Opinión

Una y otra vez hasta lograrlo


 
 
Tal vez 25 años, fuerte, sonriente a pesar de todo. Pagó mil 200 dólares a una organización para que lo llevaran, sin documentos, a Houston. Le cumplieron. Y sin embargo está en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.
 
 
Salió de Ocotlán, Jalisco, el 7 de septiembre, mes de la patria, rumbo a Estados Unidos. Le dijo a su mamá que le avisaría en cuanto llegara. El plan trazado funcionó. Contrató a los buenos, dice, en oposición a otros polleros que luego resultan timadores. 
 
 
Partió de Ocotlán en autobús hacia Tijuana. Iban 30, dice. En Tijuana los llevaron a un hotel, en donde debían esperar a que les avisaran que todo estaba listo para ingresar entre sombras a Estados Unidos.
 
 
Se internaron al país vecino de noche. Había que caminar con paso constante.  Era como un bosque, dice. Sólo se detuvieron una vez. Duerman, les dijeron en murmullo. Se dejaron caer en cualquier sitio, la cabeza donde sea, las manos como almohada, la oscuridad iluminada por estrellas clarísimas.
 
 
A las dos horas los despertaron. Había que seguir caminando. Un rayo de luz anaranjada anunció el día. Las piernas dejan de sentirse, dice. Debe de ser. Nadie entrena para caminar 15 horas. Todos aguantaron, nadie se quejó. ¿Miedo? No, dice, pura ilusión. Y sonríe con inocencia.
 
 
La noche siguiente la pasaron bajo un puente. Como un túnel, relata, con aguas negras corriendo entre sus pies. Luego llegaron dos camionetas y los llevaron a Houston. Se me perdieron las horas, cuenta.
 
 
En Houston los metieron en una casa. Según les dijeron, pronto llegarían emisarios de sus patrones. Se llevarían a uno acá, a tres allá, a diez más allá.  ¿Para trabajar de qué? Afirma que no sabe, que lo que le tocara estaba bien. Iría a donde le dijeran y haría lo que le indicaran.
 
 
Todo había salido tan bien que estaban contentos, comiendo sopas rápidas durante tres días.
 
 
A media noche oyeron ruidos. Uno a uno fueron despertando. Qué pasaba. Había luces allá afuera. Como de qué. A la intriga siguió la decepción: afuera de la casa estaban cinco camionetas de la Border Patrol. 
 
 
Nos trataron bien, dice. Estuvieron dos días en un centro de detención. Y luego, en patrullas, los llevaron a Laredo. Y de allí, en avión, los enviaron a la Ciudad de México.
 
 
Si me hubieran puesto nada más en la frontera, ya estaría buscando otra vez cómo pasar, pero me mandaron hasta acá. No, no le he hablado a mi mamá. Es que está enferma, si le hablo y le digo se me va a poner mal.
 
 
Allí, en el aeropuerto, busca la manera de reunir 650 pesos para regresar a Ocotlán. Ya lleva casi 300. No se ofusca. Si pude llegar a donde ni conozco, aquí como quiera.
 
 
Ha tenido suerte, la que no tienen muchos otros. Él está de vuelta sin un rasguño. Lo malo es que ha perdido los 15 mil pesos que les pagó a los polleros. Primero tiene que saldar sus deudas y luego de nuevo reunir dinero para irse otra vez. Tal vez el año que entra, dice.
 
 
No se siente víctima ni ve drama. Es que así es la cosa, sonríe. Ni modo. Pero no tiene duda: en cuanto pueda, volverá a intentarlo.