Opinión

Voces interiores: El poeta Jorge Humberto Chávez

10 febrero 2014 5:4 Última actualización 23 julio 2013 5:52

 
David Ojeda
 
 
El pasado 30 de junio fue presentado en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el libro con el cual su autor, Jorge Humberto Chávez, mereció el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2013. Los presentadores: Hugo Gutiérrez Vega, Evodio Escalante, Marco Antonio Campos y quien esto escribe, referimos distintos aspectos del volumen y su autor. Al final, por eso, le quedó claro al público que la primera parte de la obra en cuestión, Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto (Fondo de Cultura Económica), acomete la difícil tarea de referir y poetizar hechos concretos, reales, de la violencia terrible que Ciudad Juárez padece desde hace años.
 

Esta ciudad comenzó a crecer en los márgenes de un río hasta que se firmó el tratado que dio fin a la guerra entre México y Estados Unidos, en 1848. Entonces el río se volvió frontera de países. Dos siglos antes se había fundado allí una misión de franciscanos. Comenzaba el XVII. Ésta se convirtió después en villa, el 8 de diciembre de 1659. Años más tarde vino a ser un poblado importante, avanzada española hacia el norte de América: Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de El Paso del Río Bravo del Norte. Para entonces ya había transcurrido más de un siglo desde que Cabeza de Vaca fuera el primer europeo en caminar por ahí. Perdido. Había zarpado el 17 de junio de 1527 de Sant Lucar de Barrameda. Iba en la aventura del adelantado Pánfilo de Narváez. En ella fungía como tesorero. Navegaron de Cuba a La Florida. Después de diversas exploraciones los expedicionarios fueron reducidos a cuatro sobrevivientes. Entre ellos estaba Cabeza de Vaca. Él deambuló desde lo que ahora es Galvestone, en Texas. Así llegó hasta el Río Bravo. Fue acogido por tribus entre las que su fama se dispersó. Como sabio y curandero legendario. Varias veces cruzó el Río Bravo en su errancia. Desde las planicies de su desembocadura en el Golfo de México hasta la curva de su cauce en lo que ahora es Ciudad Juárez. Territorio de apaches y búfalos.
 
 
Jorge Humberto tiene un hermano, también poeta, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, quien incluye estos versos en uno de sus libros:

Es el norte en movimiento,
hermanos del espíritu de la pradera,
del desierto, del bosque,
de las cañadas y los ríos,
libres como el hermano Viento.
Tribus dueñas de las aguas y tierras
dibujadas en los mapas inhóspitos.
Hombres obligados a la guerra
por las oraciones y la pólvora
que llegaron del sur y de los mares
a despertar la barbarie perseguida.
 

De este modo sus lectores somos enfrentados a otra percepción: Ciudad Juárez es mucho más que sus historias de violencia criminal. Bajo ella hay huesos de bisontes, huesos de apaches, restos de conquistadores y frailes. Alrededor de cuatro siglos y medio desde la primera vagancia de Cabeza de Vaca, por la zona. ¿Pero cómo se iba a prever, por aquellas fechas, que una casa de Ciudad Juárez estaría llena de cadáveres en una colonia llamada Salvárcar? Muchachos muertos. Acribillados. El olor de la sangre. Sus padres estrechándose para llorar. Los militares impasibles. Inútiles. Autoridad a destiempo. Pasaba de la medianoche. En la calle los vecinos hacían sus suposiciones. Mencionaban a las pandillas que podían ser responsables de la matanza.
 
 
Hasta hace no muchos meses, radicado todavía en Ciudad Juárez, dentro de la oficina principal de un edificio redondo y alto, rodeado de amplias explanadas para estacionamiento de autos y avenidas anchas donde circulan los vehículos y pasan, también, cada pocos minutos, transportes militares y policiacos llenos de uniformados y con el rostro cubierto, tras un letrero que anuncia que se trata de la “Dirección”, se instalaba todos los días Jorge Humberto Chávez. Y una mañana, tras dictarle la agenda del día a su secretaria, ambos escucharon, sobreponiéndose al sonido de los autos, estallidos de disparos. Y la secretaria, mientras seguía anotando los encargos de su jefe, sin moverse, alzó la voz para hacerse escuchar, tuteándolo, como siempre: “Ya están rafagueando a otro, Jorge. Andan desatados”.
 

El director de esa institución cultural asintió con la cabeza y prosiguió con la rutina laboral. Meses después, sin embargo, llevado por el vendaval y la corriente del azar, se encontró radicado en una ciudad del centro de nuestro país. Y poco después de eso comenzó a escribir con fiereza el libro de poesía que le hizo merecer el premio de Aguascalientes.