Opinión

¡Vamos!, presidente

 
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Mensaje Peña Nieto muro

En los difíciles momentos en que México enfrenta tal vez una de las etapas más ásperas, desafiantes y ofensivas en nuestra larga y compleja relación con Estados Unidos, el país se vierte en un torrente de posturas, inconformidades y consejos al presidente Peña Nieto.

Desde la indignada derecha panista se postula “no es momento para una reunión entre presidentes”; desde el Senado y gobernadores se oscila del rechazo al muro hasta la invitación a la mesura, la calma y la inteligencia estratégica. Aparecen otras voces desde el nacionalismo profundo que exigen respuestas llenas de orgullo y dignidad.

Lamento diferir. El resurgimiento de los nacionalismos en el mundo: Trump, Theresa May en Gran Bretaña, la señora Le Pen en Francia, el propio Putin en Rusia, son ejemplo de un liderazgo que responde a sentimientos nacionales de otro tiempo, que niegan la globalización, el libre comercio, la integración regional y multilateral. Son voces nostálgicas, ancladas al pasado, que se rehúsan a aceptar una nueva realidad multilateral, integrada, interdependiente, mundial.

Coincido en el legítimo reclamo de esas voces que protestan por empleos perdidos, fábricas cerradas, inversiones que se trasladan a otros mercados en busca de mejores y más rentables condiciones.

Tienen razón, la globalidad y el libre comercio por sí solos han sido torpes e incapaces de distribuir la riqueza de forma equitativa. Muy bien por Nuevo León, Querétaro, Jalisco, que han sabido aprovechar, capitalizar y posicionarse en este mundo competitivo con inversiones globales y la oferta de mano de obra de calidad. Pero, ¿dónde quedaron Chiapas, Oaxaca y otros en el mundo globalizado? Quedaron rezagados, marginados, desatendidos. ¿La culpa es del libre comercio y la globalización? No me parece. Creo que los gobiernos (el británico con las minas de Manchester o las fábricas de Liverpool, o el americano con las armadoras de Detroit) han sido incapaces de equilibrar y redistribuir los beneficios para impulsar a los productivos, al tiempo de atender a los que no son tan competitivos.

Los empleos ciertamente perdidos en Michigan, Indiana, Ohio –estados claves de la victoria de Trump y la consiguiente derrota de Hillary– no se “los robaron los mexicanos” o los chinos, como el hoy presidente cantó tantas veces en campaña. Se perdieron en buena medida por la automatización de líneas de producción.

Las veces en la historia reciente en que presidentes mexicanos han adoptado posiciones de orgullosa fuerza e independencia frente a Estados Unidos, los resultados no han sido positivos. En 1978, José López Portillo recibió la visita de Jimmy Carter en la Ciudad de México, le dirigió un discurso enérgico y vigoroso, al estilo de la potente oratoria lopezportilllista; defendió la soberanía, nuestra independencia, el grupo de los 77 No Alineados y otras linduras de la época. Eran los tiempos de la ayuda internacional, de las deudas con el FMI y el Banco Mundial y las cíclicas renegociaciones. El resultado fue una relación que prácticamente se congeló, y la “buena voluntad” declarada por Carter se convirtió en una fría y desinteresada distancia.

En 2002, después del trágico 9/11, el presidente Bush pretendió organizar un contingente internacional para atacar a Irak y vengar la dolorosa herida de las Torres Gemelas. México, el socio, el aliado, el amigo, se negó en la cándida postura del presidente Fox, lo que lastimó sensiblemente al guerrero Bush en su cruzada contra Saddam. El resultado fue que del inicial ambiente de sintonía, encuentro, cercanía, identificación personal entre los dos rancheros, pasamos a la fría distancia y enésima prioridad. De discutir la “enchilada completa” (la reforma migratoria, la seguridad regional, la inteligencia compartida, etcétera) pasamos al número 45 de la agenda.

Los orgullos malentendidos pueden traer consecuencias absurdas, inútiles e ineficientes.

Me inclino preferentemente por el pragmatismo frío, mesurado, calculado, donde la evaluación de daños y perjuicios, frente a ventajas y beneficios, se haga de forma quirúrgica. Envolverse en la bandera no ofrecerá resultado alguno, más allá de salvaguardar en una cúpula de cristal y mucha naftalina el orgullo y el pundonor de la patria.

Los tiempos modernos exigen caminos diplomáticos diversos, habilidades negociadoras, ópticas integrales que agrupen temas y rubros, que coloquen en la balanza el comercio, junto a la seguridad fronteriza, la migración en un marco normativo, regulado, acordado y negociado, la lucha y el combate conjunto al narcotráfico, la cooperación ambiental que tanto desprecia la administración Trump; un río Bravo contaminado y destruido daña y perjudica a ambos lados de la frontera.

El presidente de México debe asistir a la reunión con Trump, sentarse a la mesa, negociar de tú a tú, pararse en ese orgullo nacional conducido y canalizado a la negociación pragmática e inteligente. Resguardarse en el baluarte del escudo no aportará beneficios ni acuerdos al inicio de unos largos cuatro años que pueden bien significar una pesadilla para México.

El pago del muro, reiteradamente rechazado con legítima justicia por el gobierno de México, puede salir –así lo señala de forma embozada el artículo noveno de la Orden Ejecutiva firmada ayer por Trump– del paquete de ayudas económicas múltiples que recibe México de las agencias de gobierno estadounidense. La instrucción apunta a que sea de ahí, de ayudas canceladas o retenidas, desde donde se pague el muro. Técnicamente podrá decir que, siendo presupuesto destinado a México, lo pagamos nosotros, aunque en los hechos sea falso.

El puntual mensaje presidencial compra tiempo para una reflexión más profunda y para la construcción de consensos: el respaldo de las cámaras, los partidos, los empresarios. El presidente no quiere ir solo a una eventual negativa a la visita.

Son tiempos de unidad nacional, de cerrar filas frente a nuestro gobierno y presidente, más allá de las críticas o señalamientos que todos podamos tener. México está siendo ofendido, señalado, acorralado. Son tiempos de inteligencia y estrategia.

Twitter: @LKourchenko

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