Opinión

Una loca entrevista

El insólito escándalo en torno a Una loca entrevista (2014, Evan Goldberg / Seth Rogen) representa la campaña publicitaria más absolutamente demencial de todos los tiempos para una comedia de corte vulgar con abundancia de chistes sexuales y escatológicos, medio ingeniosa en su propuesta, y bastante simple en su tono sangrón y sangrientamente pesado, tal cual los directores hicieran en su previa Este es el fin (2013). La idea de atacar con humor a un régimen hipersolemne como el norcoreano parecía viable. Pero no hay mucha risa. O al menos no por los motivos correctos. Lo peor es que tampoco por los incorrectos aunque aborde un tema políticamente espinoso como asesinar a Kim Jung Un. Que un régimen se sienta amenazado por una comedia que fue efímero casus belli confirma sus debilidades ideológicas. Aunque se desmorona desde su premisa, intentar prohibirla recurriendo al terrorismo responde a una lógica fascista. Pero que dicha comedia sea profundamente estúpida -inferior a Team America: policía del mundo (2004, Trey Parker / Matt Stone), donde la burla en serio recaía sobre la figura de Kim Jong Il, padre de Kim Jong Un-, es el colmo de la imbecilidad. También lo es que la industria hollywoodense crea en las bravatas de hackers que bien pueden estar incrustados en sus propias oficinas.

El concepto es ridículo: dos seudoperiodistas dedicados al info-espectáculo de encuerar celebridades haciendo que confiesen su homosexualidad reprimida o sus miserias bajo el peluquín, deciden emprender una cobertura seria: entrevistar a Kim Jung Un (Randall Park), tercero de una dinastía dictatorial, y quien al parecer carece de un mínimo sentido del humor puesto que consideró este film, desde su difusión inicial, un acto de guerra. Pero, como todo mundo sabe, gobierna al país más retrógrada de la Tierra mientras se divierte escuchando a Katy Perry en su tanque soviético y fumando mota y chupando y teniendo incontables amantes, idea con la que seduce a Skylark (James Franco en plan narcisista anal). Aunque no a Rapaport (el codirector Rogen), quien tiene la convicción de cumplir su compromiso con la agente de la CIA Lacey (Lizzie Caplan) de matar a Kim. En el fondo es una involuntaria sublimación homoerótica de ese triángulo formado por Skylark, Rapaport y Kim, porque no hay otra manera para justificar tantísimo chiste sexual y secuencias enteras hablando de penes apestosos y de objetos incrustados analmente previamente a los besuqueos de todo tipo entre ellos.

Lo burdo del planteamiento es reflejo de la propia caída del estudio que produce el film, Sony, cuya presidenta, Amy Pascal, renunció perseguida sin duda por el resultado de esta cinta promocionada hasta en la sopa gracias al escándalo mediático y al intento tanto de censura como de sabotaje, debacle sucedida una vez que salió a la luz la información interna aparentemente robada por un grupo de hackers que amenazó con un 11-S si se estrenaba la película. Según el análisis preliminar sin ninguna prueba presentada, la amenaza apuntaba, por supuesto a Corea del Norte.

El amago de censura levantó indignación en cierto sector de Hollywood (y en el resto de los EU una vez que intervinieron la Casa Blanca y el FBI), y que Sony fuera tan mediocre en su respuesta, improvisando sobre la distribución del film vía internet, se debió al viso de verosimilitud de la amenaza: los ampliamente difundidos correos internos de la empresa, sus estados contables, los pequeños y grandes conflictos laborales y, sobre todo, sus opiniones privadas, la mayoría demoledoras (desde el presidente Obama hasta las estrellas bajo contrato del estudio), fueron preámbulo al desastre que es distribuir un churro ineludiblemente banal. Sin duda la administración interna de Sony, único estudio vulnerado por el hackeo, es peor: previamente alguien se robó contraseñas e información de las tarjetas de crédito de sus usuarios de consolas de juegos. Como el hackeo nunca es inocente, puesto que se hace para instalar gusanos y troyanos orientados para robarse claves o la identidad de los usuarios, y también se efectúa para buscar y detectar defectos en los programas y sistemas operativos, en especial para descubrir dónde están los backdoors, sugiere que Sony hizo caso omiso a la seguridad. Y si tan descuidado es lo interno, ¿por qué habría de preocuparle una eventual amenaza externa o el resultado en pantalla de una pésima cinta?

Lo peor siempre es el exceso de confianza (o de arrogancia). Sony hizo malabares con Una loca entrevista convirtiendo al film en una loca experiencia desagradable locamente encantada con la autocomplacencia de sus locos creadores, siempre retratados como loquísimos retrasados mentales motivados por el sexo promiscuo, la mariguana gratuita y el reventón eterno. Qué loco. Cero sustancia, y a estas alturas, cero humor.