Opinión

Verdades incómodas

 
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En 2018, año electoral, seremos testigos, querámoslo o no, de campañas sucias en contra de los candidatos.

Esta práctica comenzó ya a ejercerse de tiempo atrás. Es el eje principal del discurso de uno de los candidatos. No hay día en que López Obrador no se refiera a sus oponentes como integrantes de la “mafia del poder”; es decir, como miembros de una organización criminal. Esta particular guerra sucia tiene el propósito de dividir –yo el bueno, ustedes los criminales– y enlodar la campaña antes de que ésta comience. Una mafia encabezada por el expresidente Carlos Salinas de Gortari. Es curioso porque ni siquiera el encargado de elaborar el Proyecto de Nación y amigo cercanísimo de López Obrador, me refiero a Alfonso Romo, reconoce la existencia de esa mafia. “No me gusta esa palabra, te lo digo honestamente”, le confesó a El Universal: “Es un mito que Carlos Salinas sea el jefe de la mafia en el poder”. Un mito que AMLO utiliza en su particular guerra sucia para alcanzar la Presidencia.

A mí en cambio no me gusta la expresión “guerra sucia”, que es el modo que tiene López Obrador y su equipo de designar las críticas en su contra. La “guerra sucia” es un término que designa la campaña de erradicación violenta de guerrilleros que el gobierno emprendió en los años setenta. El empleo de esta expresión tiene un fin muy claro: quieren acabar con mi candidatura, me quieren manchar. Sin embargo, López Obrador no tiene empacho en ligar a sus opositores con entes criminales imaginarios.

No se trata de “guerra sucia” sino de campañas negativas, algo muy común en las democracias de todo el mundo. Tiene aspectos negativos y positivos. El negativo es que enturbia la campaña y la desvía de lo que debiera ser su objetivo principal: el examen objetivo de ideas y propuestas. El positivo es que permite a los ciudadanos conocer aspectos de la vida y obra de los candidatos, que ellos de seguro preferirían que siguieran en la sombra. La forma más eficaz, desde mi punto de vista, de erradicar las campañas negativas, es que sean los mismos candidatos los que aireen, en un ejercicio inédito de transparencia, sus episodios oscuros.

Contra esta lógica, recientemente presentó López Obrador la hagiografía Esto soy, producida por su publicista Epigmenio Ibarra. Acostumbrado a realizar narcotelenovelas –culebrones en los que exalta y denigra a un tiempo la vida de narcotraficantes–, Ibarra en este caso ejecutó una vida de santo. Evadió todos los capítulos difíciles de su candidato. Esto responde a la estrategia general de su campaña: implantar en el imaginario popular la lucha de un santo enfrentado a una mafia criminal.

También forma parte de su campaña, según lo vimos en su reciente Proyecto de Nación, el concepto conocido como “levantamiento de velo”, esto es, “la exigencia total de transparencia para actores y corporaciones cobijadas bajo el derecho privado”. En aras de esa exigencia de transparencia, máxime en quien aspira al más alto puesto de la burocracia mexicana, y convencido de que esa transparencia es un antídoto contra “la guerra sucia”, me gustaría, como ciudadano, conocer más detalles relacionados con dos aspectos, uno de la vida y otro de la obra de López Obrador.

La muerte de su hermano José Ramón es sin duda el suceso más dramático en la vida del candidato de Morena. Él mismo lo ha comentado, refiriendo que fue un accidente. Ocurrió el martes 8 de julio de 1969. Los detalles de este suceso son públicos. Cualquier lector interesado puede encontrarlos en la hemeroteca de la Biblioteca Pública del estado de Tabasco José María Pino Suárez. Tres periódicos cubrieron este hecho lamentable al día siguiente de sucedido: Rumbo Nuevo, Diario de Tabasco y Diario Presente. El acta del Ministerio Público, en cambio, no se puede consultar porque la hoja que refería el suceso fue arrancada en el periodo en que fue gobernador Enrique González Pedrero (en la época en que López Obrador era priista y trabajaba para ese gobierno). Los hechos no son claros.

