Opinión

Viéndonos en el espejo

  
1
 

 

Donald Trump

Algo hay que agradecerle a Donald Trump. Sí, incluso a ese personaje algo le podemos agradecer. Mal que bien, nos guste o no, sus arranques, sus berrinches, sus declaraciones, nos han obligado a pensar y a cuestionarnos lo que hacemos, o quizá de forma más importante, lo que no hacemos. Nos ha obligado a vernos en el espejo.

Su misoginia nos indigna profundamente, pero basta asomarse al funcionamiento de los órganos públicos en México, de los consejos de administración de las empresas privadas, del Congreso, para darnos cuenta de la escasa participación de las mujeres. Cuando nos escandalizamos al ver las fotos del gabinete de Trump, deberíamos de echarle un ojo al nuestro. No se trata de poner mujeres aquí y allá únicamente para cumplir cuotas de género. Esa quizá sea una acción afirmativa que deberá —o debería— ser temporal. La solución real es más compleja. Habrá que dar a las mujeres más oportunidades no sólo de estudiar, sino de permanecer en el mercado laboral. Los datos de la ENOE muestran que las mujeres estudian más tiempo, más mujeres que hombres terminan una carrera, pero se integran menos al mercado laboral.

Negamos la existencia del racismo, aquí somos incluyentes y diversos.

Valdría la pena reconocer si ese es el discurso que se mantiene al interior de las casas, en las conversaciones de sobremesa, en los círculos de amigos. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Discriminación (2010), 27 por ciento de los mexicanos no permitiría vivir en su casa a extranjeros, 23 por ciento no recibiría a personas de otra raza (¿?) y el mismo porcentaje tampoco recibiría a personas de otra religión. El tema se vuelve más ríspido cuando hablamos de cómo ciertas escuelas discriminan por color de piel o estrato social, a pesar de su discurso y de los carteles que ponen en las entradas de “esta institución no discrimina”. Trump sacó a la luz un discurso que, aunque neguemos, sigue existiendo en las cocinas de las casas. México no está exento.

El tema sobre el que probablemente estemos más dispuestos a hablar es el comercio. El presidente aislacionista ha repetido en innumerables ocasiones que el TLCAN es el peor acuerdo comercial firmado en la historia. Desde luego que esta exageración no corresponde ni de cerca a la realidad. El tratado ha traído beneficios a las economías que lo conforman, pero hay varias consideraciones al respecto. El que haya habido beneficios no significa que no haya habido costos. No tengo duda de que los beneficios los han sobrepasado, sobre todo tratándose de México, pero sería un error pensar que ha venido exento de consecuencias nocivas para ciertos sectores. Lo que me parece aún más grave es que al negar su existencia, nos estamos negando a nosotros mismos la oportunidad de resolverlas.

Lorenzo Caliendo y Fernando Parro examinan los efectos sobre el bienestar en las tres economías del TLCAN (aquí la fuente: http://www.nber.org/papers/w18508.pdf) y encuentran que la ganancia en el bienestar ha sido mayor en México, seguido de Estados Unidos, mientras que Canadá ha observado una pérdida. Los mismos autores señalan que las ganancias de bienestar están dadas tanto por los términos de intercambio como por el volumen de comercio, siendo este último la razón del incremento en México. Es interesante que el comercio que se generó en la región fue comercio 'nuevo', es decir, no se desvió de otros países, sino que permitió más transacciones dentro de la misma zona. Sin embargo, son pocos los sectores agregados que generaron estas mejoras en bienestar. La nueva forma de producir y de competir cambió el equilibrio sectorial con costos para algunas industrias y trabajadores. El reto, tanto aquí como en cualquier economía, es qué hacer con los trabajadores que resulten desplazados. Y el desplazamiento que más nos debería de preocupar (también a Estados Unidos aunque en una escala distinta) es el que se deberá al cambio tecnológico. La apertura comercial también permite el intercambio de ideas y logra que las nuevas tecnologías permeen más rápido a las economías socias. El ritmo del cambio se acelerará.

Trump puso a esos trabajadores en el radar. Es hora de que hagamos lo propio para no caer en su misma trampa discursiva. No se debe necesariamente al comercio, pero los cambios traen costos, sí puede haber trabajadores desplazados. El tema es qué estamos haciendo para reubicarlos, para capacitarlos, para preparar a millones de mexicanos frente al cambio tecnológico. Nuestra competitividad no podrá, ni deberá, seguir viniendo de pagar salarios bajos. Hay que capacitar, hay que preparar, hay que estudiar. No todo es responsabilidad del gobierno. Cada uno, en lo personal, en lo empresarial, en lo académico, debería hacer suyo el compromiso. Vernos en el espejo será el primer paso. Asumir la responsabilidad será el siguiente.

La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

También te puede interesar:
La normalización de la mentira
La elección entre el pasado y el futuro
El momento de la cuenta pública