La ética de los impuestos
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La ética de los impuestos

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La ética de los impuestos

26/01/2018
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El tema de los impuestos es muy complejo, A. Einstein con cierta hipérbole decía: “lo más difícil de entender del mundo es el impuesto sobre la renta”. En algunos países los impuestos suelen ser utilizados de modo electoralista, y frecuentemente de manera irresponsable, muchas veces los gobiernos gastan sumas desorbitadas en publicidad.
En ocasiones, cuando se aproximan las elecciones se anuncian reducciones de impuestos, pero ya en el poder los gobiernos realizan
“pequeñas” reformas fiscales y esto de manera cíclica.

Lo anterior provoca un gran descontento entre los ciudadanos, pues parece que no hay un modelo claro y concreto de un proyecto social, y por lo tanto, no hay relación directa entre la política impositiva y la política social. Los cobradores de impuestos nunca han gozado de popularidad, pero en el mundo antiguo eran ferozmente odiados. Luciano de Samósata (125-180 d.C.), escritor griego pone en el mismo saco a éstos con los “adúlteros, alcahuetes, aduladores, delatores y
calumniadores”.

El objetivo principal de la recaudación impositiva debería ser la construcción de una sociedad más justa, y no como frecuentemente sucede, “engordar” al gobierno. W. Churchill hacia esta aguda observación: “una nación que intenta prosperar a base de impuestos es como un hombre con los pies en un cubo que trata de levantarse tirando del asa".

Otra falla en el manejo de los impuestos es no actuar con sanas políticas redistributivas, que sobre todo favorecen a los más ricos y oprimen a las clases medias o más pobres. Según recomendación
de la ONU, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) deberían ser: “reducir la desigualdad entre los países y dentro de éstos”, ya que, de acuerdo a declaraciones recientes del Fondo Monetario Internacional: “el auténtico motor del crecimiento económico, es la mejora de las condiciones de vida de las personas pobres y de la clase media”.

Por consiguiente, es importante aplicar cuidadosas políticas “predistributivas” (políticas laborales, de salarios mínimos, programas ocupacionales, etc.) y políticas “redistributivas” que intenten paliar los efectos negativos de la distribución de la riqueza. En el pueblo hebreo, la finalidad del diezmo era ayudar al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano a satisfacer su hambre (Deut. 26,12). Posteriormente el impuesto se consideró como el precio compensatorio por los beneficios
que el ciudadano recibe de la sociedad, y se enfatizó, sobre todo, el cultivo del bien común.

La ética de la fiscalidad en la actualidad está representada por el economista francés Thomas Piketty y el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Ante la visión coercitiva del primero, Sloterdijk postula la “economía del regalo”, en la que no tiene sentido la coacción y la recaudación impositiva forzada. El contribuyente no debe estar bajo una constante presión y sospecha. El sistema fiscal debería ser voluntario, lo cual supone una revolución cultural. Se suele criticar esta propuesta
como ingenua, pero sin duda, acierta al denunciar una pulsión insaciable de control y dominio del gobierno sobre el ciudadano, y postula una actitud más noble de éste, un espíritu de responsabilidad y sano orgullo de colaborar con auténtica libertad al bien común.

Para caer en la cuenta que el sistema fiscal es básico en un Estado de Derecho, se debe fomentar una buena educación cívica en las escuelas, para que se valore el costo de los servicios que se gozan: salud, educación, transporte, funcionamiento de las instituciones y si esto no se da, protesten en casos extremos (graves abusos, excesivas prebendas, derroche publicitario) con la desobediencia civil.

Se deben crear instrumentos de presión ciudadana para no quedarnos en la legalidad de los impuestos por las leyes que el gobierno impone, sino impulsar a una regulación legítima, justa y ética. La organización México Evalúa, denunció recientemente que la SHCP asignó a algunos Estados, cerca de 300 mil millones de pesos, de modo discrecional, sin criterios para determinar montos, sin reglas de operación y sin control de la Cámara baja. En contraste, al gobierno de Chihuahua se le retuvieron 700 millones de pesos que ya se le habían asignado. Todo esto, unido a la enorme corrupción, impunidad y desorbitada inseguridad, desalienta al ciudadano a pagar sus impuestos.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.