Opinión

Van Groeningen y Besson: expandiendo

I. EL CÁNCER AFECTIVO. En El círculo roto (The Broken Circle Breakdown, Bélgica-Holanda, 2013), estilizadísimo filme 4 del belga flamenco de 36 años Felix van Groeningen (Steve + Sky 04, La volubilidad de las cosas 09), con guión suyo y de Carl Joos más Charlotte Vandermeersh basado en la pieza The Broken Circle Breakdown Featuring the Cover-Ups of Alabama de Johan Heldenbergh y Mieke Dobbels, la tatuadora creyente a quien le basta con taparse un tatuaje para cambiar de galán Elise (Veerle Baetens) se enamora a primera vista del gringófilo ateo intérprete de banjo en una banda country Didier (el propio dramaturgo Heldenbergh), se va a vivir a su lado en su casa rodante con caballo y gallinas, renuncia a su actividad y ocasionalmente se incorpora a la banda como cantante, engendran por accidente a la pequeña Maybelle (Nell Cattysse) cuyo nombre es un homenaje a la legendaria cantante country Maybelle Carter, y también por accidente la niña enferma de leucemia antes de los 6 años, entrando en un vertiginoso despeñadero de hospitales, intervenciones quirúrgicas, trasplantes de médula y demás, cual cruento Vía Crucis que conducirá irremisiblemente en el deceso de la pequeñita martirizada y consciente, la asunción del golpe por sus padres de manera muy distinta, el deterioro irreversible de su relación conyugal como tocada por un cáncer afectivo que todo lo pudre: su separación, el retorno de Elise a su antiguo oficio de tatuajes y su cambio de personalidad adoptando el nombre de Alabama, y un fallido reencuentro de los esposos que desembocará en un dichoso recital con exasperado discurso ateísta del inconsolable Didier, la fuga femenina, su acto suicida, su acezante traslado en ambulancia, su entubamiento y su final desconexión asistida.

El cáncer afectivo propone por encima de todo, de manera fascinante y crucial, un calculadísimo y virtuosístico desorden de tiempos jamás caótico o acronológico, un régimen severo de elipsis y avances a saltos y vaivenes temporales, constantes flash-backs y flash-forwards relativos que permiten establecer una interminable serie de contrastantes paralelismos dinámicos entre el ayer y el hoy y el no-mañana, contrastes y más contrastes, contrastes en escalada, contrastes ascendentes y descendentes del ánimo vital, contrastes románticos donde sólo importa lo que sucede entre los miembros de la pareja, contrastes en el sube y baja existencial de una espontánea relación prometida cual ninguna a la felicidad pero de pronto hundida en la desazón y la desdicha, contrastes expandidos entre dos mentalidades complementarias (el nómada, la sedentaria) con opuestas maneras de asumir los padecimientos irreversibles y la lenta extinción de la hija, contrastes entre la librecopuladora que cree en que los pajaritos muertos se vuelven estrellitas en el cielo (al igual que su hijita) y el librepensador que sólo cree en la nada absoluta, contrastes entre el sexo hermosamente realizado y la cópula desesperada, contrastes entre el entusiasmo desbordante de vitalidad y el íntimo despedazamiento mutuo.

El cáncer afectivo colecciona momentos supremos emotivos y epifanías morales, gracias a la fotografía de Ruben Impens que ya es en sí misma una desgracia luminosa o ensombrecida que instruye e instituye esa no-reacción ante la perorata blasfema por parte de un público envuelto en una rayo de luz encandiladora, y en virtud de los desoladores fondos musicales de Bjorn Ericsson apoyado por música country y referencias-homenaje a la banda bluegrass de Bill Monroe al estilo cowboy belga, trátense esos puntos culminantes de las monerías a la tierna nenita con peluches, las caricias al animal de dos espaldas atiborrado de tatuajes, los constantes crepúsculos a contraluz, la nueva decoración de la camioneta roja, las veladas con fogata, las aves negras sin memoria posible que se estrellan contra los cristales de la coberraza (mezcla de cobertizo y terraza) que ha construido el imaginativo músico, el simbiótico abrazo materno a la niña agónica, el cántico-arrullo “Get to Sleep My Little Baby” como himno funeral bajo la lluvia antes de la súbita parálisis gestual compartida, la explosión de rabia ante los retrasos en la investigación médica por los retrógradas escrúpulos religiosos de un TVBush, el histérico gritoneo culpable a la ambulancia, o la ingestión de pastillas tras un vidrio como si fuera un pajarito suicida más.

Y el cáncer afectivo aborda de lleno el tema de la recuperación imposible, en las antípodas de la cineconsolación luctuosa in extremis del réquiem mexicano El sueño de Lú de Hari Sama con Úrsula Pruneda (11), cual tatuaje otro que no puede ser eliminado ni cubierto, porque “el círculo está roto, no volverás a ver a Maybelle nunca más”.

