Opinión

Vía constitucional

 
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INE

Uno. En nuestro país, la política dominante es la de la política coyuntural, irresponsable, sin “llenadera”, de ideología muda pero al mejor postor, en manos de diez partidos. Del más antiguo, el PRI (su padre el PRM, su abuelo en PNR), hasta el caricatural Humanista (¿y por qué no Partido de Autoayuda?).

Dos. Nos va al pelo lo que Indro Montanelli, formidable periodista e historiador italiano, destaca en la política de sus país no tan diverso del nuestro: “Democrazie mafiose”, democracia mafiosa. Sentido de partido, no de Estado.

Tres. Con la apuesta de una sola vía en las posibilidades democratizadoras que alentó el 68, la electoral (¿y la de la Universidad, la de la Fábrica, la de la Familia, aún la de la Pareja?), todo comienza con la apresurada LOPPE de I977 (pensar en la coincidencia entre LOPPE y el apellido del presidente que la auspicia, López Portillo, no es pensar mal).

Cuatro. A la LOPPE siguieron (y seguirán, me temo) coyunturales modificaciones siempre en beneficio de los partidos, ni por pienso del electorado. En la medida que los montoneros “microbuseros” son los dueños de la Ciudad de México, los partidos lo son del país.

Cinco. La reciente “espotización” idiota, para las elecciones intermedias, no tiene parangón. Reiteración monomaniaca. La creatividad publicitaria, que aunque usted no lo crea existe, reducida a basura. Basura el “pensar” político.

Seis. Y no dejó de llamar la atención, que al trabajo que hizo la UNAM, medición exacta pero inútil de “mensajes” transmitidos, se colgara el INE, su portavoz. Comprobación perfecta de nuestra teoría del Diablito eléctrico imitado desvergonzadamente por la “política”.

Siete. Si se me encuestara sobre el más nefasto efecto de la política partidaria a la mexicana, diría que el de ahogar la función primordial del poder público: gobernar, ejercer la autoridad. Así opera la enredadera con la pared, la ahoga. Gobierno y autoridad cuya rienda es la ley. Ley máxima que se llama Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y que, hasta donde sé, continúa vigente.

Ocho. No hagamos, pues, caso de los “milenaristas”, los de “empezar de nuevo”, los del “borrón y cuenta nueva”. Que las cuatrocientas y tantas reformas de la Carta Magna, nos sean propicias.

Siete. Por ejemplo, los Derechos Humanos que nos desvelan, con lo suyo de industria, son a mi juicio una sobre-regulación. Bastaría una lectura integral e integradora de las Garantías Individuales y de las Garantías Sociales de la Carta Magna, para tener a las minorías rigurosamente protegidas por el derecho. Prevista está su naturaleza: universal, interdependiente, indivisible y progresiva.

Siete. Por ejemplo, prohibida está, de antemano, la esclavitud. El asunto es erradicarla en sus formas posteriores a 1917. Trata de personas. Niños trabajadores expoliados. Campos de concentración industriales y agrícolas. Servicio doméstico, el que adopta formas despiadadas, inhumanas, degradadas (antaño, la pesadilla era la sustracción de las joyas de la señora de la caja de valores, hogaño la de los chiles en nogada del refrigerador).

Ocho. Por ejemplo, también ya se proscribe la discriminación. Étnica, de género, por las ideas, por la incapacidad, por la condición social, por el estado civil y, últimamente, por la preferencia sexual

Nueve. La verdad, por leyes no paramos. El quid radica en la erisipela que produce, en la autoridad pública, por elección o por designación, el ejercicio mormado de eso, la autoridad. ¿Qué clase de autoridades son aquellas que no gobiernan?

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