Opinión

Vicente Leñero, la gota de agua

Conocí a Vicente Leñero antes de conocerlo.

Temprano, me interesaron sus obras de teatro y, sobre todo, Los albañiles, novela que me impresionó. Sus imágenes y voces, descripciones y estructura me causaron la sana inquietud de que se podía, que la literatura ofrecía territorios y recursos siempre nuevos. Había que aventurarse. Se podía.

Más tarde La gota de agua me hizo reír, como sólo antes lo habían hecho algunos pasajes felices de El Quijote de la Mancha.

Vicente narra en esta novela un acontecimiento urbano, a partir de la mañana en que se encuentra con que no hay agua en la regadera, y aprovecha para contarnos los incidentes de su accidentado y breve desempeño como ingeniero.

Después desplegaría su ingenio en estos, que él llamaba, relatos sin ficción.

Narrador, dramaturgo y periodista, cualquiera que sea el orden en el que quieran ponerse sus vocaciones, Vicente fue un hombre generoso, siempre alentador sin excesos y sin frases hechas.

Asistí a su taller de dramaturgia en la Casa del Teatro en deliciosas jornadas de claridad sin maquillaje, en las que escuchaba con atención y comentaba meticulosamente las lecturas. Cuidaba no desalentar a nadie, pero ejercía un rigor suave para que los participantes afinaran sus intentos.

Cuando alguno de los talleristas lo llamaba señor, siempre apuntaba: Vicente, soy Vicente.

Lector de mi novela Nos imputaron la muerte del perro de enfrente, tuvo palabras que halagaban el detalle, la fuerza, los diálogos. Me confirmó que no hablaba en el vacío cuando citó de memoria un par de frases.

Luego lo escuché recomendar a un editor otra novela mía “con todo mi fervor literario”.

Cuando fui director de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, institución de la que él era egresado, me ofreció su respaldo y, reticente a su propia sabiduría, su consejo.

Generoso, siempre generoso.

Vicente Leñero escribía de tal modo que parecía que no había habido trabajo de por medio. Lo había, desde luego, pero vencía las dificultades de la escritura de manera que el texto daba la impresión de haberse escrito solo.

Director de Revista de Revistas, salió de Excélsior con Julio Scherer y fue cofundador de Proceso, semanario del que fue subdirector.

Creador de la frase “el hermano incómodo”, hizo que la alusión se convirtiera en una síntesis de expresiones múltiples. La frase pasó de lo específico a lo universal, como tantas otras suyas.

Era un hombre de una enorme inteligencia, que desembocaba siempre en la agudeza para ver y analizar, para hurgar y preguntarse.

Cuando se le interrogaba acerca del compromiso del periodismo con la verdad, apuntaba que el compromiso era con la realidad. La verdad es una palabra grandota, decía, al periodismo le basta reflejar la realidad.
Y cuando se tachaba a Proceso de amarillista contestaba: la amarillista es la realidad.

A últimas fechas decía que había tenido sueños, sueños de publicar un libro, y luego otro, y hacerse un espacio en la literatura. Pero que ahora sólo tenía un sueño: morir tranquilamente, sin sufrir.

Que así haya sido, Vicente.

He titulado este texto "La gota de agua", en alusión a la novela de ese nombre, desde luego, pero más porque así me parece su obra. La periodística, gota tras gota hasta contarlo todo; la literaria, gota a gota hasta reinventarlo todo.

Gracias, don Vicente Leñero. Gracias, maestro.