicado, debido a las estrictas medidas de seguridad en todos los aeropuertos del mundo. Estas medidas, que a pesar de su incomodidad suponemos son suficientes para garantizar la seguridad de los viajeros al interior del avión, paradójicamente no la garantizan, pues hay otras amenazas que no teníamos contempladas.

Hace unos días atestiguamos la tragedia del derribo de un avión de Malaysia Airlines (MH17), que se dirigía de Amsterdam a Kuala Lumpur, mientras sobrevolaba el espacio aéreo ucraniano, y en el que fallecieron 298 personas. La nave fue derribada por misiles tierra-aire Buk-M1 desde territorio controlado por grupos separatistas prorrusos. Estados Unidos y otros países occidentales han acusado a Rusia de proporcionar armas y asesoría militar a los insurgentes.

Desafortunadamente no es un acontecimiento aislado. El martes, un cohete proveniente de Gaza cayó muy cerca del principal aeropuerto de Israel, en Tel Aviv. Hasta entonces, el sistema de defensa israelí había podido interceptar este tipo de misiles, de mucho menos alcance que el lanzado en Ucrania, pero que de cualquier modo pueden alcanzar aviones durante los despegues y aterrizajes. Debido a lo ocurrido en Ucrania, las principales aerolíneas norteamericanas y europeas cancelaron sus vuelos hacia ese país. Estos incidentes hacen urgente reflexionar sobre cómo llegan a manos de insurgentes o de organizaciones terroristas armas que ponen en riesgo la seguridad aérea en cualquier parte del mundo. Los países que poseen este tipo de armamentos debieran de tener un control muy estricto sobre sus inventarios, su comercio y sobre todo su “préstamo” a grupos afines. Es absolutamente irresponsable permitir que este tipo de armamento pueda ser usado en conflictos en los que no se respetan los derechos humanos más elementales o los protocolos universales en la materia.

Hasta ahora, las aerolíneas han tenido a su cargo planear sus rutas aéreas. Si bien atienden las alertas de viaje que emiten los gobiernos, a veces por razones de tiempo y uso de combustible no evitan cruzar las zonas en conflicto. La seguridad aérea y el control sobre el armamento sofisticado se relacionan estrechamente y deben ser metas prioritarias en las discusiones al más alto nivel. Alentar el desarme entre los estados poderosos –sobre todo aquellos que tienen los principales arsenales– y evitar que grupos y facciones extremistas adquieran estas armas es una tarea urgente. Debemos recurrir a todo tipo de mecanismos para lograrlo, ya sea por medio de negociaciones diplomáticas, sanciones comerciales o incluso acciones militares preventivas.

Si bien algunas instancias internacionales –como el Acuerdo de Wassenaar o el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico– han abordado este tema, es claro que el respeto al derecho internacional no está pasando por su mejor momento. Se necesita la voluntad política de todos los actores y dejar rencillas partidistas o intereses comerciales para tomar medidas contundentes contra este tipo de actos terroristas. La alternativa –un mundo en el que milicias y terroristas puedan acceder a armas mortíferas, por no decir de destrucción masiva, que pongan en riesgo los derechos de las poblaciones– es demasiado aterradora. Envueltos en nuestras preocupaciones cotidianas, a veces no percibimos cómo los acontecimientos internacionales pueden darle un giro imprevisto a nuestras vidas.

La autora es Internacionalista y exsubsecretaria de Relaciones Exteriores.