Opinión

Una política liberal hacia las drogas

 
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Mariguana

La indiferencia es uno de nuestros vicios mayores. Frente al asalto cotidiano, voltear hacia otro lado. Ante la violencia (del Estado, de la sociedad) pensar: “no es conmigo” y seguir de largo. El ideal ciudadano dice, por el contrario, que debemos intervenir, alzar la voz, protestar contra la violencia de allá, no sólo porque pronto esa violencia puede trasladarse acá, sino porque es moralmente inaceptable. No podemos cruzarnos de brazos y esperar a que nos toque. ¿Pero qué hacer frente a la locura criminal?

Javier Sicilia, aquejado por el asesinato de su hijo, apeló al honor de los delincuentes para pedirles que cesaran en su conducta inhumana. No funcionó, claro, y por ello organizó una marcha que atravesó el país y llegó a los Estados Unidos, fuente del horror que padecemos.

La violencia no ha cesado, acaso disminuido un poco, y no está a la vista que vaya a terminar pronto. Se trata –la cruzada contra las drogas– de una guerra perdida de antemano. ¿Qué podemos hacer ante esta situación? Ante todo tratar de entender. ¿Por qué se libra esta guerra?

¿Cuál es su origen? ¿Quiénes sus actores? ¿Pudo haber sido de otra manera? ¿Cuántas vidas ha segado?

¿Cuántos huérfanos ha dejado? ¿Quién ha ganado con esta guerra? ¿Quiénes son los contratistas de armas que la impulsan? ¿Qué motiva a los políticos que la promueven?

A estas preguntas, y muchas más, dan respuesta Carmen Boullosa, poeta y narradora, y Mike Wallace, historiador, en su libro Narcohistoria (Taurus, 2016). Se propusieron comprender. Revisaron una bibliografía extraordinaria: estudios académicos, libros de reportajes, informes oficiales, periódicos y revistas de México y Estados Unidos, porque una de las virtudes mayores de este libro es que plantea el problema desde una óptica binacional. Sin esta óptica esta guerra no se entiende.

Conviene no olvidar de qué hablamos. Desde el 2000, esta guerra ha causado 150 mil mexicanos muertos. ¿Con qué resultados? La narcopolítica es ya un hecho. La Ciudad de México está penetrada por el narco: las narcotiendas (170 según las autoridades, más de 10 mil según organismos independientes) y el control del aeropuerto por El cártel de Sinaloa lo confirman. Mientras tanto, el precio de la droga se mantiene estable en Estados Unidos. La producción en México –los soldados dedicados en perseguir narcos– ha venido creciendo año con año, lo mismo que las adicciones y los negocios paralelos: extorsión, secuestro, tráfico de personas. Un fracaso en toda la extensión de la palabra.

La historia comienza en 1880 con la llegada de los chinos expulsados de EU, que trajeron consigo el cultivo del opio y la siembra de mariguana.

No todo nos vienen del norte. México tiene su propia historia prohibicionista. Durante el gobierno de Venustiano Carranza, México le declaró la guerra a las drogas. Calles, que anhelaba el “mejoramiento moral del pueblo”, continuó esa política.

Para 1931 el tráfico y el consumo ya eran delitos federales. El Estado regulaba la producción y el consumo, los traficantes pagaban tributo a las autoridades.

Cuando se levantó la prohibición del alcohol en EU en 1933, los esfuerzos prohibicionistas y punitivos se trasladaron al combate a las drogas. En 1937, con Cárdenas, México intentó que el Estado se hiciera cargo de la venta de narcóticos, pero nuestro vecino del norte lo impidió.

En 1938 el alcalde de New York, La Guardia, mandó elaborar un exhaustivo informe que concluyó la inocuidad de la mariguana. Llegó la Segunda Guerra y con ella se vino abajo todo intento de acabar con la política de prohibición. Peor aún: el fanático Harry Anslinger, jefe de la oficina antidrogas, luego de terminada la guerra, “asoció la adicción de narcóticos con el Terror Rojo”. La Agencia duplicó su presupuesto.

La historia por fortuna no tiene libreto. Lo que hoy se antoja imposible mañana podría ser normal. Si narcóticos y prohibición nos llegaron del norte, el cambio también podría venir de ahí: en las elecciones de noviembre próximo, en varios estados se votará, además de la contienda por la presidencia, la despenalización de la mariguana, como ocurrió ya en Colorado y Washington. Sería absurdo continuar librando una guerra que los Estados Unidos han abandonado.

El cambio también podría partir de aquí, apuntan Boullosa y Wallace, con una legislación de avanzada en la Ciudad de México o con un cambio de rumbo del gobierno federal.

Así como el gobierno adoptó una estrategia liberal respecto a los matrimonios entre personas del mismo sexo (a pesar de que no pocos priistas quisieron ver en ese cambio la causa de su derrota electoral, y no en la corrupción galopante), y dado su desprestigio actual, no tiene mucho que perder con una política liberal hacia las drogas.

Twitter:@Fernandogr

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