Aburrirse en paz
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Aburrirse en paz

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Aburrirse en paz

19/09/2018
Actualización 19/09/2018 - 14:49

Quizá la psicología inversa sea la que nos salve de consumirnos en las llamas de la angustia que nace de la incertidumbre, de no saber qué haremos después, mañana o para celebrar las fiestas de Año Nuevo. No es nuevo ni monopolio de la psicoterapia proponer la introspección –la capacidad de mirar adentro– y la paz para enfrentar lo que sea que se encuentre ahí. Todas las corrientes de meditación, el budismo y algunos tipos de yoga insisten en el poder de no hacer nada. Adam Phillips le llama aburrimiento y lo considera como una capacidad esencial para tener una vida plena. Aprender a esperar sin saber lo que se espera, aprender a no hacer nada ni a desear nada.

Hace más de 100 años Kierkegaard afirmó que el impulso de escapar del presente manteniéndonos ocupados es nuestra fuente de mayor infelicidad. ¿Y ahora qué hago? Es una de las preguntas más simples, pero más profundas y quizá angustiantes. A veces estamos trabajando, pero pensando en lo que haremos al salir. Despertamos de una siesta cuando ya se hizo de noche, con la preocupación y la culpa de haber perdido una tarde en la que podíamos haber hecho muchas cosas. Tal vez nos enseñaron desde niños que no hacer nada está mal, que hay que producir, divertirse, entretenerse, ocuparse, distraerse. Porque no hacer nada es de vagos, de flojos, de gente que pierde el tiempo.

El aburrimiento es la pausa que permite el flujo de la atención flotante. Se parece a la descripción de atención plena, que se trata de no aferrarse a ningún pensamiento y centrarse en el presente. Cuando la atención es desenfocada, es posible que aparezcan deseos o ningún deseo, o ideas nuevas o algunas revelaciones. Pero si cada vez que sentimos el pinchazo de no tener nada qué hacer en casa, en la fila del supermercado, en la sala de abordar del aeropuerto, sacamos el teléfono para revisar correos y redes sociales, difícilmente existirá el espacio mental y emocional para desear tener un deseo. El aburrimiento no es un problema que deba ser resuelto. El niño –y el adulto– debería poder aburrirse sin esperar a que nada ni nadie lo que saque de ese lugar y sin buscar nada. Ser capaz de una pausa frustrante sin obsesionarse con lo que va a hacer con su tiempo.

Hay quienes escogen estar siempre muy ocupados para evitar el aburrimiento y cuando se quedan sin agenda no saben quiénes son y casi no pueden soportar una tarde sin planes.

Aburrirse es desapegarse de lo que viene, de lo que sigue, de lo que esperamos que suceda para existir sólo en el presente.

Aprender a estar presentes es una arte difícil de aprender y desplegar, especialmente en nuestro tiempo, en el que una de las patologías culturales dominantes es la dictadura de la productividad.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.