La vocación esencial: ser más humano
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La vocación esencial: ser más humano

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La vocación esencial: ser más humano

10/08/2018

La crisis que estamos viviendo actualmente, la explica el jesuita Baltasar Gracián: “existen seres humanos que construyen a medias su vida, carecen de fachada porque les faltó caudal”. No consideran o no realizan el sentido profundo de su vida: ser más humanos.

La pregunta por el sentido también se la plantean dramáticamente los no creyentes. Es angustiante el tono de una carta enviada a la redacción de la revista Ciencia y religión, de Moscú, en el tiempo en que imperaba el comunismo: “cuando nace mi vida sobre la tierra con ropaje terreno, se va llenando de razón y sensaciones, para que luego todo eso desaparezca (simplemente se disuelva en la nada)…, luego esta vida es un absurdo insoportable. ¿Para qué tiene el hombre que educar la razón, que le ha sido dada, y desarrollar sus sentimientos, si ha salido de la nada… y se convierte en nada? ¿para qué tener una conciencia efímera de mi existencia, si en este corto instante vi miríadas de estrellas y aprendí a sumar y dividir… a experimentar el encanto y el miedo, a alegrarme con la belleza y a amar con desinterés? ¿para qué se me ha dado todo esto, si va a desaparecer en el próximo instante, sin dejar siquiera una imagen ilusoria de ello?”.

La misma incógnita de la carencia de sentido de todo quehacer humano, la expresa Mefistófeles en el Fausto de Goethe: “¿De qué nos sirve siempre trabajar si luego todo se reduce a nada?”.

Debemos, pues, insistir en que la pregunta acerca del sentido es ineludible; no se pude soslayar a priori. Descartar a priori una pregunta es oscurantismo. Aunque concluyamos que la vida no tiene sentido, que es completa y totalmente absurda, aun en ese caso, la pregunta tendría sentido porque ya sabríamos que no vale la pena vivir, ya sabríamos a qué atenernos, y así asumir actitudes un poco más coherentes: fatalismo, rebeldía, pasividad, naufragio resignado en el absurdo, suicidio… o quizá el “comamos y bebamos… que mañana moriremos”.

Conviene observar que en el hombre el instinto de conservación de que habla J. Monod no basta, sino que es necesario el sentido de la vida. Así lo comprobó de modo decisivo, en él mismo y en otros, el gran psicólogo austriaco Viktor Frankl. En los campos de concentración nazi sólo sobrevivían los que poseían un sentido de la vida y del sufrimiento. Prisioneros dotados de mayores recursos físicos y mentales, que, sin embargo, habían perdido el sentido de la vida, sucumbieron. Convendría hablar y profundizar sobre un instinto, que existe en lo profundo del ser humano, y del que se habla poco, del instinto de superación, fomentado en el corazón del principio esperanza.

André Malraux, en La condición humana, nos enfrenta con el dilema “¿sentido o absurdo?”, cuando uno de los protagonistas de su novela comenta: “nueve meses se necesitan para hacer a un hombre; un solo día para deshacerlo”. Pero luego, cargando las tintas, añade: “no nueve meses, sino cincuenta años… de sacrificio, de lucha… de tantas cosas… y cuando por fin llega a ser hombre cabal, no sirve sino para la muerte”. Ya que, si la muerte no tiene sentido, la vida tampoco lo tiene. Todo resulta vacío y absurdo.

En efecto, si la vida del hombre viene de la nada y desemboca en la nada, si la nada está como gusano en el corazón del ser, y si todo el universo del hombre es viscoso y nauseabundo, la única reacción coherente es el suicidio. Sin embargo, si el hombre, “pasión inútil”, el hombre absurdo de Sartre, no se suicida, quiere decir que en el fondo de su pesimismo radical todavía se vislumbra algún sentido. Interrogado al respecto, el primer Sartre encontraba el sentido trágico de la vida en el uso de la libertad. El último Sartre, en cambio, avizoraba una chispa de esperanza.

Nuestra vida adquiere la plenitud del sentido cuando elegimos el ideal autentico de nuestra existencia, cuando realizamos nuestra vocación esencial: el ser humano es el único ser que tiene su ser como tarea (Heidegger), hacerse más humano. El animal no puede desanimalizarse, el hombre en cambio, si puede deshumanizarse.

Una situación parecida encontramos en la filosofía de Albert Camus. A primera vista no cree en nada, excepto en su protesta. Camus encuentra un sentido en su reflexión, la que quiere justificar con vano afán. Sin embargo, concede cierto sentido a la muerte y admite que quizá podría tener valor otra opción, la que los cristianos llaman gracia, que no niega la naturaleza humana, sino la supera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.