Opinión

Venezuela, cuenta regresiva

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Nicolás Maduro

El gobierno de Nicolás Maduro enfrenta uno de los periodos más críticos de su gestión, debido al desplome mundial de los precios del petróleo, que a Venezuela –su principal fuente de recursos– en particular le ha disminuido 70 por ciento de sus ingresos en dólares. A esto se suman los problemas de escasez, carestía, crecientes colas en tiendas y supermercados que han empezado a minar el parcial respaldo popular con el que aún cuenta el gobierno chavista.

Apenas el lunes, el gobierno de Maduro anunció la intervención de una importante cadena de farmacias privadas en todo el país, que funcionan como pequeños supermercados porque ofrecen una variedad considerable de productos sin incluir comestibles. La cadena es conocida como Farmatodo, y desde esta misma semana “ha pasado a formar parte del sistema de distribución estatal”. Esto deja en la incógnita de si es “expropiada” o simplemente relevan al cuerpo directivo y operacional de la firma para ser manejada por funcionarios del gobierno.

La retórica de Maduro, significativamente más pobre y con menos recursos que la de su maestro y mentor Hugo Chávez, declaró que las cajeras de Farmatodo no atendían correctamente al público, sino que descargaban un camión con mercancía en vez de tener las cajas abiertas. Esto producía un efecto de colas enormes que molesta sensiblemente a la población, por lo que el presidente y su gobierno deducen un complot para perjudicar al pueblo y provocar un efecto falso de colas : “Es una guerra económica que los grupos empresariales mantienen contra el gobierno –afirmó el propio Maduro– y por ello debemos tomar el control de la cadena”.

Es decir que el gobierno “interviene” –es el término oficial– una empresa comercial porque hay colas y de “diez cajas sólo tienen abiertas tres”. Ese es el primitivismo del gobierno de Maduro. Pero lo que sucede de fondo es mucho más preocupante. Venezuela importa más de 75 por ciento de sus productos básicos, la mayor parte alimentos. Es un país que produce petróleo, fruta, pescado por su amplio litoral, pero nada más. Sin dólares ni divisas por el derrumbe petrolero, enfrenta con gravedad un proceso de crisis al estilo Cuba, donde los alimentos se racionan, se expenden contra cédula de identidad, y es el gobierno quien decide qué le da a cada ciudadano.

Desde el año pasado Maduro lanzó la llamada “guerra contra las colas” en referencia de las prolongadas y muy extensas –dos o tres kilómetros– filas que se forman a la puerta de cada establecimiento comercial. Además, el procedimiento de “intervención” retrata el sistema operativo del gobierno: llegan funcionarios de la Superintendencia de Precios Justos (Sundde) quienes realizan estudios y comparaciones con otros establecimientos –principalmente del Estado–. Inmediatamente, efectivos de Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia) conducen a los ejecutivos de la cadena a someterse a interrogatorios y rendir declaración. Se impone un régimen de terror y presión, con el propósito de que un grupo de directivos o empleados acuse y señale a otro como el responsable de una política comercial “antibolivariana” y en perjuicio de la población. Para concluir con la devastadora acusación que escapa a todo racionamiento jurídico: “usted es enemigo del pueblo”.

Es una película ya vista por la humanidad, cuando un proceso revolucionario que produce un cambio social se radicaliza, convirtiendo en enemigos a todos quienes no comparten su visión, pensamiento o filosofía. Lo que sigue es una brutal sangría de la población. Ya lo vimos en la China de Mao, en la postrevolución francesa de Robespierre, en el criminal régimen del Gulag y el terror de Stalin. Venezuela se desmorona lentamente, y el petróleo en caída libre, bien puede ser su puntilla.

Twitter: @LKourchenko

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