Opinión

Una reforma fiscal que no se atrevió


 
 
No quiero pecar de ingenuo. Yo sabía que la reforma fiscal estaría lejos de ser perfecta. Si se permitirá que Pemex mantenga una mayor proporción de los ingresos que genera, el gobierno tiene que resarcir esos ingresos con recaudación de otras partes. El río está revuelto tanto por la reforma educativa como por la reforma energética, por lo que lanzarse a una reforma fiscal profunda parece políticamente riesgoso. Pero el gobierno debió atreverse.
 
La reforma fiscal cayó en lugares comunes, y marca una política económica que va en una dirección preocupante. Como en las otras reformas, este gobierno asume que no es momento para una propuesta más audaz, con la certeza de que se presentarán momentos más oportunos. Estoy en desacuerdo. El objetivo más inmediato de las reformas, aunque no el único importante, era incrementar la tasa potencial de crecimiento económico de México de 3.5 a 5.5 por ciento o más.
 
Para ello se necesita abrir la inversión en el sector energético a las grandes empresas internacionales, incrementar la producción, desarrollar la infraestructura, aumentar el acceso de la industria a energía reduciendo su costo; se necesita flexibilizar el mercado laboral; es indispensable mejorar la educación y entrenamiento de los trabajadores para elevar competitividad y productividad, y así poder compensarlos mejor; se requiere de una reforma judicial que mejore drásticamente la provisión de justicia y fortalezca de una vez por todas el hoy vapuleado Estado de derecho; y, urgentemente, se necesita optimizar el gasto público para que cualquier incremento en la carga fiscal se traduzca exponencialmente en un gasto público eficiente y que se enfoque claramente en cerrar la escandalosa brecha entre quienes tienen y quienes no.
 
Hasta ahora, las reformas propuestas son tibias, en el mejor de los casos, y la reforma fiscal es una amalgama de soluciones marginales, falta de rumbo claro y ganas de quedar bien. Lo hasta hoy propuesto no incrementa radicalmente el potencial de México. Como he dicho antes, lo único peor que no hacer reformas es hacer reformas malas. Si éstas no funcionan, dan abundantes argumentos a aquellos que creen que este paradigma es el equivocado o que el statu quo es aceptable.
  
En mi opinión, es indispensable incrementar la base de contribuyentes no porque la recaudación deba provenir de quienes menos tienen, sino porque por principio todos deben pagar impuestos. En Chile, por ejemplo, ricos y pobres pagan ISR. En todos los supermercados hay ventanillas donde los patrones pagan los impuestos de trabajadores domésticos.
  
Todos, en la medida de sus posibilidades, tienen que sentir que contribuyen y cumplen con sus obligaciones, a todos debe pesarles proporcionalmente; esa es la única forma de que también sea la exigencia de todos que el gobierno no derroche y que se cuide el gasto público porque es dinero de todos. Si alguien no paga y sólo recibe, se generan vicios peligrosos. Escribo esto en Madrid. España, es un país en el cual se desarrolló una alarmante cultura del “paro”. Los jóvenes españoles, sabiéndose merecedores de seguro de desempleo, simplemente lo incorporaron a su plan de vida: trabajan dos años, están intencionalmente uno en “paro”, vuelven a trabajar un rato, y así. Generar una cultura de dependencia no sólo es peligroso, sino políticamente irreversible. ¿Por qué elegimos este momento para crear planes generales de jubilación y seguro de desempleo cuando decenas de economías están siendo estranguladas por éstos?
 
 México tiene un mercado laboral extremadamente rígido. Ser patrón en éste es una pesadilla, siempre se corre el riesgo de demandas laborales y de diferentes tipos de extorsión. El nuevo seguro de desempleo se suma a las ya onerosas liquidaciones que la ley prevé por despido. Esa es la mejor receta para asegurarnos de que la economía informal prevalezca. Pensar que el nuevo seguro promoverá la formalización ignora el hecho de que no es el trabajador sino el patrón quien en lo posible evita la formalidad. En un país donde muchos trabajadores no cuidan su empleo, ahora hay un motivo más para no hacerlo.
  
La reforma fiscal pone un clavo más en la crucifixión de patrones e industriales, quienes ahora tendrán que pagar impuestos cuando reciban dividendos de sus empresas sobre utilidades que, quisiera subrayar, ya pagaron impuestos. Se incentivará disfrazar los beneficios que el dueño recibe de su negocio. En la transferencia de recursos de empresas a gobierno está implícita la aventurada creencia de que ese peso que se le quita a la empresa será mejor gastado por el gobierno.
 
 Pero lo que más me molesta son los subsidios. Al no cobrar IVA a alimentos y medicinas ni quitar de una vez por todas el absurdo subsidio a las gasolinas, se desperdician miles de millones de pesos dándole dinero del erario (o no cobrándoles impuestos que podrían pagar) a las familias más acomodadas de México. Cobremos impuestos en medicinas y alimentos, y quitemos el subsidio a las gasolinas, con esos recursos podemos diseñar programas infinitamente más eficientes para ayudar en serio a la población más necesitada, transformar los sistemas de transporte público, etcétera.
  
Es cierto que el gobierno requiere de recursos muy superiores a los que recibe. Sin embargo, antes de aumentar la recaudación es imprescindible enviar señales incuestionables de que se hará un tenaz esfuerzo por reparar el grotesco despilfarro público. Es absurdo meterle más presión al agua que va por una tubería llena de agujeros. Recurrir, además, a incrementar el déficit fiscal para tener más dinero sienta un muy peligroso precedente que más tarde podría ser víctima del abuso de gobiernos abiertamente populistas.
  
Tanto el gobierno de la Ciudad de México como el gobierno federal creen que, dadas las múltiples marchas y protestas, éste no es momento para agitar las aguas. Creo que subestiman cuánto apreciaría el pueblo de México tener un liderazgo fuerte, valiente y decidido, sin miedos, y más preocupado por su sitio en la historia que por la popularidad del momento. Esa apreciación se reflejaría generosamente en las urnas.