Opinión

Una mirada distinta sobre la falta de crecimiento económico en México

Nos quedan ya muy pocas miradas y voces que se aparten del sonsonete dominante e infinitamente repetitivo sobre las causas del mal desempeño de la economía mexicana en términos de crecimiento a lo largo de las últimas tres décadas. Una de ellas –particularmente insistente, clara e incisiva- es la de Jaime Ros, economista mexicano, “exiliado” durante mucho tiempo en la estepa norteña y, desde hace algunos años y por fortuna, de vuelta en México.

El libro -Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México, 2014- abre con cifras elocuentes sobre lo raquítico de nuestro crecimiento en las últimas décadas. En 1980 el PIB per cápita mexicano era de cerca del 50 por ciento del promedio de los países de la OECD y 40 por ciento de los Estados Unidos. Para 2011, nuestro producto por habitante había caído a menos del 40 por ciento del promedio OECD y a menos de un tercio del PIB per cápita de los norteamericanos.

El problema detrás de estas cifras deprimentes, nos dice Ros, no es que la baja productividad –general y, en especial, laboral- haya sido la causa de la desaceleración de la economía mexicana (como insisten machaconamente el canon y sus apóstoles). El problema, más bien, es a la inversa: ha sido el bajo crecimiento de la economía y muy particularmente la baja tasa de inversión en capital físico y tecnología, la responsable del muy pobre desempeño de la productividad en México.

Siguiendo a Smith, Allyn y Kaldor entre otros, Ros argumenta que la productividad no es algo externo al crecimiento, sino endógena a éste. Lo cito: la productividad es “un subproducto de la acumulación de capital y la expansión del producto como consecuencia del progreso técnico incorporado, de la presencia de rendimientos crecientes a escala, de los efectos negativos sobre la productividad de los 'excedentes de trabajo' en sectores que no presentan rendimientos crecientes y, especialmente importante en países en desarrollo, del rol de las ganancias de productividad derivadas de la reasignación de la fuerza de trabajo entre sectores”.

Sobre la base de la productividad entendida como variable endógena, así como de la importancia de la caída de la tasa de acumulación de capital y de la inversión pública en particular (de 11 por ciento del PIB entre 1979-81 a 5.5 entre 2010 y 12) como causante adicional del estancamiento económico, Ros sostiene y desarrolla a detalle dos tesis principales. Primero, la introducción de más y más profundas reformas estructurales de corte microeconómico –más competencia y menos regulación, por ejemplo- no darán los resultados deseados en términos de crecimiento. Segundo, lo que hay que revisar –con prudencia, sí, pero revisar- no es la micro, sino la macro, concretamente: 30 años de contención de la inversión pública, de políticas fiscales procíclicas, y de una política monetaria centrada en el control de la inflación, por un lado, y recurrentemente generadora de la apreciación excesiva del peso, por otra.

Algunos de los argumentos y recomendaciones de política económica del libro son discutibles y todos ellos serán, seguramente, mal recibidos por establishment. A mí en lo particular, me hizo falta un análisis a mayor profundidad sobre el impacto de nuestras (muy deficientes, por decir lo menos) instituciones de justicia sobre el crecimiento. También me hubiera gustado ver una línea base distinta a la aportada por los años 1970-81/2, por todo lo que sabemos ocurrió y se gestó en aquella década y porque ello le abre flancos vulnerables muy fáciles a un análisis que bien hubiese podido ahorrárselos.

Un texto que cuestiona los tópicos recurrentes convertidos ya en sentido común a prueba de balas. Un libro que nos recuerda que las ideas importan y que nos hace falta seguir pensando (mucho) sobre las causas de nuestro muy pobre crecimiento y sobre sus posibles remedios.