Opinión

Urge reformar el Servicio Exterior Mexicano


 
 
 
 
Mientras escribo esto, se lleva a cabo la 25 Reunión Nacional de Embajadores y Cónsules de México en la Secretaría de Relaciones Exteriores, junta que originalmente ideó Fernando Solana cuando era canciller. Me pregunto si el Servicio Exterior Mexicano ha cambiado al mismo ritmo que el entorno en estos cinco lustros.
 
Esta reunión coincide con el XX aniversario del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
 
Éste es, en mi opinión, quizá el punto coyuntural más importante en la historia económica del Siglo XX en nuestro país. Es un evento que dotó a México con una ancla que no goza ningún otro modelo económico latinoamericano y, sin duda, con la estabilidad política que proviene de un país que lleva 16 años sin las crisis económicas y cambiarias que eran jetatura sexenal. Según el economista Luis de la Calle, México recibió 156 mil millones de dólares de inversión extranjera directa de sus socios de América del Norte en los primeros tres lustros de TLCAN. El tratado ha acelerado la formación de una clase media en México, a pesar de muchas y muy sesgadas opiniones en contra.
 
Los mexicanos tenemos hoy mejor acceso a bienes de alta calidad a precios más bajos. Pero, más aún, nuestras empresas son más competitivas y México se ha convertido en una potencia exportadora global, principalmente de manufacturas, condición impensable cuando sólo exportábamos petróleo y materias primas. México exportó bienes de bienes de alta tecnología por el equivalente a 17 por ciento del PIB en 2012, 25 por ciento de las exportaciones totales fue de automóviles.
 
Hace 25 años, nuestra política exterior estaba inmersa en temas como Cuba y la Guerra Fría, defendíamos con vehemencia nuestro lugar como líderes en la región centroamericana y del Caribe, dejándole a Brasil el liderazgo en el cono sur. Hoy, por razones evidentes, tuvimos que voltear al norte, necesidad hecha apremiante por la migración de millones de mexicanos, forzando a la creación de la mayor red consular del mundo, con 50 representaciones mexicanas en la Unión Americana.
 
Sin embargo, visto desde afuera, el Servicio Exterior Mexicano parece estancado en aquella época. Tenemos una colección de embajadores y diplomáticos obsesionados con actitudes nacionalistas (y a veces “antiyanqui”) obsoletas -frecuentemente avaladas por el partido en el poder- y con estructuras jerárquicas obtusas y tareas inútiles. Se dice que la burocracia es el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil. Nuestra diplomacia desperdicia energía a manos llenas.
 
Habiendo dicho esto, hay un alto número de ejemplos destacados de funcionarios competentes. A nivel consular, es conmovedora la tarea de protección a migrantes, siempre legal y humanamente compleja. Hemos tenido a dos excelentes embajadores sucesivos de México en Estados Unidos, Medina Mora y Sarukhan, y hay muchísimos jóvenes talentosos y comprometidos que han decidido hacer carrera en la diplomacia. Por ellos urge hacer reformas trascendentes.
 
Nuestro servicio exterior mueve gente sin ton ni son, sin consideración alguna de áreas de especialización o situaciones familiares. Se desarrollan enormes rivalidades y enemistades en las diferentes adscripciones que ocupan, y se mueve gente en forma prematura cuando apenas empiezan a comprender las sutilezas de las plazas donde trabajan. Adicionalmente, la rígida estructura jerárquica castiga y dificulta la incorporación de talento local, frecuentemente más familiarizado con el terreno y jugadores de cada sitio al no estar expuesto al desgastante juego de sillas musicales de la Secretaría.
 
Como hace 20 años, México enfrenta hoy otra histórica coyuntura. América del Norte será la nueva región productora de energía del mundo, sustituyendo a Medio Oriente. La producción de shale gas estadounidense permitirá el renacimiento de su industria manufacturera. Ésta lleva 20 años integrándose con México que, a partir de nuestra propia reforma energética, se vuelve la plataforma idónea para cientos de empresas globales que buscarán beneficiarse del insumo y del entorno.
 
México necesita optimizar su envidiable estructura consular para ahondar su integración regional y sentar la mesa para la actualización del TLCAN. Nuestros cónsules deben ser promotores de tiempo completo. Se requiere un esfuerzo claro para dejar atrás el equivocadísimo discurso monotemático migratorio de la época de Jorge Castañeda para adquirir la imagen del socio dinámico, dispuesto y apto que ayudó a que Estados Unidos tuviera su mejor era de crecimiento económico desde la promulgación del TLCAN hasta 2008.
 
Más aún, la función migratoria de la red consular tiene que evolucionar. Si bien es primordial la protección, hoy lo es también la integración. Si México logra apoyar el desarrollo social y económico de las familias mexicanas en Estados Unidos, en las próximas décadas tendremos millones de abogados de causas mexicanas. Eventualmente, nuestros compatriotas votarán en Estados Unidos. Es vital que no se desarraiguen. Es fundamental que sientan que tuvieron apoyo por ser mexicanos no que, como hoy, tienen logros a pesar de serlo.
 
José Antonio Meade es el canciller idóneo para la transición necesaria. No proviene del servicio exterior y tiene profundo conocimiento de temas económicos y energéticos. El subsecretario para Norteamérica, Sergio Alcocer, es un hombre inteligente y trabajador, con ganas de armar una red consular moderna, profesional, promotora y eficiente. Tienen que ser más ambiciosos y audaces.
 
Llegó la hora de que nuestra diplomacia voltee a ver el calendario. Estamos en 2014, 1979 quedó muy atrás.