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ME. México: otra historia que contar.

El año de 1986 es uno de los más interesantes de la historia reciente de México. Como ahora, hubo una caída importante en el precio del petróleo, que entonces era casi lo único que exportábamos (68 por ciento del total). Era el quinto año de una crisis muy seria, la más grave que hemos sufrido en tiempos recientes. Se disparó la inflación, que ya era elevada, se hundieron los salarios, y si no hubiese sido porque éramos anfitriones del Mundial de Futbol, las cosas se hubiesen complicado mucho.

Durante el Mundial ingresamos al GATT, e inició la apertura comercial, que causó la desaparición de sectores enteros en los siguientes años. También ocurrió la elección en Chihuahua en donde se documentó por primera vez un fraude electoral masivo, que llegó a todo el mundo gracias a la cobertura del futbol. Para fines de 1986, vino la fractura en el PRI que dio origen a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y al PRD en 1989.

Hasta 1986, México mantuvo prácticamente todas las reglas y valores del régimen de la Revolución: un sistema autoritario, paternalista, nacionalista, estatista, que empezó a fracasar en 1982, se fracturó en 1986, y terminó en 1997. A partir de entonces, los valores son otros, pero no generalizados: algunos quieren democracia, transparencia, derechos; otros quieren un conjunto diferente de derechos, más bien de carácter paternalista; y algunos más empiezan a luchar por el poder aprovechando los nuevos instrumentos.

No estoy hablando de una historia lejana. Todo esto ocurrió durante la vida de un joven de 30 años, aunque se requiera un jovenazo de 50 para atestiguar los hechos. En este lapso pasamos de un sistema autoritario, en el que no había senadores ni gobernadores de otro partido, a uno democrático, en el que cualquiera puede ganar una elección. Antes de 1986, no había información independiente en México, salvo lo poco que podía encontrar una prensa muy limitada y verdaderamente en riesgo. Antes de 1986, no había Suprema Corte independiente, ni órgano electoral o de derechos humanos.

Lo logrado en menos de 30 años es realmente espectacular. Insuficiente, claro, sobre todo al comparar con los países avanzados. Pero si lo que debemos construir es un Estado fuerte, limitado por la ley y responsable frente a los ciudadanos, no podemos menospreciar lo alcanzado. El proceso incluyó debilitar el Estado, al grado de permitir el ascenso de poderes de hecho (fácticos, como les gusta decir), como gobernadores, empresarios, sindicatos, grupos seudosociales y criminales. Y ahora todos estos grupos han empezado a subordinarse frente a un nuevo Estado fuerte, pero ya no concentrado en el presidente: los gobernadores con el sistema anticorrupción; empresarios, sindicatos, y grupos seudosociales, con las reformas; el crimen organizado, con un difícil proceso de construcción institucional de fuerza.

No es extraño que este proceso haya estado acompañado de tanta incertidumbre, desazón y violencia: en las primeras reacciones, de 1986 a 88; en la primera respuesta, en 1994; en esta segunda; y durante todo ese tiempo, la guerra permanente con el crimen, del asesinato de Camarena a la captura de La Tuta, y lo que falte.

Estamos logrando en dos generaciones un proceso de cambio que a Estados Unidos le tomó un siglo, y a los países europeos, tres. Lo estamos haciendo mucho más tarde que ellos, pero no peor. Creo que, incluso, mucho mejor. No lo digo para que dejemos de avanzar, sino para que veamos cuánto llevamos, y qué poco nos falta.

Twitter: @macariomx

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