Opinión

Una mujer sola

Ya no me acuerdo de cómo era la vida acompañada. Llevo tanto tiempo resolviendo todo que me cuesta procesar el número dos. En las buenas y en las malas se volvió una frase vacía de significado. Cuando llegan las malas, simplemente salgo corriendo. Porque mi vida es bastante complicada como para complicármela con los problemas de alguien más. Aceptar los defectos ajenos me parece un acto de heroísmo.

Hace años, tuve una psicoanalista intensamente sádica. Yo estaba cumpliendo 30 cuando escuché por primera vez el término “mujer fálica”. Creo que me lo dijo para asegurarse de que la escucharía. Para que entendiera que yo era dominante, agresiva y aniquilante. Desde entonces pensé que era una estupidez tomar por dogma que hace falta ser hombre para tener el dominio y para decidir todo sin ayuda de nadie.
No entiendo, por ejemplo, a las mujeres que viven a expensas de sus parejas. Que alguien te mantenga en esta época es una atrocidad y la raíz de todas las desigualdades. Tengo amigas que se engañan creyendo que son autónomas y libres cuando no son capaces de pagarse ni un manicure.

Yo no. Jamás he sabido lo que es depender de otra persona en ningún sentido. Me aterra la idea de necesitar a alguien y me he acostumbrado a mi vida en soledad. Mi casa es mi refugio, mi oasis, el único lugar en el que puedo dormir en paz sin que nada me perturbe. Me ha pasado después de días ausente, llegar a besar el suelo del hogar que he organizado con tanto esfuerzo y a lo largo de muchos años.

Tengo que soportar en silencio el comentario general sobre mi carácter. Demasiado fuerte para ser mujer. Resulta increíble que algunos y algunas sigan pensando que ser femenina significa sumisión. Que estar sin pareja quiere decir que estoy dispuesta a acostarme con cualquiera porque mis oportunidades cada vez son menos y porque debe lacerarme la soledad.

Lo que cada vez sí es menos es mi capacidad de adaptación. Me gusta todo en su lugar, ver la televisión hasta las 3 de la mañana si no tengo sueño, hacer lo que me da la gana sin preguntar la opinión de nadie. Alguien me dijo recientemente que soy incapaz de tener una relación porque estoy enamorada de mi libertad. A veces me da miedo quedarme sola. Si algo me pasa, necesitaré unos minutos extra antes del colapso para marcarle a la ambulancia y pedirles que vengan por mí. Quizá así se resume el precio de ser libre: pedir tu propia ambulancia cuando estés a punto de morir.

He sido feliz o algo similar. He estudiado hasta el absurdo, he agotado todos los grados académicos posibles. He sido productiva y feliz en mi trabajo. Reconocida casi siempre, con algunos ataques envidiosos sobre todo de otras mujeres, que han pensado que seguramente me acuesto con alguien para estar en donde estoy. El dinero no me importa, solamente me mueve la satisfacción de hacerlo todo extraordinariamente bien. Mis amigos son mi familia y el cariño que compartimos es ajeno a la obligación.

No entiendo por qué debería estar con alguien por compromiso. De veras que se me ha olvidado cómo es estar en las buenas y en las malas. Alguna vez lo hice, intenté querer a alguien incondicionalmente y no resultó. Lo logré unos años y después necesité irme porque ya no estaba contenta y porque la igualdad en las relaciones es solamente un delirio de las mujeres que leen.

De todos modos, aunque disfruto de mi compañía y aunque aprendí con los años a vivir la soledad como un logro y no como lastre, a veces me imagino cómo sería volver a dormir con alguien todos los días. Pensar en eso debe ser una de las causas de mi insomnio.

*Psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.


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