Opinión

Una vida sencilla

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calidad de vida

Sería interesante preguntarse cuál es el significado de la vida para cada uno de nosotros. Para qué andamos por aquí, deambulando por el planeta, levantándonos cada mañana a enfrentar un nuevo día que a veces parece idéntico al anterior y al anterior.

Es posible que quienes aún no han sido devorados del todo por el cinismo, respondan que han venido al mundo a sentir, a amar, a pensar, a gozar del cumplimiento de algunos deseos, a dar.

Muchos otros, con la brújula sentimental descompuesta o rota, dirán que lo más importante es trabajar, ser productivos, generar abundancia material y tener éxito (entendido exclusivamente como solvencia económica). Vivir para trabajar es mucho más dramático de lo que se lee. La ética protestante que ve al trabajo y a la acumulación de riqueza como un camino de virtud, rige la vida de muchísimos.

Como la de Laura, que trabaja más de 16 horas al día, siempre está cansada, casi nunca puede comer con sus hijos, termina los días arrastrándose hacia su cama y duerme mal porque tiene la cabeza saturada de problemas qué resolver y de preocupaciones por el futuro financiero. No tiene tan claro cuándo ni quién le enseñó que debía ser la heroína de la historia diciendo que sí a todo, convencida de que decir “no puedo” o pedir ayuda es sólo para los espíritus inferiores que buscan la ley del menor esfuerzo. Ser la mejor en todo ha sido la motivación de Laura, pero se ha dado cuenta de que la riqueza material no le ha traído ni más tranquilidad, ni más serenidad para enfrentar la vida, ni más alegría interior. No tiene claro por qué tiene que comprarle ropa de marca a sus hijos o por qué tiene que llevarlos a comer a restaurantes caros, o por qué les dice que sí a todo lo que le piden, aunque algunas demandas sean francas excentricidades adolescentes. No sabe qué mandato está obedeciendo, pero sí sabe que cada día está más cansada y que no tiene tiempo para relajarse, conversar ni compartir un momento con la gente que quiere. Se le ha olvidado sonreír y anda muy seria por los días, con el corazón lleno de angustia porque no sabe cuánto tiempo será capaz de sostener la maquinaria que paga cosas que parecen indispensables: teléfonos y tabletas inteligentes, televisiones de 60 pulgadas, computadoras sofisticadísimas, ropa cara que muy pronto se vuelve desechable.

La pobreza emocional es algo en lo que Laura no había pensado: se puede tener dinero y bienes materiales en abundancia y ser muy infeliz. Lo que le pasa a Laura le pasa a muchos adultos. A tantos que han surgido diversos movimientos a nivel mundial que invitan a la “simplicidad voluntaria”, al “decrecimiento”, al downshifting. A fijarse menos en lo cuantitativo y más en la calidad de vida, con condiciones suficientes de satisfacción de las necesidades básicas.

Una existencia simple es posible y se trata sobre todo de tener tiempo para disfrutarse a uno y a los demás; de entender que la felicidad viene de dentro y no de afuera; que la abundancia debería encaminarse al servicio de los otros; que menos es más y que la austeridad no es sinónimo de mediocridad, sino una forma de entender la vida, en la que se trabaja menos, pero más efectivamente, se desea menos, se gasta menos. Se compra solamente aquello que sea útil, bello y duradero.

La vida sencilla puede ser un antídoto para la carrera ansiosa, obsesiva y compulsiva de tener por tener. En la red pueden encontrarse ideas sobre cómo vivir de modo más simple (Simplicity Institute, Vida Sencilla y Simplicidad voluntaria, entre otros).

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag

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