Señora Felicidad
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Señora Felicidad

14/03/2018
Actualización 14/03/2018 - 15:12

Durante varios años he leído sobre psicología positiva y constantemente reviso los programas de los congresos de felicidad. En unos días tendrá lugar el World Happiness Summit en la Universidad de Miami, que se anuncia como una experiencia “multisensorial”. Creo que casi todo tiene que ver con la “química” entre ciertas ideas y las propias. Es como en el amor o la amistad: un amigo del alma que comparte gustos o puede escuchar relatos difíciles y traducirlos desde su óptica y ayudarnos a hacer sentido del sinsentido. En una relación amorosa, la química pasa por el sexo, el sentido del humor y por la capacidad de conversar con empatía. Porque existe una plataforma básica de afinidad y comunicación sin tener que dar muchas explicaciones.

Leo con cuidado el programa de la Cumbre de Felicidad (happinesssummit.world) y pienso en mercadotecnia impecable que vende felicidad en forma de conferencias, libros y presentaciones impactantes. En un video, una voz en off de mujer nos dice: “Siempre he estado ahí, cuando lloras, cuando te sientes solo o cuando fracasas; también en la alegría o cuando te cuentas historias sobre quién deberías o no deberías ser. Soy la Felicidad”, termina. Qué alivio, creí que era la voz de Dios.

Darle entidad a la felicidad me desconcierta, porque vivimos en el lenguaje y soy incapaz de entenderla como ente y como producto.

La cumbre presenta un abanico de herramientas que incluyen meditación, yoga, distintas aproximaciones a la espiritualidad y la presentación de investigaciones sobre felicidad sostenible y sustentable y cómo se alcanza. “¿Sentir la ciencia?” No creo que yo sea capaz más que de pensarla. “¿Me has elegido?” pregunta la Señora Felicidad. Pienso que el tema de la elección, con algunas acotaciones, siempre es una trampa: Una depresión endógena no se elige. Formar parte de una familia en la que un hermano se suicidó tampoco. ¿Nacer en un barrio peligroso y paupérrimo? No. La felicidad tiene límites circunstanciales.

No es que no crea que se pueden aprender y desarrollar habilidades para ser más fuerte frente a las adversidades o para comunicarse con más claridad o para angustiarse menos, pero pienso que cada quien tiene un camino hacia lo que construya como felicidad, bienestar, paz o como le quiera llamar. No entiendo muy bien qué confronta una cumbre de felicidad, porque el discurso tiene que ser positivo y entonces deja fuera las narrativas pesimistas o los diagnósticos psiquiátricos que “etiquetan” personas o el concepto de patología o enfermedad mental. O realidades como el fracaso de los sistemas económicos y políticos que afectan la vida de todos.

No sé si la felicidad se elige ni tampoco sé si hay que ser capaz de abrazar a la humanidad con entusiasmo. Desde mi encuadre teórico y práctico, el Happiness Summit me hace pensar en un musical empalagoso y no encuentro en mi cerebro ni en mi historia, ni en las historias de las personas con las que me relaciono dentro y fuera del consultorio, conexiones neuronales para vibrar con la idea ir a Miami a escoger la felicidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.