Día del Maestro, la Ratio Studiorum de los jesuitas
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Día del Maestro, la Ratio Studiorum de los jesuitas

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Día del Maestro, la Ratio Studiorum de los jesuitas

11/05/2018
Actualización 11/05/2018 - 4:50

La Ratio Studiorum (sistema educativo de los jesuitas), encarna los ideales educativos que consolidan el movimiento renovador del humanismo renacentista. En la Ratio culminan las directrices educativas que Ignacio de Loyola había trazado en 17 breves capítulos de la cuarta parte de las Constituciones. La Ratio fue publicada el 18 de enero de 1599 por el General Claudio Aquaviva. En 1832 se publicó un proyecto renovado en el que se le daba gran importancia a las ciencias naturales. Nuevas adaptaciones a la Ratio se publicaron en 1986 y en 2005, inspiradas ambas por las características fundamentales del documento original.

Conviene señalar que la formación jesuítica está enfocada a: 1) asumir los valores trascendentes, 2) procurar la transformación de un mundo más humano, (orientada a los valores), 3) cultivar la personalidad del alumno, 4) abrirse a la interdisciplinariedad, y 5) promover la excelencia.

La primera característica la descubrimos en el Derecho, éste en la antigüedad tenía su origen en la divinidad, que se refleja en los grandes mitos griegos, como el de Themis, y en las legislaciones como el código de Hammurabi, el código hitita y el código hebreo. Esta tradición impregna las concepciones jurídicas de Tomás de Aquino y las de la célebre escuela de los teólogos-juristas españoles, entre los que destacan Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, S.J. Todavía más, la última razón de las obligaciones jurídicas, e igualmente de las obligaciones éticas, sólo pueden sustentarse plenamente en un Ser trascendente, de modo semejante a como lo plantea Platón en su dialéctica del Eros.

La segunda característica la sintetizaba Pedro Arrupe en la conocida frase: “Formar hombres y mujeres para los demás”. En contraposición al lema de F. Bacon: “Saber es poder”, podríamos decir que “saber es servir, saber es participar y compartir”. La comunidad académica debería estar preocupada y comprometida por los ideales de un mundo más humano y más justo.

En tercer lugar, no puede faltar el aspecto valoral. Peter Hans Kolvenbach en un mensaje en la Universidad de Georgetown enfatiza que, “no hay aspecto de la educación, ni siquiera en las llamadas ciencias duras, que sea neutral. Toda enseñanza imparte valores… ellos no son dominio exclusivo del moralista, sino del ámbito de cada disciplina académica”. En concreto, los valores jurídicos buscan la armonía y el bien común de la sociedad y procuran ordenar y resolver los conflictos humanos, no de cualquier modo, sino de modo justo, equitativo y pacífico.

La cuarta característica, algo muy típico de la filosofía jesuítica de la educación, lo señala la Ratio Studiorum con dos palabras, Cura personalis: la preocupación por cada alumno, tanto dentro como fuera de la clase. Cada estudiante debe ser apreciado como ser único. Se le debe dar tanta atención personal cuanta sea humanamente posible. Esto de ninguna manera significa relajar la disciplina o bajar el nivel académico. Al contrario, es necesario impulsar al alumno a su superación, a que desarrolle al máximo sus potencialidades.

En quinto lugar la educación jesuítica se caracteriza desde su nacimiento por la formación humanista: no cerrarse en una angosta especialidad profesionalizante, sino abrirse a la historia, a la literatura, a la filosofía y a los problemas económicos, políticos y sociales. Y sobre todo, más que aprender una asignatura, aprender a pensar de modo crítico y valoral.

Finalmente, la educación jesuítica lucha por alcanzar la excelencia. Para Ignacio de Loyola el imperativo por la excelencia era un asunto religioso. Él repetía hasta la saciedad el famoso “magis” (más). El magis ignaciano requiere una constante evaluación de fines, programas, recursos y métodos, en un esfuerzo por la efectividad en la creatividad. Todos tenemos diversos horizontes, aunque vivamos bajo el mismo cielo, por consiguiente, es de suma importancia, ampliar nuestros horizontes, y superando el círculo de la “docta ignorancia”, interesarnos por los problemas de los más pobres y marginados de nuestra sociedad. Si no somos capaces de reconocer nuestra ignorancia, habremos perdido nuestra sabiduría.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.