Opinión

Vía democrática al totalitarismo

 
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Material electoral. (Instituto Nacional Electoral)

Un elemento constitutivo de la democracia, sin el cual no hay democracia en un país ni son demócratas sus dirigentes, es el respeto a los derechos humanos o naturales fundamentales: vida, propiedad y libertad, y a los derechos que se derivan de ellos, como la libertad de expresión y de elegir a los gobernantes.

Las elecciones libres y periódicas, que permiten cambiar gobernantes pacíficamente, conllevan el peligro, si no hay límites claros en las funciones del Estado, que gobernantes demagogos, legitimados por las “mayorías” relativas que los eligieron, decidan quitarles a los que producen con la excusa de “redistribuir la riqueza” y terminemos en un social totalitarismo, que solo reparte miseria.

Los radicales marxistas de izquierda, que justifican la vía violenta para llegar al poder y buscan destruir el actual sistema, que tachan de capitalista, para construir sobre sus cenizas el socialismo, no van a votar y planean boicotear las elecciones; hay pensadores liberales que tampoco votarán, están decepcionados de la democracia, que en Venezuela culminó en una “dictadura democrática”.

En México, aquí y ahora, no votar como protesta a las fallas de la democracia imperfecta la empeora y facilita el triunfo de los partidos que compran votos vía programas sociales o dinero, que directa o indirectamente salen de los impuestos de los que producen. Si no queremos elecciones donde ganen los que reparten y se quedan con la mayor parte, es necesario que ciudadanos que razonan su voto y conocen las verdaderas soluciones, participen como candidatos y se conviertan en legisladores o funcionarios que frenen a los demagogos y corruptos, que legitimados por el voto de quienes ven al gobierno como fuente de dádivas, utilizan el poder como instrumento para enriquecerse y privilegiar a quienes votan por ellos.

La crítica no es suficiente para una mejor democracia, es importante conocer y proponer soluciones no demagógicas ni populistas. Si no votamos, con base en las actuales leyes electorales, facilitamos el triunfo de los que consideramos los peores. Si votamos, aunque no ganen por quienes votamos, ponemos nuestra parte para mejorar la democracia imperfecta en la que vivimos y reducir las posibilidades de llegar al totalitarismo por la vía “democrática”.

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