¿Por qué importa Winnicott?
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

¿Por qué importa Winnicott?

COMPARTIR

···

¿Por qué importa Winnicott?

23/05/2018
Actualización 22/05/2018 - 15:39

El desarrollo no es un objeto que pueda ser deseado

W.R. Bion

Winnicott no solo escribió artículos y libros especializados sino también varios trabajos sobre la crianza en un lenguaje comprensible pero profundo. Su aportación a la comprensión del desarrollo humano importa porque supo distanciarse de algunas ideas de Freud y tambien de Klein, que ponen el énfasis en los instintos y no en las relaciones. La teoría winnicottiana es mucho más integral y observable en la vida cotidiana. A continuación algunas de sus ideas sobresalientes:

–El contexto del desarrollo temprano es la madre (o el cuidador primario) que si es suficientemente buena permitirá el crecimiento normal. Las teorías sobre el instinto de destrucción, el odio y la envidia innata que siente el bebé por la madre, centro de la teoría kleiniana, desaparecen en Winnicott que ve todas estas manifestaciónes como fallas en el ambiente de contención, como resultado de una madre inestable o agresiva.

La madre suficientemente buena es capaz de entender que el bebé la necesita para sobrevivir y que durante un largo rato la considera como una extensión de sí mismo. Algunas madres caen en ciclos de desesperación porque atribuyen intenciones malignas al bebé, “que solo quiere volverlas locas” y pueden llegar a ser agresivas y rechazantes con sus hijos.

La empatía entre la madre y el hijo hace posible la satisfacción de los instintos, que de otro modo serían abrumadores. El ello (parte instintiva del bebé) es contenido por el yo (parte madura) de la madre. La preocupación materna primaria permite al niño relacionarse más tarde con los otros objetos que encuentra en el mundo.

La relación con el cuidador primario establece un guion psíquico para relaciones futuras. Si la relación con la madre ha sido de indiferencia, el adulto podrá compensar el vacío de mirada búscandola desesperado o quizá renunciará a la ilusión previniendo una nueva desilusión.

La agresión es parte integral de la individuación y de un deseo primario de autorealización. Klein lo llamaba odio. Winnicott, evidencia de vida. La destructividad es distinta y es la agresión que no ha sido modificada por una buena relación. La agresión en el principio de la vida es parte de la expresión primitiva del amor.

Después los instintos dan paso a las intenciones y a la etapa de preocupación en la que surge la capacidad de sentirse culpable por haber “lastimado” a la madre. La agresión necesita oposición externa para que haya desarrollo, pero la opocisión excesiva se vuelve intromisión. La agresión también puede ser descrita como espontaneidad, la virtud cardinal de una buena vida.

Entender la agresión como destructividad y no como fuerza de vida es un error. Algunas madres no saben oponerse a la agresión primaria del niño y se vuelven sus cómplices, sembrando las raíces de un adulto destructivo. También hay cuidadores que se oponen a cualquier asomo de agresión reprimiendo la expresión espontánea de vida y de creatividad. Una crianza así incidirá en la configuración de un adulto inseguro, dependiente de la aprobación externa.

La creatividad está unida a la capacidad de ferocidad en contraste con los sentimientos de preocupación de las personas menos creativas. La madre desilusiona al bebé cuando éste descubre que ella es real y está más allá de su control mágico.

Aprender a soportar la desilusión es parte fundamental del desarrollo, entendido de una forma dinámica compuesto por ilusión, desilusión y la capacidad de volverse a ilusionar. La realidad siempre tiene algo de frustrante porque nunca es idéntica a los sueños ni a nuestra subjetividad. Aceptar la realidad nunca se logra del todo. Duele contrastar la realidad interna con la externa. Si solo vivimos dentro de nuestra mente el riesgo es la soledad y la locura de una excesiva subjetividad o el empobrecimiento e inutilidad de demasiada objetividad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.