Opinión

Vientos y tempestades

  
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A simple vista, las grandes quejas acerca del funcionamiento del país se concentran en la corrupción, o más ampliamente la no aplicación de la ley o inexistencia del Estado de derecho, y en la debilidad de la economía mexicana, es decir, el estancamiento de la productividad. Comparando con otros países y su historia, la solución a estas dos quejas es más o menos fácil de describir: fortalecer el Estado y limitarlo con la ley, construir una mentalidad orientada a la productividad y dotar a los mexicanos de capital humano para ello.

Pero no parece que en realidad queramos aplicar esas soluciones, porque implicarían una transformación demasiado grande en nuestra vida. Dicho de otra forma, durante los últimos 100 años construimos lo contrario, y ahora, sorprendidos de que no funcione, queremos seguirlo haciendo, pero que dé distinto resultado. La locura, pues.

Si en verdad nos interesa la aplicación de la ley, entonces tenemos primero que reconocer que durante el siglo XX eso no ocurrió porque el sistema político necesitaba que no ocurriera. Su fuerza dependía de la capacidad de negociación permanente, y no de la aplicación de la ley. Si hoy compramos mercancía pirata, ofrecemos mordida, esperamos retribución adicional por hacer nuestro trabajo, o evadimos la ley mediante algún pago, es porque así lo hicimos durante el siglo pasado. Eso aprendimos a hacer.

Dejar de hacerlo implicaría acabar con la gran red política del país: las centrales campesinas que viven del presupuesto de Sagarpa, los sindicatos que viven del resto del presupuesto, la multitud de personas que evaden impuestos, los más de 10 millones que venden en las calles. Todos ellos tendrían una afectación muy seria en su cartera. Y no quieren. Por eso tantas quejas de la reforma fiscal, por eso la movilización contra la reforma educativa, por eso la presión permanente en las calles.

Y la excusa ideológica de todo esto es el gran éxito del sistema educativo mexicano: el adoctrinamiento en el nacionalismo revolucionario, esa mixtura de orientación socialista con paternalismo colonial, xenofobia con inferioridad, autoritarismo con negociación fraudulenta. Eso fuimos construyendo, eso tenemos, y eso es lo que ya no queremos que exista.

Pero no somos capaces de reconocer el origen del problema: no queremos aceptar el gran fracaso que fue el siglo XX. Por eso hay tantos que se amparan en la “lucha social” para extraer recursos; por eso tantos insisten en los riesgos de las reformas, incluyendo la fiscal; por eso la creencia en salvadores mesiánicos; por eso el academicismo que olvida la trayectoria que nos trajo adonde estamos.

Las tempestades que tenemos son los vientos que sembramos durante el viejo régimen: de ahí viene la baja recaudación, los negocios desde el poder, el corporativismo y clientelismo, incluyendo la versión subversiva, la educación como adoctrinamiento y no como impulso de la productividad, y otras cosas más que no detallo. Esto implica que si de verdad queremos enfrentar las quejas con que iniciaba, lo que tenemos que hacer es reconocer, en público o en privado, de qué tamaño fue nuestro error en el siglo pasado. Es sobre eso que puede construirse una nación diferente, no intensificando los cuentos y creencias que nos convirtieron en un país estancado y corrupto, controlado por políticos cínicos, empresarios cómplices, y falsos líderes sociales.

Vaya a votar el domingo por quien quiera, que el trabajo empieza después.

Twitter: @macariomx

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