Opinión

Usos y costumbres

 
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pobreza

La semana pasada se anunció el dato del crecimiento de la economía mexicana en 2015. Crecimos 2.5 por ciento en relación con el año anterior. Como todo, esto puede verse como el vaso medio lleno o medio vacío. Podríamos pensar que 2.5 por ciento es un buen número en un entorno global complicado en el que vemos varias economías emergentes creciendo a una tasa menor o decreciendo.

He llegado a escuchar incluso, que lo que sorprende es que estemos creciendo. Lo que es un hecho es que el país lleva creciendo a tasas de alrededor de 2.0 por ciento durante décadas. Ese crecimiento no ha sido suficiente para mejorar la calidad de vida de los mexicanos. Una economía emergente, como lo somos, tiene mayor margen para crecer.

Podría ser que hubiéramos crecido 2.5 por ciento porque fue un año complicado, pero no es el caso. El crecimiento ha sido mediocre por lo menos en los últimos 20 años.

También salieron los datos de pobreza. Independientemente de que el índice haya subido o bajado, la realidad es que sigue habiendo 51 millones de mexicanos a los que no les alcanza su ingreso laboral para adquirir la canasta básica alimentaria.

¿Qué pasa en el país que no podemos salir de este estancamiento?

¿Cuáles son las opciones? No hay una solución única o una política mágica que nos permita entrar en una dinámica de crecimiento sostenido. Son muchas cosas, ninguna suficiente, pero todas necesarias.

A la luz de estos resultados, he participado en diversos foros en los que, inevitablemente se llega al tema de la corrupción. No es un tema ajeno a nadie.

Hay un ánimo en la sociedad de hartazgo frente a las prácticas rampantes de sobornos, moches, mordidas, tráfico de influencias, conflicto de intereses, uso indebido de recursos, y cualquiera que caiga en el amplio espectro de la corrupción. La corrupción cuesta en dinero, en tiempo, en recursos. Pero también cuesta en todo lo que no vemos: los proyectos de inversión que no se hacen, las pequeñas empresas que no nacen por los costos asociados, el gasto público que pudo haber sido eficiente pero terminó en la champaña y el caviar de algún funcionario, las obras públicas que se pudieron asignar a una empresa con menores costos y más calidad, pero que se entregaron a un cuate o por un compromiso político. Cuando los proyectos se asignan bajo criterios de favoritismo y no bajo criterios de eficiencia, se sacrifica la productividad. Tendremos proyectos caros y malos. La corrupción cuesta en crecimiento.

Lo que más me llama la atención es que estas prácticas se vean como un hecho. En repetidas ocasiones, he escuchado la frase “es que son usos y costumbres”. Creo que el presidente no se da cuenta del daño que hace cuando dice que la corrupción es cultural. Extraña forma de justificarla.

No. La corrupción no es parte de nuestros “usos y costumbres”. Los usos y costumbres los determinamos cada uno de nosotros. Uno decide si va a sobornar o a ceder ante un soborno. Nosotros decidimos si enseñarle a nuestros hijos que está bien sobornar a un agente de Tránsito, si está bien estacionarse en triple fila aunque violemos la ley, si está bien corromper. No se los tenemos que decir, lo ven todos los días en nuestras acciones.

Me rehúso a pensar que así son las cosas y que no hay nada qué hacer. No es cultural. Si todos estamos hartos, si a todos nos indignan los actos de corrupción, seamos consistentes y no caigamos en esas prácticas, por menores que nos parezcan. La corrupción no es un fenómeno que ataña únicamente al sector público, ni a altos niveles de ingreso, ni a las cúpulas del poder. Nos atañe a todos en cualquier ámbito y en todos los niveles.

El entramado de la corrupción seguramente alcanza niveles insospechados, por eso nadie se ha atrevido a tomar en serio el tema.

¿Podremos hacerlo nosotros?

¿Nos daremos cuenta de que nos tiene detenidos como país? Hoy tenemos la oportunidad de exigir. En mayo los legisladores tendrán que presentar los cambios regulatorios que den origen al Sistema Nacional Anticorrupción y hay iniciativas ciudadanas presionando por los cambios. Depende de nosotros impedir que, por omisión o desidia, forcemos a nuestros hijos a vivir en medio de la corrupción e impunidad.

Demostremos que merecemos más.

La autora es profesora de Economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter: @ValeriaMoy

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