Opinión

Una madre aniquilante

Mi madre jamás ha creído en mí. Siempre la recuerdo en competencia conmigo, criticando mis gustos, incómoda con las amigas que invitaba a la casa. Desde que era niña, me tocó ser una suerte de madre sustituta. Es que ella es de lo más inestable y entraba en crisis espantosas con un patrón cíclico. Parecía feliz unos meses. Se ponía guapísima, se compraba ropa y era productiva en su trabajo. Unas semanas después, parecía entrar en un lugar horrible de donde nadie podía sacarla. No quería vivir, se sentía abrumada por tenerme que cuidar, le reclamaba a mi padre por no apoyarla nunca, por no venir corriendo cuando ella se lo demandaba. Se quedaba en la cama durante días y yo me convertía en enfermera y dama de compañía. A los 10 años, me volvía durante largas temporadas, la madre de mi madre.

–A Nora le robó su infancia una madre narcisista y depresiva. Jamás la vio como una persona autónoma sino como extensión de sí misma. El narcisismo maligno se caracteriza por la incapacidad para ver a los otros-

Ellos nunca se llevaron bien, por eso no tuvieron más hijos. Me jodieron. He vivido jaloneada desde que era chiquita. Me preguntaban a cuál de los dos quería más y cuando peleaban me decían que yo tendría que elegir con quien quería vivir si se separaban. Eran de esas parejas extrañas y distantes que jamás se demostraban amor. Mi padre trataba de llevar la fiesta en paz, más que por una filosofía de vida, por evadir los conflictos. Creo que su motivación era ver la televisión o leer sin la molesta interrupción de mi madre reclamándole. Le decía que sí a todo sin escucharla con tal de terminar el día sin pelear. A veces me mandaba de emisaria para que yo lidiara con ella, para que la tranquilizara, para que me quedara dormida en su cama y él pudiera quedarse abajo, en el estudio. Fui el pretexto perfecto para que nunca tuvieran vida de pareja. Siempre salían conmigo y yo sabía que mi padre estaba preparando su salida de la casa y depositando en mí la responsabilidad de cuidar a mi madre.

La adolescencia acabó con la niña sometida que fui. Me volví rebelde, mentirosa y peleonera. Tuve los novios más espeluznantes sólo para molestarla. Mi padre se fue cuando yo tenía 13 años y ella se tomó un frasco completo de pastillas para dormir. Terminamos en urgencias y estuvo muy cerca de morirse. Fui la única que la cuidó. En la familia de mi madre nadie ayuda a nadie. Cada quien se rasca con sus uñas.

–A la madre de Nora le faltó familia e intentó, patológicamente, reparar la carencia con su hija. Su estructura de personalidad sólo la dejó pensar en sus propias necesidades-

Cuando estuvo un poco más fuerte, regresó a trabajar. Yo me fugué de la casa con un hombre de alma horrible que me hizo pedacitos con mi consentimiento. Me había tragado completa la depresión de mi madre y sus descalificaciones. No me sentía digna de que nadie me quisiera ni me valorara.

Después entendí que mi madre intentaba apoderarse de mí para no estar sola. Creía que mi única responsabilidad en la vida era ayudarla y entenderla.

Tal vez en el fondo me quiere, aunque no sabe nada de mí, ni estuvo cerca cuando fui yo la que se tomó las pastillas.

Ahora vivo sola y la veo poquísimo. Apenas empecé a dormir bien y a sentirme tranquila con mis decisiones. Tengo 30 años. Más vale tarde que nunca.

–Hay madres que destruyen. Que no pueden amar. Que utilizan a los hijos como si fueran cosas. La distancia física y emocional es la única alternativa para sobrevivir a una madre así-

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

​Correo: valevillag@gmail.com
Twitter: @valevillag