Opinión

Urge un incendio

 
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Un incendio

Este fin de semana, del 16 al 19 de junio, se lleva a cabo Art Basel en Basilea, Suiza. Esta es la feria de arte contemporáneo y moderno que en términos generales podríamos considerar la más importante a nivel mundial. Un evento que comenzó en los años 70 y que hoy se extiende fuera de Basilea con sucursales en Hong-Kong y Miami.

Como cada año, el revuelo y la expectativa entorno a esta edición no ha cesado desde hace semanas, por ello sabemos previo a la inauguración que los trabajos de Mira Schendel se presentarán en la galería brasileña Bergamin & Gomid, que las obras de William Kentridge se mostrarán en Marian Goodman, que las fotografías de Cindy Sherman se exhibirán en Metro Pictures (Nueva York), así como los trabajos de Doug Aitken y Anish Kapoor en el booth de Regen Projects. Estas son sólo algunas de las obras que se presentarán en el recinto de la feria. Sabemos también que la Fundación Beyeler exhibirá el trabajo de Alexander Calder y del dúo Fischli & Weiss, siendo éste sólo uno de los acontecimientos que acompañará esta edición.

Las afortunadas galerías que ya son parte de esta feria se preparan durante todo un año, reservando las mejores piezas de sus artistas y acervos para tal ocasión. Habría que mencionar a aquellas que llevan años y años intentando formar parte de la selección de Art Basel y aún no lo logran. Es un evento muy especial, con obras que la historia del arte podría catalogar como maestras.

La efervescencia en torno a los eventos de arte contemporáneo que suceden este verano en Europa no se limita a Basilea, y para muestra de esto sólo hay que mirar hacia Berlín, que actualmente presenta su novena bienal, o a Zúrich, donde se lleva a cabo la décimo primera edición de Manifesta (la bienal europea de arte contemporáneo), o a la magna retrospectiva en torno al trabajo de Francis Picabia en el Kunsthaus de esta ciudad.

Evidentemente este circuito expositivo no sucede por coincidencia, si no que se planea como una estrategia que durante meses construyen y empujan para su realización galeristas, artistas, curadores, dealers, coleccionistas y asociados, con el fin de generar un circuito europeo por el cual puedan moverse los compradores que visitan Art Basel. Difícilmente el arte o las manifestaciones artísticas son protagonistas, ni la punta de los intereses que motivan a todos estos profesionales a realizar estos trabajos. El principal motor de toda esta serie de esfuerzos termina siendo el mismo que activa cualquier industria: el dinero. Es en él donde se vierten y sobre el que se basan y se miden una serie de intereses personales, expectativas de éxito, sentimientos de desarrollo profesional, la importancia y trascendencia de las obras, su valor, así como la grandeza de sus autores.

Cada vez me cuesta más trabajo entender el por qué artistas que se jactan de tener ideales y motivar una causa social, de operar desde una postura ética bajo la cual posicionan su trabajo, hoy en día están vendiendo sus obras en los precios que las venden. Alimentando al por mayor este sistema capitalista, sin ni siquiera preguntarse de dónde proviene el dinero que reciben. Con algunos de ellos empecé a trabajar cuando era joven creyendo que el arte era una trinchera desde la cual se podía resistir-cuestionar este sistema económico totalitario, o al menos una salida para no ser parte de él. ¡Ohhh ingenuidad! Efectivamente este circuito artístico no es el único que existe, pero sí es aquél que domina las instituciones, superficie y oficialidad de este campo de acción.

La experiencia de un mundo que tiene normalizada y naturalizada, en todo ámbito, la incongruencia de esta contradicción como parte de la liquidez que a diario demanda el capital, no nos arrebata la posibilidad de plantear una cuestión de carácter ético, ni, en este momento, denunciar las incongruencias que existen cotidianamente entre el discurso y la ideología desde la cual con frecuencia se postulan el pensamiento y las prácticas artísticas, con el sistema económico que sostiene sus actividades, así como del tipo de actividades que generan el dinero que se utiliza para su compra.

