El lastre de la preocupación
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El lastre de la preocupación

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El lastre de la preocupación

14/02/2018
Actualización 14/02/2018 - 15:08

Algunas personas ocupan su mente preocupándose, como una forma de relacionarse con el mundo. Absolutamente todo puede ser material de preocupación, desde asuntos irrelevantes como haber ganado un par de kilos, verse al espejo y descubrir nuevas arrugas o canas, hasta el futuro emocional de los hijos o la viabilidad de una relación amorosa en el largo plazo.

Preocuparse es cargar un lastre que a veces se siente como dolor en los hombros y en el cuello, a veces como falta de aire u opresión en el pecho, como migraña o como angustia permanente que puede transformarse en pesadillas. La preocupación surge de la creencia de que, con esfuerzo, es posible controlarlo todo y no fallar nunca.

Se puede cargar en la vida adulta el dolor atestiguado de una madre por las infidelidades del padre, sintiendo celos descontrolados a pesar de tener una pareja confiable.

La preocupación por la pobreza por carencias infantiles, es una carga frecuente entre adultos solventes que siempre temen quedarse sin trabajo o quebrar.

Las expectativas de los otros solo son una carga si las hacemos nuestras sin reflexionar: Un esposo arrepentido de haber intentado, durante años, hacer feliz a una pareja imposible. Una mujer que intentó complacer a un hombre cruel para el que nunca fue suficiente, se acostumbra a preocuparse por la opinión masculina. Padres controladores y severos crían hijos angustiados, siempre preocupados por su desempeño y con poca capacidad de disfrute.

¿Cómo aligerar la carga?

Abandonando la compulsión por el control. Dejando de cargar los problemas de los otros por exceso de empatía y sensibilidad. Las madres y los padres son especialistas en creer que el amor es cargar con los problemas de sus hijos, que es diferente a ser solidarios y presentes. Aligerar la preocupación es dejar de pensar en el futuro o abandonar el miedo a que las historias del pasado se repitan. A veces es útil imaginarse el peor escenario que suele ser menos terrible en la realidad. Dejar de cargar preocupaciones nos obligaría a vivir la vida con menos quejas y menos chantajes. Una persona siempre preocupada puede utilizar su angustia como un pretexto para declararse cansada, indispuesta o de malas. O también para sentirse moralmente superior a todos los que cree que está salvando de alguna desgracia.

La preocupación es grave cuando elimina la posibilidad de relajarse, disfrutar y descansar. El foco de la solución debería cambiar porque siempre habrá problemas, porque nadie nos ha obligado a cargar con una maleta pesadísima a todos lados, porque podríamos elegir no llevarla más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.