Opinión

Víctor Urquidi, sembrador de futuros, a 10 años de su muerte

El 23 de agosto se cumplieron 10 años de la muerte de Víctor L. Urquidi, economista y mexicano universal, que participó en la Conferencia de Bretton Woods y tuvo una profunda influencia en la vida intelectual, las políticas públicas y la construcción de instituciones en México y en el ámbito internacional. Lo recordamos en el Centro Tepoztlán con un sentido homenaje.

Víctor fue un mexicano de su tiempo, y un soñador y constructor de futuros; desencantado por el cinismo político y la corrupción omnipresente; pero siempre dispuesto a abordar, mediante el análisis prospectivo y el diálogo interdisciplinario, los viejos y nuevos dilemas de nuestro país y del mundo, con un profundo sentido nacionalista y latinoamericanista.

Conocí a Víctor a fines de 1967, cuando iniciaba mi tesis de economía en la UNAM. El presidente de El Colegio de México celebró que hiciera una encuesta en 100 empresas manufactureras y me dio una completa bibliografía internacional. Su principal recomendación: “lo importante no es sólo saber si es mucho o poco lo que pagan las empresas, sino qué están haciendo con esas tecnologías; si las asimilan o no; si hacen un esfuerzo por adaptarlas y fortalecer su propia capacidad tecnológica”.

Durante la primera mitad de los setenta, sus brillantes estudios y sus relaciones con el presidente Echeverría y José Campillo Sáenz, secretario de Industria y Comercio, le permiten junto con el economista Miguel Wionczec jugar un papel clave en la expedición de las leyes para regular la transferencia de tecnología, la inversión extranjera y las patentes y marcas; el nacimiento del Conacyt y la elaboración, con Gerardo Bueno, del primer Plan Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico; así como en los intentos en la ONU por construir un nuevo orden internacional.

La renuencia de sucesivos gobiernos a emprender una reforma fiscal de fondo fue una de sus permanentes frustraciones, que estoy seguro muchos seguimos compartiendo; como lo fue la mala distribución del ingreso que Víctor consideraba en México “peor que una enfermedad secreta” y un “tabú oficial y privado”, a superar.

Es también en esta prolífica etapa de su vida, cuando Urquidi lanza en 1980 su proyecto del Centro Tepoztlán, institución con profundo sentido nacional, pero a la vez latinoamericanista, al que invita a unirse a insignes mexicanos -como Leopoldo Solis, Tomas Garza, Guillermo Soberón y Rodolfo Stavenhagen- y a personalidades latinoamericanas y de otras regiones -como Raul Prebisch, Enrique Yglesias, Felipe Herrera, Arthur Lewis e Ignacy Sachs.

El arquitecto Eduardo Terrazas, recordaba el sábado pasado la primera reunión-diálogo del 9 a 11 de agosto de 1980, titulada: “Ladrillos para estrategias alternativas de desarrollo”. A ella habrían de seguir muchas sesiones-diálogo mensuales durante los últimos 34 años sobre los más diversos temas nacionales e internacionales relevantes, con la presidencia de insignes mexicanos como Eugenio Anguiano y Rodolfo Stavenhagen.

En los 80 la crisis de la deuda y del petróleo lo llevó a emprender diversas iniciativas de crítica constructiva. El futuro de América Latina frente a la crisis financiera internacional capturó mucha de su atención, así como los efectos preocupantes de la petrolización en el desarrollo de México. “La energía es clave, pero es uno de muchos pilares de nuestro desarrollo y hay que agregarle valor hacia atrás y hacia delante. La política industrial y financiera son críticas para generar inversiones, empleos y un desarrollo tecnológico sustentable”. Víctor influyó en una generación de académicos y funcionarios públicos imbuidos de un sentimiento nacionalista y de los nuevos desafíos globales.

Los 90 agudizaron su preocupación sobre los problemas del desarrollo sustentable. Estaba convencido de que había que repensar las Naciones Unidas y las instituciones de Breton Woods e implementar acuerdos internacionales de gran alcance en la materia. Pero era crucial actuar a nivel nacional y ahí era más escéptico de lo que podría lograrse.

Su preocupación por los temas globales: las migraciones, la crisis ambiental, la gobernanza mundial y su convencimiento de que en el planeta se requería una visión estratégica e interdisciplinaria de largo plazo, lo llevaron a acercarse más al Club de Roma -fundado en 1968 por Aurelio Peccei- y a constituir en 1990 la sección mexicana, que ha jugado un papel importante para explorar el futuro y temas estratégicos globales como el desarrollo sustentable.

En 1998 Víctor me invitó a presidirla y a participar en la coordinación del grupo que publicó el Informe de la SM del Club de Roma: ¿Estamos Unidos, Mexicanos? Los Límites de la Cohesión Social en México (2001). En los últimos años ha realizado varios foros y publicaciones sobre el sector energético.

Tras la llegada de Fox al poder, Urquidi influyó para que aceptara la invitación de Jorge Castañeda para irme a Sudáfrica como embajador de México. Momento importante de mi vida. No pudo viajar a Pretoria. Fui yo el que en mayo de 2004 lo visité cuando él concluía su libro Otro siglo perdido -la gran historia económica de Latinoamérica, poco analizada desde su publicación en 2005- con profundas reflexiones para las nuevas generaciones. Fue el último día que lo vi. Tres meses más tarde recibí la triste noticia de su muerte.

El pasado sábado 23 el Centro Tepoztlán realizó un sentido homenaje a la vida y obra de Urquidi y su proyección a futuro en que participamos sus amigos. Jóvenes que no lo conocieron se interesaron en su relevancia para recuperar la esperanza nacional. Esperamos integrar estas expresiones en una próxima publicación.

El martes 26, el Colegio de México, encabezado por Javier García Diego, efectuó otra gran celebración en que contemporáneos y discípulos proyectamos su legado y Joseph Hodara presentó su excelente biografía, que hay que leer.

* El autor es presidente del Centro Tepoztlán y expresidente de la SM del Club de Roma.