Opinión

Violencia sin control

  
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Agreden a Ricardo Anaya, Santiago Creel y Miguel Ángel Yunes en Veracruz (Especial)

La violencia política es un problema serio. No es que la violencia en general sea aceptable y debamos acostumbrarnos a ella, ni mucho menos, pero cuando la violencia entra en la esfera de lo político, la convivencia se pone en un riesgo mayor.

Como sabe, en México hemos sufrido un incremento considerable en la violencia desde 2006. Fue en ese año cuando aventaron unas cabezas en un centro nocturno en Uruapan, Michoacán, que me parece que es el momento en el que la violencia pasó a una dimensión diferente. Medido en homicidios, el gran aumento ocurre hasta 2009, pero ya desde tres años antes estábamos en una dinámica totalmente diferente, en la que no sólo había muertos, especialmente en actividades relacionadas con el narcotráfico, sino que servían como arma de propaganda, rayando en terrorismo.

Desde entonces, las cosas empeoraron paulatinamente conforme las grandes organizaciones criminales se destruyeron entre ellas y en enfrentamientos con el gobierno, y aunque tuvimos una etapa de mejoría desde el verano de 2011 hasta el de 2015, hoy otra vez el tema más preocupante en México es éste. Más allá de 'estrategias', como suelen decir, necesitamos invertir de verdad en seguridad, defensa y justicia. En estos rubros, México gasta 1.3 por ciento del PIB, frente a más de 5.0 por ciento que se gasta en naciones parecidas a nosotros. Y mucho más en países desarrollados. Este bajo gasto tiene como resultado cuerpos de seguridad incapaces, saturación en la procuración, impartición y administración de justicia, y la necesidad de utilizar a los cuerpos de defensa nacional en temas de seguridad pública, con malos resultados para todos. Sin duda, mejor organización en materia policial (que esperamos sea resultado del 'mando mixto') o mejores formas de impartición de justicia (que también esperamos sea el resultado del nuevo modelo de justicia), son de gran importancia. Pero si no invertimos lo suficiente, en verdad no vamos a lograr el resultado que queremos, que es un país razonablemente seguro y tranquilo.

Pero además de este problema en el que llevamos ya prácticamente una década, tenemos otro que me parece que no recibe la atención debida: la violencia política. No se trata sólo de grupos especializados en violentar a los demás, como la CNTE, tanto en su actuación de 2006 con la APPO como ahora, sino en grupos políticos que se manejan en la frontera de la legalidad, ejerciendo violencia casi física sobre los demás, la que ocasionalmente se les va de las manos. Me parece que es el caso de los 400 Pueblos golpeando al presidente del PAN, Ricardo Anaya, a Santiago Creel, y al gobernador electo Miguel Ángel Yunes. Según palabras del dirigente de ese grupo, César del Ángel, porque provocaron a sus seguidores al pasar frente a ellos, cuando estaban en asamblea, instalados en la puerta principal del Congreso del estado de Veracruz.

Ese tipo de “provocaciones”, que argumentan estos grupos cuando alguien no se somete a sus arbitrariedades, ha sido excusa para muchos problemas. Ahora, con dirigentes del principal partido de oposición y el gobernador electo del estado. No se trató, como hace casi 20 años, de llevar travestis a un evento de un líder opositor (a Cuauhtémoc Cárdenas, cuando el mismo Yunes era secretario de Gobierno del estado), sino de una agresión física, que puso en riesgo la vida de al menos una persona.

Menospreciar la violencia, acostumbrarse a ella, es una mala cosa. Pero cuando eso ocurre en el ámbito de la política, que es el espacio natural para dirimir diferencias de forma pacífica, el problema es mucho mayor. Es necesario que los actores políticos en México dejen de utilizar grupos de choque, si queremos evitar caer en una espiral de la que será muy difícil salir.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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