Opinión

Violencia en los estadios: cuando se quiere, en diez días se puede

Cuenta Juan Villoro que hace algunos años, en el estadio de Boca Juniors, un aficionado quiso verificar si era cierto que en México un fanático de un equipo equivalente al Boca podía sentarse al lado de un seguidor del equivalente al River Plate. Cuando el escritor mexicano le contestó que sí, el aficionado argentino lo miró con cierto aire de sospecha y le lanzó un comentario inolvidable: “¡Qué pervertidos!”

Pues resulta que esta “pervertida” convivencia empezó a deteriorarse en los años recientes. Y no porque los aficionados en México hayamos cambiado nuestros hábitos de tolerancia futbolera, sino por la importación, surgimiento y multiplicación de las llamadas barras, entre las que se colaron, llegando incluso a dirigirlas, personas con síndrome de importancia violenta, es decir, aquellas que pretenden ser notorias a partir de insultos, agresiones y una sistemática incitación a la rivalidad beligerante.

Quizá incapaces de sobresalir en otros ámbitos o por otros medios, estos generadores de violencia encuentran en la ofensa y la agresión el único camino para adquirir cierto sentido de importancia, según su propia percepción del mérito y su escala de antivalores.

Como la violencia en los estadios crecía y ocurría con mayor frecuencia, diputados del PRI presentaron una iniciativa el 10 de octubre de 2013 para reformar la Ley General de Cultura Física y Deporte, con el propósito de prevenir y combatir la violencia en los eventos deportivos.

La iniciativa andaba por allí, a pasos lentos y sin que se le hiciera mucho caso, hasta que el 22 de marzo se produjo uno de los acontecimientos más lamentables en nuestro futbol.

Los legisladores despertaron y en diez días la iniciativa pasó por las cámaras de diputados y senadores y fue enviada al ejecutivo para su promulgación.

De no haber dejado transcurrir cuatro meses para aprobarla, los responsables de las agresiones en el Estadio Jalisco hoy estuvieran enfrentando penas de hasta cuatro años de cárcel por participar en estos hechos violentos, sin menoscabo de otras sanciones civiles o penales. O tal vez ni siquiera hubieran sucedido tales acontecimientos.

En todo caso, la violencia evidente y la condena unánime activaron el proceso y ahora sólo falta esperar la promulgación de las reformas.
Mediante éstas, entre otros avances, se crea el tipo penal de Violencia en el Deporte. Ya no habrá que buscar normas supletorias ni será irremediable limitarse a los delitos aislados, despojándolos del contexto en el que se dieron, porque existirá un delito específico que se da en circunstancias concretas y que ronda cada vez que se realiza un espectáculo deportivo.

Los futuros culpables podrán recibir una sentencia de hasta cuatro años de prisión e irán a dar a un Padrón de Aficionados Violentos, a quienes se prohibirá la entrada a los estadios hasta por un periodo de cinco años.

Estas reformas podrán ser insuficientes, pero es preferible que se pongan en vigor de inmediato a posponerlas con el argumento de que no son perfectas. Ya habrá ocasión de mejorarlas.