II. LA OMNIPOTENCIA CEREBRAL. En Lucy (Francia, 2014), insidioso y desatado aunque con más control que de costumbre filme 15 del disparejísimo productor-autor total parisino de 55 años Luc Besson (Nikita 91, El perfecto asesino 94, El quinto elemento 99), la libérrima estudiante extranjera Lucy (Scarlett Johansson en su más alto punto sensual) es sorpresivamente encadenada a un enigmático maletín metálico por su desalmado novio ocasional de antro pronto liquidable Richard (Pilou Asbaek) para obligarla a entregárselo en un hotel opulento, cual presa atrapada por la cheeta en la selva, a los feroces miembros de una mafia sudcoreana en Taipei, cuyo impávido capo Mr. Jang (Min-sik Choi) le hace abrir con gran precaución, descubriendo que en efecto contiene una poderosa droga en azules cristales sintéticos que será insertada en el estómago de la aterrada chava para que transportarla como mula internacional, al lado de otras enviadas a su consumo juvenil en Berlín, París, Roma y así, pero al ser desventuradamente secuestrada, pateada y encarcelada por otra banda, el organismo de la infeliz Lucy absorberá la poderosa sustancia, que le concederá superpoderes de aprendizaje inmediato, telepáticos, telekinéticos y paulatinamente omniscientes que revelan un empleo de su poder cerebral a más del 10 % del resto de la humanidad y del 20 % de los delfines, incrementándose de continuo al 40 o al 70 % y así, hasta querer alcanzar la cifra más elevada, gracias al auxilio teórico del visionario profesor experimentalista Norman (Morgan Freeman), sabedor que su organismo sólo quiere reproducirse como las células primigenias, por lo que ella se dedicará a recuperar las bolsas con el narcótico diseminadas por el mundo, sin detenerse ante los medios más violentos, sendos pistolones fálicos con implacable silenciador en manos y con ayuda del duro jefe policiaco parisino Pierre del Río (Amr Waked), enfrentándose a las mafias mundiales de la manera menos clemente, doblegando al temible Mr. Jang y llegando finalmente a un 100 % de su omnipotencia cerebral.

La omnipotencia cerebral mezcla cual coctel megalómano la estridente vulgaridad de un ultrasofisticado thriller mamut transnacional (cuya máxima expresión estaría representada por Bourne, el ultimátum de Greengrass 07 y cuya acerada-acelerada autoburla colosal lo estaría por Vamos a jugar al infierno de Shion Sono 13), con una seria y solemne especulación de ciencia-ficción o paracientífica sobre las consecuencias impredecibles, funestas o benéficas, incontrolables y desquiciadas del suministro en altas dosis del factor CPH4 que secretan en mínimas cantidades las embarazadas para detonar el fiat lux de la inteligencia de sus bebés, todo ello ilustrando una megacastradora fantasía masculina, de la misma índole que las sexomoralinas Ninfomanías de Von Trier 13, pero con apantalladorsísimo despliegue tecnológico para sublimar un plano lenguaje audiovisual de historieta ya muy amaestrado por Besson en sus tres cintas de aventuras infantiles en dibujos animados sobre Arthur y los Minimoys (06/09/10), ahora en torno a una fascinante Superchica duplicada de sexyfémina Terminator e insensible Maléfica por el mismo precio, quien por medio de un displicente ademán a lo Mandrake derriba a cualesquiera atacantes, con un toque de cabeza descubre la triste biografía entera de sus rivales homólogos y, bien pronto, mediante su sola mirada va incrustando en el techo del pasillo a los presuntos captores que quisieran detener su aparatoso avance en continuum y al infinito, pero aún así dándose el lujo de zamparle un compulsivo besito al policía hiperviril como gratuita promesa incumplible.

La omnipotencia cerebral basa su estilización y la eficacia de su arrasante espectacularidad (fotografía desenfrenada de Tierry Arbogast, música transida de Eric Serra sobre potpurrí mozartiano-wagneriano) en la multiplicación de recursos impactantes y hasta shockings (arranque architruculento, timelaps y efectos ópticos ad nauseam, subliminalidades, audaces elipsis constantes, bombardeo de letreros anunciando los aumentos porcentuales del uso del cerebro) y ante todo en el resurreccional uso del mejor montaje vanguardista- unanimista del cine silente (edición de Julien Rey), más lleno de metáforas que de libres atracciones eiseinteinianas, más rebosante de asociativas comparaciones conceptual-poéticas que de elementos arbitrariamente elegidos de su misma naturaleza anecdótica realista, para poner al espectador en el estado de ánimo y a la vez sugerirle la idea que se ha escogido comunicarle, siempre parapetada tras el paranoico resguardo de escudos blindados para abrir el maletín de esta caja de Pandora hiperdigresiva a lo bestia (fieras, delfines o magos), fulgurante o fulmínea a voluntad, a veces jaladísima o de irritante risa loca, pretendiendo hilar cortinas de datos electrónicos proyectados y compendiar todas las imágenes de archivo más todos los saberes cósmicos posibles por fin compareciendo.

Y la omnipotencia cerebral reclama para sí la mente deslindándose de cualquier dolor, miedo y deseo, engendrando el cerebro autosuficiente, omnisciente y prepotente, en marcha incontenible e incontinente a través de la virtuosística, lírica y desatada vía abierta por la genial cursilería apabullante de El árbol de la vida de Malick 11, hasta desembocar en la irrealidad mística y beatífica instalada en el epílogo de 2001 odisea del espacio (ya en El quinto elemento Besson se soñaba el superador a la europea del genial Kubrick 68) y así, a fuerza de invocar visualmente a la lisérgica “Lucy in the Sky with Diamonds” de los Beatles, nuestra aguerrida pero apaciguada Lucy se desprendió para bien de su envoltura carnal, conectó con la primera simia humana también de nombre Lucy, restituyó la primera célula vorazmente reproducida por bipartición y se fundió con la ubicuidad del espaciotiempo absoluto (“Estoy en todas partes” ¿para todas las artes en virtud de toda la estética sesentera?), como esa ansiada culminación de varios miles de millones de años desde el inicio del universo, cuya sabiduría ya cabe en la memoria USB de alguna macrocomputadora de negro magma arácnido tentacular.