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Opinión

Pesimistas

24/01/2018
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Pesimistas
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Algunos niños aprendieron por imitación y por sermón que todo lo bueno le pasa a los otros y nunca a ellos. Muchos se convirtieron después en adultos pesimistas.

La idea de “piensa mal y acertarás”, es la filosofía de vida de alguien con una visión muy oscura del mundo o de quien desconfía patológicamente o quizá está deprimido.

El pesimismo es una forma de relacionarse con el mundo que drena la vida, el color y la esperanza. Es un modo negativo de pensamiento que surge de creencias catastróficas y que se traduce en la siguiente lógica: “siempre pasan cosas malas, si algo puede empeorar, va a empeorar, pero a mí me va peor que a los otros y probablemente todo es mi culpa”. Los pesimistas creen hacerlo todo mal, sienten terror a equivocarse, se ven como carentes de talentos especiales y están convencidos de que atraen sucesos negativos. Se trata de una identidad llena de culpa que refleja una autoestima muy lastimada.

Un solo evento triste o desgraciado se convierte en una generalización: siempre y para siempre. Las generalizaciones son un error lógico, pero además las pesimistas son trágicas, porque pensar que siempre y para siempre seremos abandonados, ignorados, no valorados, terminaremos fracasando…hace muy difícil vivir.

La vida resulta bien a veces y a veces mal. Quien espera que siempre salga mal sufre desde antes, creyendo que así se anticipa al sufrimiento y quizá lo aminora o lo controla. Incluso cuando algo sale bien piensa que es un error del destino. Si alguien lo ama, quizá lo abandone. Si este proyecto va bien, quizá después fracase. Si todo está en paz, es posible que no dure mucho. Más que del poder de la mente, habría que hablar de guiones de identidad rígidos que pueden hacernos pensar que a nosotros no nos va bien, no le caemos bien a la gente, no nacimos con estrella, en fin. A partir de esta identidad, algunos se repliegan socialmente o tienen cara de poco amigos o son agresivos sin darse cuenta. El pesimismo puede ser inconsciente.

Del otro lado están los optimistas, que tienen fuertes creencias sobre la bondad del mundo, de sí mismos y de los otros. Piensan que las cosas buenas ocurren frecuentemente y que si algo malo pasa es una experiencia de aprendizaje. Tienen una autoestima sana y más confianza en sí mismos, son más felices, les va mejor en la escuela y en el trabajo, son más persistentes, tienen mejor salud y viven más.

Ser pesimista es una visión que ha sido aprendida gradualmente a lo largo de años y que suele ser una creencia familiar.

El pesimista se protege de la montaña rusa que vive el optimista que intenta más cosas, experimenta más y tiene menos miedo de equivocarse. Evita las desilusiones y la destrucción de los sueños que el optimista enfrenta pero sigue sintiéndose mal respecto de sí mismo. Dice Martin Seligman que “no siempre es fácil reconocer que eres un pesimista y mucha más gente de la que se da cuenta, vive en esta sombra”.

Si el pesimismo fue aprendido, también el optimismo puede ser aprendido. No hace falta volver a nacer. ¿Cómo? Observando nuestra reacción frente a un evento adverso y cuestionándola. ¿Son los hechos como los estás viendo, asumiste cosas que no pasaron, hay explicaciones alternativas para este evento?

Algunos pesimistas se rehúsan a dejar de serlo porque piensan que es la única posibilidad congruente con su sufrimiento y con el de otras personas. Quizá les tendríamos que llamar existencialistas: “abrazar la vida significa atreverse a darle la bienvenida al sufrimiento inevitable, a la ansiedad, a la culpa, como una parte intrínseca de la existencia”.

Ser consciente del dolor y el sufrimiento no debería excluir tener esperanza y hacer nuestro mejor esfuerzo para que las cosas funcionen y nosotros nos sintamos satisfechos y hasta contentos. Siempre nos estamos contando historias. ¿Cuál prefieres contarte sobre ti mismo y sobre tu vida?

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.