Opinión

Videgaray tiene razón

En términos generales, desde hace al menos catorce años ya se tenía una idea bastante clara acerca de la esencia y sentido de las grandes reformas que el país requería para enfrentar con éxito los retos de la creciente competencia internacional y establecer, al mismo tiempo, las bases para lograr un desarrollo firme, amplio y sostenido. Se conocían cuáles eran los aspectos sustantivos a reformar en materias clave como la energética, de telecomunicaciones, laboral, financiera y hacendaria, entre las más importantes.

Pero todo el mundo sabe que no fue posible su realización. Básicamente porque una corriente política importante, la que integra el priismo, sencillamente se negó. Y su negación fue total, hermética y absoluta. Sencillamente no dejó resquicio alguno. Y no sólo eso, sino que además de manera calculadora e insidiosa levantó muros y cerró candados para evitar tales reformas, que por cierto ahora -ese mismo priismo- considera “urgentes e inaplazables”.

Recuérdese que el PRI -ahora parece que nadie lo tiene presente- incluso llegó al extremo de modificar sus documentos básicos, entre otros su llamada “declaración de principios”, para definir una posición ideológica absolutamente contraria a las reformas, entre otras en materia de hidrocarburos, energía eléctrica e impositiva.

Con ese cambio de “principios” según sean las circunstancias, queda en evidencia qué tan importantes y respetables son para los priistas sus “principios” ideológicos. Los modifican como quien cambia de calcetines. Son flexibles, maleables, al gusto, son de mero contentillo. Todo parece indicar que esos “principios” son unos cuando están en el poder, y otros radicalmente distintos cuando están fuera de él. Oportunismo puro, puro oportunismo. Pero sobre todo mezquindad.

Si esas grandes reformas se hubieran procesado durante la primera parte del gobierno de Fox, por ejemplo, luego de más de una década de estar en vigor las correspondientes modificaciones constitucionales y legales, y plenamente en funcionamiento las instituciones y los cambios previstos por las mismas, los beneficios que todos los mexicanos esperamos empezarían a ser visibles en el país, vaya, a notarse en donde más se quiere: en el bolsillo y en la mesa.

En eso tiene razón Videgaray, quien con mucho sentido común del que antes les faltó, en días pasados declaró que las reformas no operan de manera milagrosa, no son de efectos automáticos, que lleva tiempo su maduración.

¿Por qué entonces no lo vio así el priismo hace diez o doce años? ¿Fue superior la mezquindad, para evitar que la “medalla” de los cambios se la colgaran los contrarios? ¿O fue mera ignorancia de cómo son estas cosas? Todo sugiere que fueron ambas, aunque el elemento predominante fue la mezquindad. Y no se trata de una expresión despectiva o denigratoria, sino simplemente descriptiva. Se acepte o no, es la estricta verdad.

Lo anterior, sin embargo, no es lo peor. Lo más grave es que en cuanto se aprobaron las reformas constitucionales, en particular las de materia energética, con una inconcebible e irresponsable chabacanería se orquestó una campaña de radio y televisión para hacer creer a la gente que estaban prácticamente a la vista la disminución de las tarifas eléctricas y de los precios del gas, el diesel y las gasolinas.

Imposible que esa campaña propagandística gubernamental se pueda olvidar por el gran público así nada más. Es muy reciente y fue abrumadoramente machacona. Además de ridícula. La pregunta ahora es: ¿cómo le va a hacer Videgaray para resolver esa trampa en la que él y su partido se encuentran atorados?