“La versión callejera –se dice en el diario Rumbo Nuevo– es en el sentido de que los dos hermanos estaban jugando y que accidentalmente a Andrés Manuel se le disparó el arma”. López Obrador tenía en ese entonces 15 años. En el Diario de Tabasco se lee: “Declaró Andrés Manuel que él volteó para dar la espalda a su hermano y entonces escuchó que éste tiraba la pistola sobre el mostrador. Casi inmediatamente escuchó un disparo y vio que José Ramón caía al suelo”. Lo raro es que el Ministerio Público encontró dos balas y no una sola.

En el sitio, la tienda de su padre, “debajo de unos pantalones que se encontraban colgados en unos ganchos, junto a una pared, se encontró otro proyectil, al parecer, del mismo calibre”. Este terrible suceso no encontró cabida en el video de Epigmenio Ibarra, a pesar de que este se especializa en la narración de historias violentas. Sería muy bueno –la transparencia como recurso contra las campañas negativas–, una declaración del candidato sobre este aspecto oscuro de su biografía. ¿Por qué tendrían que interesar estos hechos al público? Luego de este incidente, la familia de Andrés Manuel se trasladó a Palenque. Fue ahí donde López Obrador comenzó, ¿para lavar la culpa?, a interesarse en la política.

López Obrador adivinó a la política nacional con otro hecho de sangre: la toma violenta de los pozos petroleros en Tabasco, en febrero de 1996 (“nuestro movimiento no ha roto un sólo vidrio”). La lucha por la defensa del petróleo ha sido una constante en su vida política.

En 2007, durante la discusión de la Reforma Energética de Calderón, mediante una combinación de presión legislativa y movilizaciones callejeras, lograron frenar la reforma. Seis años después, en el marco del Pacto por México, se planteó una nueva y más profunda Reforma Energética. Justo en el momento decisivo, cuando la Reforma tenía que ser votada en el Senado, López Obrador sufrió un misterioso (por la falta de información con la que se manejó) ataque cardiaco. La Reforma se aprobó.

El súbito ataque al corazón pudo cubrir la estrepitosa derrota de su movimiento. Ahora mismo su posición es ambigua en torno a la Reforma Energética. Si habla ante sus fieles dice que va a echar abajo la Reforma. Si su público es académico o empresarial dice otra cosa. En agosto de este año, ante empresarios de Monterrey, Dionisio Garza Medina le preguntó directamente si echaría abajo la Reforma Energética. Según reportó Reforma “el tabasqueño respondió que de ninguna manera, porque había cosas muy buenas dentro de la Reforma (SDP, 14/Ago/17)”.

Ante esta posición esquizofrénica conviene que López Obrador conteste sin ambigüedades cuál es su verdadera posición: ¿va a intentar o no revertirla? Si atendemos a lo que se dice en el Proyecto de Nación, su posición es esta: “Nuestra propuesta será revertir las reformas estructurales porque no benefician al pueblo”.

En ese caso, y en un contexto de extrema crisis ante la posible cancelación del TLC y más aún por la reforma impositiva de Trump, López Obrador debe ser muy claro en anunciar a la sociedad que revertir la reforma energética provocaría de inmediato demandas multimillonarias de aseguradoras, agencias calificadoras y poderosísimas compañías petroleras. Debe decir con claridad que colocaría al país en una situación de aguda crisis internacional.

En resumen, el único camino que tiene López Obrador frente a las campañas negativas es hablar con la verdad. Como hasta ahora no lo ha hecho. Debe ser transparente para que no sean otros sino él mismo el que hable de sus verdades incómodas. Sería terrible para la imagen beata que se ha querido construir, con ayuda de publicistas y cineastas, que la verdad apareciera en los debates por venir. Frente a las campañas negativas, la transparencia. No hay otra vía.

Twitter: @Fernandogr

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