Opinión

Vampiros aztecas

 
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Templo Mayor. (universes-in-universe.org)

En la Ciudad de México gustamos llevar a quienes nos visitan al Templo Mayor. Conjunción en piedra de inteligencia ingenieril, sabiduría astronómica, belleza arquitectónica y horror religioso. En las ruinas del Templo y en el formidable museo adjunto, se exhiben dioses vestidos con piel humana, filosos cuchillos de pedernal para el sacrificio, vasijas para arrojar corazones, el altar (tzompantli) donde se empalaban las cabezas decapitadas de los sacrificados.

¿Cómo es que una sociedad tan altamente sofisticada pudo convivir con ese culto a la muerte violenta? ¿Cómo podemos nosotros convivir con la presencia cotidiana de sacrificados en el altar de la inútil guerra contra el narco? ¿Qué clase de vínculo subterráneo existe entre una violencia y otra? Los aztecas necesitaban la sangre de los sacrificados para alimentar y mantener satisfechos a sus dioses. ¿Qué clase de espantosa necesidad satisfacen los muertos actuales? Se dice que son más de 150 mil en los últimos diez años. Decapitados, desollados, baleados.

En 1969, un año después de la represión de estudiantes en Tlatelolco, luego de hacer un análisis político y sociológico del México posrevolucionario, Octavio Paz propuso en Posdata ver la matanza de Tlatelolco como un eco de las muertes sacrificiales oficiadas en esa misma plaza cinco siglos atrás, para escándalo del medio intelectual. Esos ecos siguen hoy resonando.

Para Pablo Soler Frost (Vampiros aztecas, Ditoria, 2015) la capital azteca “era capital de sangre. De los templos que copiaban los sagrados cerros, sangre; sus canales regaban sus huertos de sangre… Sangre propia, sangre de otros, ofrecida con motivo de esta o de otra mexica ocasión.” Las matanzas, afirma Inga Clendinnen, “eran frecuentes: parte del pulso de la vida.” No se fingía compasión ante las víctimas, “al ver como hacían los aztecas en sus fiestas, risa de tanta sangre humana”, dice Soler Frost siguiendo a Alva Ixtlilxochitl. Era normal el espectáculo de la muerte violenta, los sacrificios humanos le daban sentido a la vida.

Los dioses, saciada su sed de sangre humana, permitían a los hombres seguir con su existencia. Las muertes, los sacrificios de hoy, ¿tienen sentido? La clave de la violencia de nuestro tiempo no la ofrece Pablo Soler Frost (1965) a pesar de ser el mejor narrador de su generación. Lo que en cambio nos brinda en su nouvelle es una visión terrible de lo que vivimos.

En Vampiros aztecas se cuenta: luego de 90 días de sitio, la Venecia nahua, la gran Tenochtitlán, fue derrotada por los españoles y sus aliados indígenas. Los sacrificios fueron interrumpidos, “los cantos quebrados en lamentos. Hombres y mujeres torturados. El emperador ahorcado en la selva. Los dioses desaparecieron.” Todo cambió. Unos cuantos –los tlacatecólotl, “los hombres-buho”– siguieron alimentando en secreto a sus dioses sedientos de sangre. Nosotros los conocemos como vampiros. Son inmortales, aficionados a la sangre y al sacrificio. Han sobrevivido por siglos escondidos en viejas casonas del centro de la ciudad. De vez en cuando aparecen para resucitar su sueño de sangre, para saciar a las divinidades voraces del México antiguo. Los hombres-buho viven en medio de nosotros. Sus víctimas son atraídas con engaños. Su sacrificio ritual, en honor a Tezcatlipoca, aterrador como es, brindaba sentido: “La creencia en un caos subyacente sustentaba el orden en toda la sociedad azteca. La violencia del Estado reflejaba la violencia del cosmos y de los dioses. Los aztecas no se avergonzaban de convertir las matanzas en espectáculo”, sostiene el filósofo inglés John Gray (El alma de las marionetas, Sexto Piso, 2015).

Para los aztecas, así como para los romanos en tiempos de los gladiadores, las matanzas eran espectáculos masivos. “Lo asombroso de los aztecas –señala John Gray– procede del hecho de que mataban para dar sentido a sus vidas”. Las grandes masacres del siglo XX se llevaron a cabo para dar paso, en una lógica demencial, a “un mundo mejor”: en el caso de los comunistas, a un mundo sin clases ni explotación; para los nazis, al dominio de una “raza superior”. Los fundamentalistas islámicos en nuestro siglo asesinan y crean terror para alcanzar un mundo sin infieles, adoradores todos de un solo dios, el suyo. Nosotros, los mexicanos, llevamos diez años de matanzas sin sentido. No se mata en nombre de un ideal, un dios, una bandera, una raza. Nadie en sus cabales piensa que la guerra contra el narco se ganará algún día. Diariamente nos amanecemos con muertos en Guerrero, Tamaulipas, Morelos…

En comparación, la “barbarie” azteca era más civilizada que nuestra barbarie actual. A falta de una explicación de nuestra absurda complacencia con la muerte, la idea de Tezcatlipoca exigiendo sacrificios no parece ser descabellada.

Twitter:@Fernandogr

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