Opinión

Velocidad necesaria

24 marzo 2014 7:24

Need for speed o la apología del automóvil. En realidad Need for speed (2014) debut en solitario del ex stunt man Scott Waugh, no tiene personajes humanos como protagonistas. Éstos son meramente incidentales. Las estrellas del film son los abrumadores modelos de automóviles que hacen gala de su velocidad increíble: el GTA Spano, el Mercedes Benz MacLaren, los Lamborghini Elemento, Gallardo y Miura; los Jaguares y Ferraris; el Koenigsegg, y por supuesto, un Ford Mustang GT ampliamente modificado para que levante a 350 kilómetros por hora con sus 900 caballos de fuerza.

Así, a diferencia de otros films similares como la saga Rápido y furioso, el film de Waugh se concentra en la capacidad que cada auto tiene de convertirse en una entidad ultradinámica que vale la pena celebrarse por sí misma. En consecuencia, los planos más deslumbrantes del fotógrafo Shane Hurlbut involucran vistosas perspectivas de cada auto, pero no tan cerca como para que el espectador las identifique sino tan sólo para que admire sus líneas aerodinámicas, su capacidad de pasar de cero kilómetros a 130 en cuestión de segundos, y su habilidad para con el tempo cinematográfico hacer todo tipo de piruetas, más sorprendente la siguiente que la previa aunque sin exageraciones (excepto un enganchamiento que lleva por aire al Mustang). Una apología de principio a fin del automóvil mítico (“he visto un fantasma en movimiento”), del inalcansable (“son europeos, no existen en América”), incluso del real (“¿no me respetas porque soy una chica que maneja un Maserati?”).

Need for speed o la velocidad imposible. Al ser sólo los autos los protagonistas esenciales, el film revela que su argumento versa sobre una frustración constante entre el conductor y la máquina. No tan existencial ni metafísica, sino simple representación de esa verdad en la que insiste el título: “la necesidad de la velocidad”. Necesidad que siempre aparece como algo traumático. De ahí que sea obligatorio inscribirse a una carrera clandestina, la De León, organizada desde las sombras por ese mago de Oz llamado Monarch (Michael Keaton). Es el obligado rito de paso que lleva a cabo un conductor para demostrar cómo su auto puede alcanzar esas velocidades increíbles para las que fue creado, pero que en los términos contemporáneos de la urbe son imposibles de lograr. Están legalmente prohibidas (de ahí que la cinta se cure en salud declarando al final que todo lo visto son acrobacias reales hechas en ambientes controlados a manos de profesionales del manejo: o sea, lo visto sólo es posible en el cine). Y la transgresión es lo que se impone para poder disfrutar de esa velocidad y de esas piruetas que ningún otro auto podría hacer sin acabar convertido en chatarra. Lo que eventualmente sucede en el film por diversas razones y para transmitir esa angustia que es ver cómo se despedazan carros que valen sus buenos 2 millones de dólares, o más; autos con tecnología de punta y lujo increíble que transforman para bien o para mal la vida de quienes los tocan.

Need for speed o el melodrama automotriz. Sin embargo, el film de Waugh revela en su dilatado tempo la sustancia de su melodrama: la vida de Tobey Marshall (Aaron Paul) marcada por la velocidad y sus conflictos con Dino (Dominic Cooper), su exnovia Anita (Dakota Johnson) y su inminente nueva chica Julia (Imogen Poots), justo lo que conforma un cuarteto de personajes principales para un melodrama de cámara, con castigo-culpa-redención, mezclado con la velocidad de los autos pretendiendo revelar la esencia del conductor-stunt como héroe de esa velocidad paranormal diseñada para el vértigo del cambio de velocidades, del accidente y de la necesidad de vivir en el carril rápido.