Opinión

Uno, dos, tres…demasiados
médicos asesinados

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Protesta de periodistas en Veracruz. (Archivo/ Cuartoscuro)

La semana pasada dos periodistas fueron asesinados. Oaxaca, de nuevo, y Veracruz, qué novedad, fueron los estados en donde de nueva cuenta en México la voz de comunicadores ha sido apagada con violencia.

Tengo la impresión de que hemos perdido la batalla. Y no por el hecho de que pareciera que en nuestro país la manía de matar periodistas es incontenible, si no porque ya ni siquiera se percibe –según yo– que casos como estos dos últimos, tan salvajes en su forma como en su simbolismo, susciten olas de indignación, sonoras protestas.

Nos hemos acostumbrado a la derrota, se nos han vuelto familiares estos asesinatos de periodistas. Estas muertes han triunfado más allá de cada caso, más allá de la comunidad a la que silencian.

Ojalá yo esté equivocado. Ojalá tenga razón Jan Martínez, que en su crónica para El País sobre estos dos decesos (http://bit.ly/1KyLrfP), percibe que sí han calado, que todavía indignan.

Por lo pronto, creo que lo que nos pasa con los periodistas asesinados es un síntoma del agotamiento de la sociedad con el tema de la violencia. Pero no es el único signo de ese hartazgo, de ese embotamiento colectivo que nos impide reaccionar.

Porque así como están matando periodistas, también están matando, por ejemplo, a médicos. Y ni quién diga nada por ellos.

Vayan a Google y hagan una búsqueda al respecto. Y entonces tendrán, entre otros, resultados como estos: Matan a médico cirujano en Cuernavaca (30 de junio); Matan a enfermera y hieren a médico en ataque de grupo armado en la Sierra Tarahumara (27 de junio); “Levantan” y asesinan a médico en Chihuahua (20 de abril); Se hacen pasar por pacientes y asesinan a médico en su clínica (18 de marzo) y, por supuesto, está el caso de los tres médicos desaparecidos en junio en Guerrero, donde la fiscalía de ese estado dice que ya encontró los restos de los galenos, mientras que los familiares señalan que desconfían de la identificación hecha por la autoridad.

Hace años, uno de los primeros signos de que la crisis michoacana por la inseguridad había llegado a un extremo insostenible fue cuando una clínica del IMSS en Tancítaro cerró sus puertas, en 2009. El miedo y el sentido de indefensión fueron más fuertes que esa institución, sus médicos y sus enfermeras.

Cuando eso ocurrió, se volvió nota de interés nacional. No era para menos. Suponía un fracaso mayúsculo del Estado. ¿Cómo evaluar, entonces, lo que ocurre hoy? ¿Cuál es la atención mediática que prestamos a noticias que hablan de que médicos de distintas partes del país piden ser cambiados de plaza por temor (o habría que decir por terror) a ser víctimas de la delincuencia?

“Tenemos solicitudes de compañeros que nos suplican los cambios de residencia porque se sienten amenazados o ya fueron víctimas de la delincuencia organizada”, reveló el doctor Manuel Vallejo Barragán, quien es secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social (SNTSS), según publicó Reforma el pasado día 26.
En esa nota se habla de casos de ataques a médicos en Sonora, Sinaloa, Tamaulipas, Veracruz, Michoacán y Guerrero.

Periodistas, médicos, etcétera, profesiones de las víctimas que en este caso sólo representan una manera de identificar casos de una violencia generalizada, de muertes que de tanto repetirse parecen haber saturado los límites de indignación de una sociedad, de un país resignado ante la inseguridad que, lejos de haber sido derrotada, campea.

Twitter: @salcamarena

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