Opinión

Una mala madre

 
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Mamá. (Cuartoscuro)

Es casi imposible ser madre y no sentir culpa. Lo malo es pensarla sólo como lo temible, lo terrible, lo aniquilante, y no como un sentimiento más. La culpa materna no es exclusiva de quienes trabajan fuera de casa, aunque tal vez parece peor; quizá esas madres se ven más agotadas y más fragmentadas corriendo de un lado a otro para intentar cumplir con la casa y el trabajo. La culpa la despiertan los hijos, con quienes se ha convivido poco en las últimas semanas, pero también no dedicarle suficiente tiempo y concentración al trabajo o avanzar demasiado lento en comparación con las aspiraciones profesionales.

También las madres de tiempo completo se sienten culpables. Pasar más tiempo en casa no garantiza que estarán de buen humor ni con la mejor disposición para jugar durante horas, o para ayudar con las actividades escolares, o para hacer cualquier otra actividad para apoyar a sus hijos. A veces quedarse en casa es una tremenda frustración para algunas mujeres, que sienten que la brecha que se abre para que puedan reintegrarse a la actividad productiva crece por segundo.

Las ideas sobre ser madre han sufrido, por suerte, grandes transformaciones. Hoy es válido aceptar que los hijos son centrales, pero no lo único, aunque la presión social sigue pesando sobre las madres.

La policía de las buenas costumbres y de las mejores prácticas para hacer lo que sea, no descansa. Está por todas partes en la forma de vecinos, otras madres, autoridades escolares, psicólogos, libros de orientación familiar, la voz de la tradición de madres y abuelas que se horrorizan frente a una madre que considera tan importante educar como tener una vida personal interesante y satisfactoria.

Es frecuente la historia de madres viudas o divorciadas que, en palabras de sus hijos, entregaron sus vidas a ellos y decidieron no volver a tener pareja. Lo que no cuentan ni hijos ni madres es que el autosacrificio jamás ha sido un camino derivado del amor y sí de una idea masoquista sobre la vida.

Se piensan como malas madres las mujeres depresivas, que sólo son capaces de enfocar su atención en los errores que cometen, en las habilidades de las que carecen y en lo mal que califican, al compararse con otras madres. También las madres obsesivas pueden sentirse malas. Como la perfección es inalcanzable, creen que sólo si fueran impecables e infalibles podrían considerarse buenas. Las mujeres competitivas se consideran menos buenas madres y profesionistas de lo que son, porque viven atrapadas en una carrera, por llegar a un lugar idealizado e inexistente llamado “éxito”.

Las madres sienten culpa porque están en un lugar, pero quisieran estar en otro. Trabajan durante horas, pero quisieran estar viendo películas con sus hijos. Mientras pierden horas en el tráfico después de recoger al más chico de su clase de futbol, preferirían estar leyendo o estudiando una maestría.

Algunas se sienten culpables por no sentirse culpables. Porque disfrutan inmensamente su vida laboral o sus ratos de soledad. O la vida de hogar. Parecería que ser una mártir de la doble jornada o de la maternidad en sí misma es un requisito de la identidad de buena madre.

También es cierto que un poco de culpa no le viene mal a nadie, porque a veces suele ser un indicador de que hemos traicionado las obligaciones recíprocas que cualquier relación entraña, o de que hemos dañado emocionalmente a alguien.

Quizá la única mala madre sea aquella empeñada obsesivamente en no equivocarse nunca, o la que se abandonó a sí misma y que no está contenta ni con ella ni con lo que hace y que manda a los hijos un mensaje de angustia, que los hace sentir culpables de su infelicidad.

Las culpas de una madre suelen ser múltiples en la forma, pero tal vez una sola en la esencia: no amar lo suficiente.

Twitter: @valevillag

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