Opinión

Una mirada a Brasil

   
1
    

      

Brasil

Brasil se encuentra en un momento crucial. Su economía, la más grande de Latinoamérica, está en plena recesión. En 2015 decreció 3.8, mientras que el año pasado se contrajo 3.6 por ciento. Algunos especialistas señalan esta recesión como la más profunda desde hace un siglo. Los pronósticos más optimistas son mediocres: un crecimiento de apenas 1.0 por ciento para este año. La desaceleración ha repercutido en el aumento del desempleo, que alcanzó en 2016 una tasa inédita de 12 por ciento: hay más de 12 millones de personas oficialmente en paro.

Para hacer frente a la crisis, el presidente Michel Temer ha anunciado fuertes medidas de austeridad y otras para estimular la inversión privada. Entre ellas, la reforma del sistema de pensiones, que prevé aumentar la edad mínima de retiro de los brasileños de 58 a 65 años, sin importar otras condiciones para acceder a esta prestación. Ciertamente este proyecto ha sido controvertido y ha provocado resistencias. Ha movilizado en su contra a sindicatos y movimientos de izquierda desde diciembre del año pasado. Muchos de estos actores son simpatizantes del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, posible candidato presidencial en 2018.

La inestabilidad política dificulta tomar las medidas necesarias para afrontar la desaceleración económica. El actual presidente no ha logrado consolidarse en el poder desde que lo asumió en agosto pasado tras la salida de la expresidenta Dilma Rousseff por juicio político. Como se vio en los Juegos Olímpicos de Río 2016, Temer se encuentra en una posición de gran debilidad. Sus opositores lo tachan de 'ilegítimo', pero sus aliados tampoco le brindan el sostén necesario. En menos de un año han salido siete ministros de su gabinete, de los cuales seis están implicados en acusaciones de corrupción y el mismo Temer está sujeto a investigación.

Brasil vive el momento cumbre de Lava Jato, la operación anticorrupción más importante en su historia. La policía y la Fiscalía brasileñas han revelado un entramado complejo de corrupción trasnacional en al menos dos casos conocidos: el de la paraestatal Petrobras y el de la empresa constructora Odebrecht. En ambos están involucrados funcionarios y empresarios brasileños, y los de más de treinta países (la mayoría latinoamericanos).

Este mes el procurador general de la República, Rodrigo Janot, solicitó al Tribunal Supremo realizar 83 investigaciones. Estas pesquisas se han llevado a cabo de manera independiente e involucran potencialmente a numerosos miembros de la élite política de Brasil: desde los expresidentes Da Silva y Dilma Rousseff hasta los presidentes de la Cámara de Diputados y del Senado, pasando por ministros del gobierno de Temer y excandidatos presidenciales de partidos de oposición. Estas investigaciones tienen un efecto paradójico: por una parte, ensombrecen la muy probable candidatura de “Lula” y por la otra desestabilizan al gobierno de Temer, cuestionando como en tantas otras partes del mundo el sistema de partidos tradicional.

Este panorama confuso contrasta de manera marcada con las seguridades que ofrecía el gobierno de Lula hace siete años. Entonces Brasil sobresalía en el escenario internacional por el dinamismo de su economía –logrado por los altos precios de las materias primas–, por sus políticas sociales innovadoras y por una política exterior agresiva e hiperactiva, con gran presencia y liderazgo en los organismos multilaterales y mecanismos como el G-20 y BRICS.

Hoy, por el contrario, el país se encuentra sumido en una recesión económica, en una profunda crisis política y social y con una diplomacia disminuida internamente y retraída en el exterior. El estado de la economía, el desprestigio de la clase política, la debilidad del gobierno en turno y el malestar social son elementos adversos a las reformas que pretende implantar Temer. Sin embargo, éstas son indispensables para que la economía brasileña empiece a recuperarse y con ella, la de sus socios del Mercosur.

Pese a la crítica situación, hay que reconocer las lecciones valiosas que nos brinda la experiencia brasileña. Lava Jato ha revolucionado paradigmas consolidados que teníamos en Latinoamérica en cuanto a nuestra tendencia innata a la corrupción. Nos ha mostrado que a la corrupción no le sigue la impunidad, sino el rigor de la ley. En ese sentido, las instituciones judiciales brasileñas sientan un precedente novedoso en la región, de la que podríamos aprender la mayoría de los países latinoamericanos.

Twitter: @lourdesaranda

También te puede interesar:
La larga marcha hacia la diversificación
Tengamos a India en el radar
Los siguientes pasos del Brexit