Esta condición no se limita a suceder en la nube abstracta donde se realizan las transacciones bancarias o en la materialidad de los cheques y portafolios de efectivo, si no que además se ilustra en su forma más vulgar, barroca y realista en este tipo de eventos; en la pretensión con que se desenvuelven sus asistentes, en el sobreinterés que rodea las relaciones personales que suceden ahí, en el arribismo, en las ropas, los coches, los yates, las listas de invitados, los vernissages, las fiestas privadas y el halo de exclusividad, burguesa, que cubre toda esta esfera.

¿Qué es el arte?, ¿cuál es el arte?, ¿dónde está? Y más importante aún: ¿quién se está beneficiando con esto?, ¿para qué sirve?, ¿a quién le está sirviendo?, ¿a quién está beneficiando, en este momento, el arte contemporáneo?, ¿a quién es capaz de tocar, a quién está afectando?

Si nos habita un capitalismo voraz, capitalismo gore, que ya ha tomado el arte para sumarlo a los confines de sus intercambios financieros, así como parece ya haberse apropiado de toda relación que sucede. ¿De donde podríamos esperar una posibilidad?, si ya ni el arte queda libre como espacio para ser y crear sin ataduras y dependencias.

La pregunta a subrayar aquí sería hacia las generaciones jóvenes, que aún no integradas de manera directa en este sistema, pero sí relacionadas con él, construyen sus aspiraciones, ideas de éxito, y el entendido de una carrera profesional en el ámbito de las artes, bajo las figuras estelares internacionalmente renombradas que lideran estos mercados (cabe subrayar que estoy hablando de mercados y no precisamente de practicas artísticas).

El fin de semana pasado visité la exposición Urge un incendio, que sucede hasta este 18 de junio en Ladrón Galería. Una galería independiente, sin fines comerciales, que actualmente opera en la delegación Iztapalapa, a sólo unas cuadras de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado. La galería la gestionan tres estudiantes de esta escuela y una estudiante de Historia del Arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana, quienes amablemente consiguieron la casa prestada y ahora la usan como su centro de operaciones. La exposición la coordinó Elsa-Louise Manceaux quien además de presentar su trabajo invitó a Madeline Jiménez Santil, Victoria Núñez Estrada y Carolina Fusilier. Todas ellas provenientes de diferentes ciudades, pero quienes actualmente sostienen su práctica en la Ciudad de México.

Es en este tipo de espacios donde aún parece haber algo interesante, que permite un alivio y respiro para que suceda el arte, que además del trabajo en sí mismo, tiene que ver con la energía que existe alrededor de estos espacios, en la socialización que permiten, y en el desinterés y auténtica pasión con que todo se produce y sucede dentro de ellos. Cuando le pregunté a Marek Wolfryd, uno de los coordinadores y fundadores, sobre la galería volteó con un tono de broma y me dijo: “hay gente que se lo toma en serio, que en verdad cree que es una galería. Nos llegan correos de gente que quiere trabajar aquí… Supongo que para nosotros una galería no es forzosamente un modelo de negocios, entendemos la galería como un espacio para exhibir lo que sea, y no forzosamente operando bajo un modelo comercial”. Cuando entro a su página de internet e intento ver las exposiciones que han tenido, me cuesta trabajo recorrerla y entender a través de fotos que no tienen ninguna información de cuáles son las obras que estoy viendo o de qué artista son. Lo único que pienso es que quizás este sea el primer paso para poder entender la obra desde otro lado, nunca como algo definido, nunca como algo terminado.

Puede que vuelva a caer en la misma ingenuidad. Pero en verdad espero que las generaciones venideras tengan la posibilidad, si no como tal de quebrar este sistema, sí de salirse de estas contradicciones que hoy inundan los circuitos artísticos y entonces posibilitar una renegociación que permita otra manera de intercambios, otra forma de valoración, que tan necesaria parece para nuestra sociedad. Será cuestión de tiempo lo que nos permitirá ver de qué manera posicionan estas nuevas generaciones su práctica artística frente a este capitalismo totalitario que parece ya lo ha devorado todo.

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