Las guerras comerciales no se ganan
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Las guerras comerciales no se ganan

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Las guerras comerciales no se ganan

04/04/2018
Actualización 04/04/2018 - 11:29

Analizando las cosas en retrospectiva quizás es más fácil entender —o convencernos de que entendemos— hechos que en su momento no se dimensionan. Estados Unidos en los años previos a la Gran Depresión de 1929 vivía un momento radicalmente distinto al que se enfrentaría sólo unos años después. Durante los 20, la economía estadounidense creció 42 por ciento, la tasa de desempleo era de las menores que se habían vivido y se producía la mitad de la producción mundial, mientras Europa intentaba recuperarse de los estragos de la Primera Guerra Mundial. No todo era miel sobre hojuelas, pero la situación económica no representaba una preocupación mayor.

Estados Unidos estaba viviendo cambios en la forma de producir y en los patrones de consumo. Por primera vez, bienes de consumo que hoy consideramos comunes entraban a los hogares. Las lavadoras, los radios, los electrodomésticos, los coches empezaban a volverse satisfactores que los consumidores deseaban adquirir.

Si bien la mayoría de los hogares observó mejoras en su calidad de vida, el cambio no fue igual para todos. Este cambio puso en aprietos al sector agropecuario.

Así, ese fue el sector en el que las campañas políticas del momento se centraron.

El candidato republicano, Herbert Hoover, usó el lema “Prosperidad para todos” aprovechándose de la sensación de desplazamiento que sentían los trabajadores agrícolas por la amenaza que representaba ese gran cambio tecnológico llamado manufactura. Un senador de Utah, Reed Smoot y un congresista de Oregon, Willis Hawley, empezaron a diseñar una estrategia para proteger a dos industrias principalmente: a la del azúcar y a la de la lana, mediante la imposición de aranceles a las importaciones de esos productos, al mismo tiempo que servirían, en teoría, como mecanismo de recaudación. Durante la negociación del impuesto, las diferentes industrias empezaron a exigir protección para ellas a cambio de votar por el arancel inicial. Lo que empezó protegiendo a dos sectores, acabó en 800 tarifas a diferentes bienes.

La ley, conocida como Smoot-Hawley, se firmó en 1930, creyendo —o deseando— que ayudara a la economía estadounidense que ya estaba en serios problemas. Sin embargo, sucedió lo que hoy en día nos parecería evidente: el resto del mundo actuó en consecuencia y se pusieron aranceles y cuotas a la importación de productos estadounidenses. Hubo incluso industrias que eran exportadoras y que habían exigido protección, sólo para verse afectadas por las represalias que tomaron los países que compraban sus productos. Las consecuencias de la Ley Smoot-Hawley fueron devastadoras para la economía estadounidense y para muchas otras. Poco a poco se fueron eliminando los aranceles que se impusieron en aquel momento, pero el daño ya estaba hecho.

Las funciones que antes tenía el Congreso de Estados Unidos en materia comercial se fueron pasando al presidente, con la idea de evitar el intercambio de votos. Eso le permitió al hoy presidente de Estados Unidos poner un arancel a las importaciones de acero y de aluminio. México se libró, por el momento, de ese arancel, por ser miembro del TLCAN, pero quizás valdría la pena considerar el hecho como un foco rojo en la relación con nuestro vecino y principal socio comercial.

Trump tuiteó hace un mes que las guerras comerciales son buenas y son fáciles de ganar. Poco sabe de los efectos que desencadena este tipo de medidas. China ya reaccionó. Anunció recientemente la imposición de aranceles a 128 productos estadounidenses, particularmente agropecuarios (entre ellos limón, sandía y carne de cerdo) equivalentes a tres mil millones de dólares, el mismo monto que perderá China por el arancel al aluminio y al acero.

China reaccionó, por el momento, con una medida de la misma magnitud. Pero todo puede cambiar. ¿Qué ganará Estados Unidos al hacer esto? Protegerá, tal vez, a algunos sectores muy específicos, pero tarde o temprano habrá un impacto en precios y las represalias comerciales que tomarán algunos países afectarán otras industrias estadounidenses, de entrada, las de los bienes a los que China pone aranceles ahora. El daño no será menor, el tamaño del mercado chino lastimará de forma importante a las empresas estadounidenses que le exportan.

Los actuales son tiempos extraños, quizá cada uno lo es a su manera. Hoy vivimos en economías profundamente integradas. Es raro que la totalidad de un producto se fabrique en un solo lugar. Pero al mismo tiempo vivimos afanes proteccionistas, tal vez sin entender a cabalidad sus posibles consecuencias y usándolos meramente como estrategias de campaña o como mecanismo para atraer a algunos sectores de la población.

Habrá que estar atentos y entender que las guerras comerciales nunca se ganan, pero siempre habrá quien pierda.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.