Opinión

Una oportunidad

    
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Policías de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México y voluntarios ayudaron a retirar material de la fábrica caída en la colonia Obrera. (Cuartoscuro)

Cuando se dice que las crisis, e incluso las peores tragedias, son también oportunidades, se suele interpretar como una frase de consuelo, o de autoayuda. En esta ocasión, sin embargo, parece que tenemos una oportunidad interesante como resultado de los dos terremotos ocurridos en septiembre, que desafortunadamente han causado muerte y destrucción.

La imagen de México se ha ido deteriorando conforme la inseguridad crece y la corrupción se hace evidente. Puesto que los medios de comunicación suelen enfatizar las malas noticias, porque eso es lo que el público quiere conocer (por la importancia que tienen las amenazas para los seres humanos, como ya alguna vez platicamos), ambos fenómenos han sido ampliamente documentados y difundidos. No son falsedades, pero tampoco nos definen por completo. Como cualquier sociedad, tenemos virtudes y defectos, pero estos últimos han sido más notorios, más atractivos para difundir, y nuestra imagen, como decíamos, se ha venido abajo.

En estos días, en cambio, las imágenes de México en otros países se concentran en la gran capacidad de reacción de la población, la solidaridad, el esfuerzo común. Se trata de una oportunidad poco común. Puesto que los medios se concentran en las amenazas, como decíamos, las tragedias naturales les atraen. En las últimas semanas hemos visto la destrucción asociada a los huracanes en el Caribe y el sur de Estados Unidos, por ejemplo, y también los daños que han ocasionado aquí, sumados ahora a los terremotos. Pero junto con esos daños, abundan las imágenes de solidaridad, y aparecen reportajes acerca de esa característica tan notoria entre los mexicanos.

Es una oportunidad extraordinaria de transformar nuestra imagen. No pretendo sugerir que se nos olvide la inseguridad y la corrupción, que ahí están. Lo que propongo es que aprovechemos el énfasis que ahora se da en una de nuestras virtudes para sumarle puntos. Por ejemplo, haciendo realidad que los partidos políticos renuncien a la mitad del dinero que reciben, con las modificaciones legales necesarias para ello. O extendiendo nuestros esfuerzos comunes y solidarios por varias semanas, hasta cubrir sin falla a todos los damnificados en Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Ciudad de México, y dónde sea. Nada de malo tendría publicitar centros de acopio llenos de comida, ropa y medicinas nuevas, listas para transportarse, o comunidades que se van reconstruyendo con la ayuda de otros. Nuevamente, no sugiero una campaña de publicidad construida en ficciones, propongo una campaña de reconstrucción que pueda apoyar el cambio de imagen.

En el fondo, traducir la solidaridad espontánea frente a la emergencia en un asunto institucional (como lo sería la decisión de los partidos) o en un asunto permanente (como la campaña permanente de reconstrucción), implica una transformación en nuestro comportamiento cotidiano. En lugar de ser solidarios sólo en los terremotos, podemos serlo siempre, en cosas cada vez más insignificantes, hasta convertirlo en un rasgo de carácter nacional. Y hacerlo público sería una forma de fortalecer ese compromiso.

Más aún, institucionalizar y hacer permanente ese esfuerzo permitiría construir una base de confianza que hoy no tenemos, y que es elemento indispensable para que una sociedad pueda ser exitosa en todo sentido, incluyendo el económico. Por si fuese poco, haría evidente la ficción que hemos vivido por décadas, en la que al clientelismo político se le llama esfuerzo colectivo o solidaridad. Frente a una sociedad organizada y concentrada en recuperar regiones enteras de Oaxaca y Chiapas, los cacicazgos perderán fuerza, y la posibilidad de desarrollar el sur del país empezará a existir.

Nada de esto es fácil, pero tampoco es imposible. Además, es una oportunidad que no vamos a volver a ver. Procedamos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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