La neurociencia del dolor* (II)
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La neurociencia del dolor* (II)

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La neurociencia del dolor* (II)

05/09/2018

Sin una medida confiable del dolor, los médicos no pueden estandarizar los tratamientos ni evaluar qué tan exitosos han sido. Las dimensiones del dolor siguen siendo un misterio y el problema es circular: el dolor es difícil de describir de modo objetivo porque la comprensión de su biología es pobre y viceversa.

Otras percepciones sensoriales como el tacto, el gusto, el olfato, el oído y la vista han sido localizados en área específicas del cerebro. No así con el dolor, porque aún no se sabe con exactitud cómo el cerebro construye esta experiencia.

Tracey encontró que la distracción reduce la percepción del dolor (sirve ocuparse en otra cosa, escuchar música o hacer cálculo mental para reducir la sensación de dolor). Investigó también los efectos de la depresión en la percepción del dolor. La gente deprimida reporta sentir más que personas no deprimidas frente a los mismos estímulos (la depresión hace que todo se sienta y se interprete mucho peor de lo que es). También estudió el impacto de la fe religiosa en el dolor.

Los católicos reportaban menos dolor que los ateos cuando se les mostraba una imagen religiosa: las actitudes culturales pueden tener un impacto neurológico.

En 2007 se encontró el patrón cerebral del dolor, producido por un conjunto de regiones neurológicas que intervienen durante la experiencia dolorosa (por lo menos 6). Tom Wager, un neurocientífico de la Universidad de Boulder, publicó un algoritmo que reconoce cerebros experimentando dolor (y con qué intensidad) con un 95% de precisión. La región posterior dorsal de la ínsula está consistentemente activa durante el dolor. “Es una pequeña isla de corteza escondida en la mitad profunda del cerebro”, describe Tracey. La ética para producir dolor articialmente sin lastimar a los participantes en investigaciones es fundamental.

Si no sintiéramos dolor sería un desastre para la salud. No nos daríamos cuenta de que tenemos una infección en el oído que podría dejarnos sordos, o una cornea lastimada, o nos quemaríamos, o caminaríamos con una pierna rota.

El dolor más complejo es el crónico, que no disminuye ni se quita y se convierte en una enfermedad en vez de un síntoma. También altera la identidad del sufriente que se concibe como un enfermo y nada más. Puede estar asociado a herencia, género, edad, estrés, pobreza y depresión. Los pacientes con dolor crónico sufren típicamente de anhedonia, la discapacidad para experimentar placer, sugiriendo que el centro de recompensa del cerebro está afectado. El dolor es una prioridad en la investigación y el placer es el otro lado de la moneda. Estos son los dos impulsos que nos guían como animales a hacer o dejar de hacer lo que hacemos.

*Resumen y traducción libre del artículo The neuroscience of pain, The New Yorker, Nicola Twilley, julio 2018

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.