Opinión

Urge educar en el respeto

Víctor Manuel Pérez Valera*

Cuando Federico García Lorca inauguró una pequeña biblioteca en Fuente de Vaqueros, un pueblo de Granada en 1931, dijo en su alocución que a un niño pobre hay que darle medio pan y un libro. Señaló que están equivocados los que sólo hablan de reivindicaciones económicas y jamás aluden a la reivindicación cultural.

No sólo de pan vive el hombre
. “Si el pueblo no goza de los frutos del espíritu se convierte en máquina al servicio del Estado, se convierte en esclavo de una terrible organización social”. Con la frase anterior García Lorca alude a la educación en valores. Cuando Dostoyevsky estaba prisionero en Siberia padecía hambre y sed, pero el genial escritor sólo pedía libros: “escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón”, comenta García Lorca.

Terminó su alocución el notable poeta destacando la gran importancia de la cultura, ya que “sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo”. Su mensaje es de gran actualidad: Hoy padecemos la violencia intrafamiliar, la violencia escolar, la violencia vial, el acoso laboral y la violencia social. ¿Qué podría aportar la escuela para superar estos problemas?

Mucho podemos aprender de otros países. Los niños japoneses, por ejemplo, limpian sus escuelas todos los días durante 15 minutos, junto con sus profesores, de ese modo se convierten en entusiastas de la limpieza y de la higiene.

Los alumnos de primero a sexto año deben aprender la ética en el trato con las personas, del primero al tercer año no tienen ningún examen. El objetivo de la educación, en estos años, es la formación del carácter de los niños. Entre otras cosas, desde muy pequeños aprenden a cepillarse los dientes y a usar el hilo dental.

Dos notables pensadores contemporaneos apuntan a la misma solución: cultivar, en la escuela, y en otros ámbitos, el respeto por los demás. En esta línea han escrito Richard Sennett, premio Europa de sociología, y Dietrich von Hildebrand, uno de los más brillantes filósofos del siglo XX.

El libro de Sennett titulado El Respeto, sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad, sostiene que no es suficiente cultivar la sociedad de bienestar, ya que ésta no puede perdurar sin la sociedad del bien-ser. Para esto se requiere el cultivo de los valores más elevados de espíritu, y entre ellos el respeto.

En una sociedad de desiguales es menester trazar vínculos de respeto y amistad: en la familia, en la escuela, en el trabajo y en la sociedad. Sólo así la sociedad puede funcionar como una excelente orquesta.

Von Hildebrand (1889-1977), a su vez, escribió en su último libro The New Tower of Babel, un capítulo sobre "El papel de la reverencia en la educación". Para él, la reverencia podría considerarse “la madre de todas las virtudes”: La reverencia es una virtud espiritual muy estimable y casi coincide con el respeto. La reverencia florece en un clima en el que se cultivan los sentidos internos, en el que se capta lo sublime: el aprecio de la bondad, el sentido del misterio. No sólo estamos rodeados del misterio del universo, sino tenemos el misterio en nuestra casa, en nosotros mismos. No existe el hombre ordinario, todos y cada uno somos extraordinarios: una maravilla, un misterio, fuente de estupor. Más que la curiosidad, el sentido de lo maravilloso es la fuente del conocimiento. La admiración (awe) es algo connatural al niño; hay que ayudarle a incrementarla. La humanidad no perecerá por falta de información, sino por falta de respeto, de aprecio y de reverencia.

Estas dos virtudes, el respeto y la reverencia, son las que sustentan los derechos del niño. Estos derechos también los debe respetar el niño con relación a los otros niños. Especialmente conviene destacar el principio décimo en el que se enfatiza que el niño debe ser protegido contra las prácticas que puedan fomentar cualquier tipo de discriminación. En efecto, este principio termina enfatizando que el niño “debe ser educado en un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos, paz y fraternidad universal, y con plena conciencia de que debe consagrar sus energías y aptitudes al servicio de sus semejantes”. Los padres y los maestros deben ser los primeros en ser testigos de lo que enseñan, porque las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra.

* El autor es profesor emérito de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.